jueves, 20 de agosto de 2026

HOMBRES DESNUDOS de Alicia Giménez Bartlett

«¡Qué barbaridad!, esta niña está empezando a tocarme las narices. ¡Encima que cargo con ella y que le he enseñado todo lo que le ensañado! Cada día la encuentro más amargada y más borde. Total, ya hace bastante tiempo que el marida la dejó, ya podría haberse repuesto. Además, hace lo que le da la gana y nadie le pide explicaciones. Dinero, tiene; pues ¿qué más pide, casarse de nuevo? Cuando le insinué que le presentaría hombres potables se puso como una hiena y me dijo que no tenía el más mínimo interés en asuntos amorosos. No la entiendo, la verdad. Para mí que sigue siendo una niña mimada y acabará mal. En la vida hay que tener claras dos o tres cosas, no más, y ella no la veo por la labor de escoger qué es lo más importante.»

Alicia Giménez Bartlett es una escritora española de gran trayectoria. Estudió Filología Inglesa y se doctoró de Literatura Española con una tesis sobre la narrativa de Gonzalo Torrente Ballester. Publicó su primera novela, Exit, en 1984, pero alcanzó una mayor proyección con la serie policiaca protagonizada por la inspectora Petra Delicado. En 2011 obtuvo el Premio Nadal por Donde nadie te encuentre y, cuatro años después, ganó el Premio Planeta con Hombres desnudos, elegida entre 486 manuscritos. A la fecha ha escrito más de 25 novelas, además de un par de ensayos. Su última novela, publicada en 2025, es la décimo cuarta entrega de la serie policíaca que la hizo famosa y tal parece ser que mientras siga escribiendo, habrá siempre un nuevo caso para Petra Delicado.

Compré Hombres desnudos porque estaba en descuento. No hubo una recomendación entusiasta ni una curiosidad especial por la autora. Vi que había ganado el Premio Planeta y pensé algo cercano a «un Premio Planeta más, un libro más, qué más da». Durante un tiempo ni siquiera fui capaz de comenzarla. La tomé varias veces, leí la sinopsis y volví a dejarla. Un profesor de literatura desempleado que termina bailando desnudo para mujeres adineradas no parecía una historia escrita para mí. Imaginaba una comedia ligera sobre prostitución masculina, una especie de Magic Mike trasladada a la narrativa española. Finalmente, una noche decidí darle una oportunidad. Leí una página, después la siguiente y continué avanzando. Allí comenzó la sorpresa. Alicia Giménez Bartlett sabe cómo introducir al lector en una historia, cómo entregar información sin detener la narración y, sobre todo, cómo construir personajes que no parecen existir únicamente para cumplir una función argumental. Hombres desnudos no posee una prosa lírica, barroca o particularmente innovadora; su virtud se encuentra en la precisión con que administra las voces, en la manera gradual con que transforma a sus protagonistas y en la capacidad de llevar una situación aparentemente ligera hacia un territorio más oscuro sin que el cambio parezca un capricho. Pero antes de continuar con la reseña, he aquí la sinopsis:

«Javier es un profesor de literatura que pierde su trabajo durante la crisis económica y descubre que su formación académica no le garantiza un lugar dentro de la sociedad. Irene es una empresaria de mediana edad cuyo matrimonio termina de manera inesperada, obligándola a revisar una vida afectiva subordinada durante años al trabajo y a las convenciones. Iván es un joven procedente de un entorno humilde que trabaja como bailarín de estriptis y acompañante de mujeres adineradas. Genoveva, amiga de Irene, conoce los códigos de ese mundo y funciona como puente entre quienes poseen dinero y quienes venden una experiencia de deseo. Cuando las vidas de estos personajes comienzan a cruzarse, el sexo, la necesidad económica, la soledad y las diferencias de clase alteran progresivamente la imagen que cada uno conserva de sí mismo.»

La novela está construida mediante cuatro voces dominantes: Irene, Javier, Iván y Genoveva. En algún momento pensé que la narración se limitaría a los dos primeros, como si estuviéramos ante dos líneas paralelas destinadas a encontrarse. Después, Iván y Genoveva dejan de ser figuras secundarias y adquieren una perspectiva propia, hasta formar una estructura de cuatro conciencias que se observan, se juzgan y se contradicen. No existe un narrador externo encargado de establecer una mirada imparcial o descriptiva. Cada personaje cuenta su propia versión, y el lector debe reconocer las diferencias entre lo que alguien cree ser, lo que afirma y lo que sus acciones terminan revelando. El procedimiento recuerda por momentos al teatro. Los personajes hablan desde una primera persona interior y sus pensamientos se convierten casi sin transición en diálogo. No necesitamos que el narrador identifique constantemente quién está hablando, porque cada voz posee su ritmo, su vocabulario y sus prejuicios. Irene organiza el mundo mediante el control, la respetabilidad y la eficiencia. Javier convierte su incertidumbre en razonamientos. Genoveva habla desde una libertad adquirida, aunque dependiente de conservar una imagen aceptable ante su círculo social. Iván posee un lenguaje más directo y vulgar, pero detrás de esa apariencia se encuentra con frecuencia la comprensión más lúcida de las relaciones de poder.

Irene es una mujer de mediana edad, todavía atractiva, elegante, preparada y acostumbrada a tomar decisiones empresariales. Su seguridad profesional contrasta con una vida sentimental extraordinariamente limitada. Se casó joven y permaneció durante años dentro de una relación que consideraba estable, de manera que el divorcio no sólo representa la pérdida del marido, sino la desaparición de una estructura desde la que había entendido su identidad. No se siente una mujer libre, sino una mujer abandonada. Su vida se encuentra organizada alrededor del trabajo, el dinero y una respetabilidad que le había permitido evitar preguntas sobre aquello que desea. Su evolución no consiste simplemente en descubrir el sexo con hombres más jóvenes. Irene debe aprender a observar su cuerpo, su edad y su capacidad de deseo sin la mirada reguladora del marido. Pero cada nueva experiencia está atravesada por la culpa por una atención que antes consideraba parte natural de una relación. La autora tampoco la presenta como una víctima perfecta. Irene puede ser fría, impaciente, orgullosa y desagradable. Está acostumbrada a que el dinero resuelva problemas y a tratar a los demás desde la posición de quien da instrucciones. Su vulnerabilidad no borra su autoridad social. 

Genoveva representa otra manera de transitar por la misma clase social. Es más abierta, experimentada y aparentemente libre. Conoce los clubes, los hombres jóvenes, las reglas no escritas de la diversión y los lugares donde el deseo puede transformarse en servicio. Se convierte en la figura que conduce a Irene hacia una vida que hasta entonces sólo había contemplado desde lejos. Si Irene vive el divorcio como derrumbe, Genoveva parece haber convertido el suyo en oportunidad. Sin embargo, su libertad posee límites. Ha aprendido dónde puede quebrar las normas, frente a quién debe conservar las apariencias y cuánto dinero se necesita para comprar discreción. Su experiencia la vuelve menos ingenua que Irene. Conoce el deseo de Irene antes de que Irene pueda formularlo y sabe dónde ese deseo puede encontrar una respuesta. Iván desempeña una función semejante desde el otro extremo: introduce a Javier en el mundo del estriptis y de los servicios sexuales. Ambos funcionan como celestinos modernos, no sólo porque aproximan personas, sino porque permiten que dos clases sociales entren en contacto a través del deseo.

La Celestina no solo es una novela que sale a colación en esta reseña, en la misma historia como una recomendación del propio Javier, también está presente porque la sexualidad nunca aparece separada del interés económico. En la obra de Fernando de Rojas, el amor, la codicia, la mediación y la diferencia social forman una misma maquinaria trágica. En Hombres desnudos sucede algo parecido. Los personajes pueden sentir deseo, afecto o incluso una forma de amor, pero esos sentimientos nacen dentro de relaciones marcadas por el dinero. Quien paga puede creer que compra una experiencia; quien cobra puede convencerse de que conserva el control. Ambos terminan descubriendo que una transacción no impide la aparición de emociones, pero tampoco las vuelve inocentes. Javier es quizá el personaje más engañoso. Es profesor de literatura, un hombre formado, capaz de hablar sobre los clásicos y de explicar a otros la complejidad de una obra. Al principio parece destinado a representar la conciencia moral de la historia. Ha perdido un empleo como profesor suplente y se encuentra en paro, pero no vive en una miseria inmediata. Su urgencia económica es subjetiva, para él existe, para los demás no. Lo que verdaderamente lo desestabiliza es la sensación de haberse vuelto inútil. Javier necesita trabajar para demostrar que posee un valor independiente de su formación y de las mujeres que lo rodean. Ha construido su identidad alrededor del conocimiento, pero descubre que el mercado no considera útil aquello que sabe. Puede interpretar a Dostoyevski, explicar La Celestina y transmitir a los alumnos el sentido de una obra, pero ninguna de esas capacidades parece producir un beneficio económico suficiente. De pronto, el cuerpo adquiere un valor que su inteligencia ya no posee. Su relación inicial con Sandra, su pareja, muestra parte de esa inmadurez. Ella termina abandonándolo y, aunque Javier se presenta como víctima, el lector comprende poco a poco que convivir con él debía ser agotador. Es orgulloso, pasivo, susceptible y posee la capacidad de transformar sus indecisiones en principios. Muchas veces no actúa porque teme equivocarse, pero después convierte esa parálisis en señal de superioridad moral. Javier sabe construir argumentos. Ése es su talento y también su problema. Cada vez que cruza un límite puede explicarse por qué lo hizo, por qué no tenía alternativa o por qué aquello no lo define realmente. La inteligencia no le permite tomar mejores decisiones; le permite justificar con mayor sofisticación las decisiones equivocadas. Confunde la capacidad de analizarse con la madurez, como si ser consciente de las propias contradicciones bastara para superarlas.

Por eso Crimen y castigo funciona como una referencia mucho más importante de lo que podría parecer en una novela sobre bailarines de estriptis. Javier insiste en que Iván lea a Dostoyevski y le habla de Raskólnikov, el estudiante que se convence de tener derecho a cruzar una frontera moral porque se considera distinto de las personas comunes. La relación entre ambas obras no consiste en repetir el argumento, sino en la manera en que una persona culta construye una teoría para separarse de las consecuencias de sus actos. Javier participa de ese mecanismo de autoengaño. Se considera demasiado inteligente, educado o moral para pertenecer realmente al mundo en el que comienza a moverse. Puede bailar, cobrar o utilizar su atractivo sin convertirse, según él, en la clase de hombre que realiza esas actividades. Hace algo, pero insiste en que eso no es lo que es. La novela desmonta lentamente esa separación: las acciones terminan formando una identidad, aunque uno prefiera considerarlas excepciones. No existe una frontera única cuyo cruce transforme instantáneamente a una persona, sino una sucesión de pequeñas decisiones, cada una razonable cuando se contempla por separado, que conducen a un lugar antes inimaginable. Iván reacciona ante Crimen y castigo desde una lógica distinta. No comprende por qué Raskólnikov se atormenta ni comparte la necesidad del profesor de convertir cada acto en un problema filosófico. Para él, la dignidad no depende de un oficio abstractamente honorable, sino de disponer del dinero necesario para no someterse a otros. No cree que trabajar como bailarín o acompañante lo degrade; degradante sería no tener nada, pedir permiso o aceptar que la pobreza lo vuelva invisible.

El título de la novela funciona primero de manera literal. Los cuerpos masculinos son exhibidos ante mujeres que miran, eligen y pagan. La inversión resulta provocadora porque la cultura ha normalizado durante siglos la exposición del cuerpo femenino y continúa reaccionando de manera distinta cuando el hombre ocupa la posición de objeto. Pero la desnudez adquiere pronto un sentido más amplio. Javier queda desnudo cuando el título universitario deja de protegerlo; Iván, porque su cuerpo es al mismo tiempo herramienta, mercancía y capital. 

La novela recuerda por momentos a Magic Mike, pero la semejanza pertenece más al escenario que al contenido. Giménez Bartlett utiliza ese mundo para examinar qué sucede cuando el cuerpo de un hombre educado se convierte en mercancía y mujeres económicamente poderosas ocupan la posición tradicional del cliente.

La autora ha señalado que la lucha de clases es más importante en la novela que la guerra entre los sexos, y la lectura lo confirma. A primera vista, la inversión de roles parece el tema central; sin embargo, la verdadera tensión se encuentra en el dinero. Irene y Genoveva pueden entrar y salir de determinados espacios porque poseen recursos. Javier e Iván deben adaptar el cuerpo, el carácter y la disponibilidad a las necesidades de quienes pagan. El poder económico modifica incluso la posibilidad de definir una relación. Quien paga puede imaginar que existe libertad porque nadie ha sido obligado físicamente; quien cobra puede creer que conserva la autonomía porque acepta las condiciones. Pero el consentimiento no elimina todas las desigualdades. Una decisión puede ser voluntaria y estar al mismo tiempo condicionada por la necesidad, la dependencia o la falta de alternativas.

La novela expone también la hipocresía de las sociedades conservadoras, que condenan públicamente aquello que toleran mientras permanezca oculto. El escándalo no nace tanto del acto como de su visibilidad. También la obra contiene humor. La comedia surge de la incomodidad, de los prejuicios y de la distancia entre lo que los personajes piensan y lo que dicen. Javier intenta conservar una dignidad intelectual dentro de un ambiente que no la necesita; Irene observa códigos sexuales desconocidos con la misma cautela con la que examinaría una negociación empresarial. Iván y Genoveva, cada uno desde su mundo, contemplan la solemnidad de los otros con una lucidez bastante divertida. Pero debajo de esa comedia comienza a crecer algo más oscuro. La crisis económica no funciona únicamente como contexto; se convierte en un estado emocional. El trabajo ya no garantiza identidad, el matrimonio no garantiza permanencia y la educación no garantiza utilidad. Cada personaje debe improvisar una versión nueva de sí mismo, y toda improvisación contiene la posibilidad de descubrir capacidades inesperadas, pero también de cruzar límites que antes parecían firmes. La novela avanza poco a poco desde la comedia social hacia una forma de relato negro. No hay una investigación policial, pero sí una fatalidad construida mediante decisiones, dinero, deseo y violencia. Las vidas que al principio parecían paralelas comienzan a converger. Genoveva e Iván abren puertas; Irene y Javier creen poder atravesarlas sin cambiar. Pero ninguna puerta importante se cruza sin dejar algo al otro lado. El lector recibe señales de ese desplazamiento. Hay frases, reacciones y momentos de tensión que anuncian que la historia no podrá permanecer dentro del entretenimiento erótico y drama humorístico. Yo vi algunos rastros, pero me resistí a aceptar lo que podían significar. No revelaré el desenlace, porque hacerlo estropearía una parte esencial de la experiencia. Basta decir que me sorprendió, pero no constituye una trampa. No aparece una solución arbitraria diseñada únicamente para producir impacto. Cuando se llega allí, uno comprende que la posibilidad estuvo presente desde mucho antes. Ésa es la diferencia entre un final inesperado y un final caprichoso. El primero sorprende porque el lector no quiso o no pudo interpretar correctamente las señales; el segundo sorprende porque el autor oculta información o cambia las reglas. Giménez Bartlett prepara el terreno sin anunciarlo de manera evidente. La conclusión modifica retrospectivamente la lectura, y ciertas decisiones que parecían menores adquieren otro peso. Si el libro hubiera terminado como yo esperaba, probablemente lo habría juzgado con mayor severidad. Una resolución cómoda, sentimental o moralizante habría convertido la historia en una comedia social entretenida, pero menor. La autora elige otra dirección y obliga a reconocer que aquello que parecía un juego de inversión sexual estaba construido sobre conflictos más peligrosos: la humillación, la desigualdad, el deseo de posesión y la incapacidad de aceptar que otra persona nunca nos pertenece por completo.

La prosa es clara y funcional. No hay grandes metáforas ni experimentos formales. Giménez Bartlett no deslumbra mediante una frase aislada, sino mediante la construcción y el movimiento de la historia. Consigue además que empaticemos con los cuatro personajes incluso cuando sus actos producen rechazo. La empatía literaria consiste en comprender desde qué lugar una persona decide, no en absolverla. Podemos reconocer la soledad de Irene sin justificar su ejercicio del poder; comprender la necesidad de Javier sin aceptar todas sus racionalizaciones; apreciar la lucidez de Iván sin ignorar su majadería; y admirar la libertad de Genoveva mientras observamos el privilegio que la vuelve posible. La simpatía se desplaza porque ninguno permanece reducido a una sola función moral. El personaje que parece más sensato puede revelarse como el más inmaduro; quien inicialmente parece vulgar puede ser el primero en comprender una verdad.

No creo que Hombres desnudos sea una obra maestra ni una novela destinada a modificar nuestra concepción de la literatura. Su lenguaje es funcional, algunas reflexiones resultan más claras que profundas y la extensión podría haberse reducido. Pero sería injusto medirla únicamente por aquello que no intenta ser. Es una novela social, psicológica y progresivamente negra, construida con oficio y con una comprensión notable de las diferencias de clase y de lenguaje. Como ganadora del Premio Planeta, me parece una elección bastante digna. El galardón reconoció una obra accesible y comercial, pero también dotada de personajes complejos, una arquitectura narrativa coherente y una conclusión que no trata al lector con complacencia. Hombres desnudos demuestra que una novela puede ser popular sin ser pobre, entretenida sin ser banal y sexualmente provocadora sin reducirse a literatura erótica.

Y hasta aquí queda ya bastante clara mi recomendación hacia la novela, especialmente a quienes puedan sentirse poco atraídos por su sinopsis. No es la obra literaria que uno espera encontrar al leer sobre profesores desempleados, clubes de estriptis y empresarias divorciadas.

«La vida es corta, y si te cuentan penas estás perdiendo un tiempo precioso.» 

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