lunes, 23 de febrero de 2026

EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES de Tatiana Țîbuleac

«Pienso muchas veces en cómo habría sido nuestra vida si Mika no hubiera muerto. Si no se hubiera perdido de forma accidental aquel frío invierno, como se pierden los caramelos en los bolsillos de los niños pobres. Mika era nuestro pegamento, nuestra araña querida que nos había atrapad a todos, como a unos insectos, en su telaraña mágica y nos retenía en ella. Mika fue el único motivo por el que nos sentimos una familia durante varios años y no nos destrozamos como los perros rabiosos que éramos.»

Tatiana Țîbuleac es una escritora y periodista moldava que pasó de la crónica televisiva a convertirse en una de las voces literarias más sobresalientes del siglo XXI. Hija de un periodista y de una editora, creció entre periódicos, libros y manuscritos, estudió periodismo y trabajó durante años en prensa y televisión antes de trasladarse a París y explorar la narrativa. Se dio a conocer tempranamente con Fábulas modernas, pero fueron El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, y Jardín de vidrio las obras que la consagraron como una escritora seria: la primera, una confesión tan feroz como poética sobre la relación entre un hijo y una madre moribunda; la segunda, una mirada a la Moldavia postsoviética desde la voz de una niña adoptada, que le valió el Premio de Literatura de la Unión Europea, además de otros premios y reconocimientos tanto nacionales como internacionales.

Hay editoriales en el ámbito hispano que se especializan tanto en recuperar como en difundir obras sobresalientes de autores muy poco conocidos en los países de habla española, sobre todo cuando el original está escrito en lenguas que no son el inglés, el francés ni el propio español; y lo cierto es que existe una tradición centroeuropea de enorme calado que durante años ha llegado con cuentagotas. Una de esas editoriales es Impedimenta, de fundación relativamente reciente, en 2007, que ha publicado obras de autores como Stanisław Lem, Mircea Cărtărescu o Dubravka Ugrešić, y entre cuyo catálogo una de las novelas más sobresalientes es El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. Había leído algunos comentarios sobre el libro, lo había visto aparecer en varias listas de recomendaciones, y eso me decidió a dar el paso. No fue un salto de fe: sabía que la novela contaba ya con un reconocimiento literario contrastado y, en cierto modo, sentía que era una suerte que existiera traducción al español. No obstante, antes de continuar, he aquí la sinopsis.

«Aleksy aún recuerda el último verano que pasó con su madre. Han transcurrido muchos años desde entonces, pero, cuando su psiquiatra le recomienda revivir esa época como posible remedio al bloqueo artístico que está sufriendo como pintor, Aleksy no tarda en sumergirse en su memoria y vuelve a verse sacudido por las emociones que lo asediaron cuando llegaron a aquel pueblecito vacacional francés: el rencor, la tristeza, la rabia. ¿Cómo superar la desaparición de su hermana? ¿Cómo perdonar a la madre que lo rechazó? ¿Cómo enfrentarse a la enfermedad que la está consumiendo? Este es el relato de un verano de reconciliación, de tres meses en los que madre e hijo por fin bajan las armas, espoleados por la llegada de lo inevitable y por la necesidad de hacer las paces entre sí y consigo mismos.»

Quizá lo más fácil de esta novela es iniciar la reseña con los aspectos técnicos. Y digo fácil sin desmeritarlo, porque destila calidad literaria por donde se vea. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes está construida desde una primera persona que no narra tanto los hechos como las emociones ancladas a los recuerdos. Aleksy, el protagonista, escribe desde la adultez, pero elige una prosa fragmentaria, casi a golpes de imagen, que imita muy bien el modo en que la memoria trabaja sobre el duelo: no es un relato lineal y ni pulcro, sino una sucesión de escenas, destellos, frases que funcionan como pequeñas esquirlas de vidrio por las heridas que causan, o bien, silencios que actúan como analgésicos, que no aletargan, no curan, pero hacen que el dolor se sienta menos o diferente. La sintaxis es breve, aguda, a menudo cortante; Țîbuleac alterna frases mínimas con metáforas muy cargadas, de una violencia poética que el lector no espera y, al mismo tiempo, le impide sentirse cómodo. Desde el punto de vista estructural, la novela avanza como una espiral: vuelve una y otra vez sobre el mismo verano, pero cada regreso añade una capa nueva de sentido, corrige o matiza el odio inicial del hijo, de manera que el cambio de mirada se produce por acumulación y no por un giro dramático aislado. Hay, además, un uso sistemático de la contradicción —insultos que rozan la ternura, escenas crueles narradas con una belleza inusitada— que dota al texto de una tensión constante entre lo que se dice y lo que palpita. Aquí una muestra de ello:

«Arrastraba los pies como un siervo, pensando en la estupidez de mi madre y, sobre todo, en la hipocresía de la gente. ¿Por qué comprar cuatro vasos si has a beber solo en uno? ¿Por qué tallar ocho sillas si comes siempre solo? ¿Por qué traer un objeto a tu casa, prometerle una vida, una historia, para olvidarlo luego intacto e inútil durante días, años, décadas? Para trasladarlo de una habitación a otra, de un pensamiento a otro, para envejecerlo y abaratarlo sin disfrutar de él, y arrojarlo al final al cesto de una moribunda que es todavía más embustera que tú, porque sabe que se está muriendo, pero, ya ves, sigue comprando cosas.» 

Ahora vamos con la historia. Aleksy es, en el presente de la narración, un pintor exitoso, aunque el éxito, en su caso, se asemeja más a una coartada que a una realización: cada cuadro es una grieta de su propia alma, y el alma no deja de ser, a su vez, el reflejo roto de un cuerpo lisiado y de una memoria que nunca termina de calar el trauma. De los porqués y los cómos de su reconocimiento profesional nunca llegamos a saber gran cosa, y tampoco es indispensable: lo que importa no es el trayecto hacia su posición tan acomodada como infeliz, sino la fisura desde la que pinta. Cuando el relato regresa a ese verano compartido con su madre, regresamos, en apariencia, a la mente de un adolescente de dieciséis años. Digo en apariencia porque el choque para el lector es fuerte: no vemos a un adulto examinando, con distancia crítica, los sentimientos y las acciones de su pasado, sino a ese adolescente sintiendo y viviendo de nuevo, con la misma violencia de entonces, lo que el recuerdo evoca. Y ese verano, en realidad, no es el origen de la fractura, sino su consecuencia más luminosa, más dolorosa si se quiere. Aleksy y su familia se quebraron mucho antes, con la desaparición de la hermana menor: a partir de ese momento la vida dejó de transitar por un camino seguro, el calor familiar se extinguió, la familia se deshizo. El padre se marchó, los abandonó; la madre, encerrada en un duelo inabarcable, se aisló del mundo y también de su propio hijo. Ya no hubo abrazos para el niño que lloraba a su hermana, ya no hubo siquiera palabras; quedó sólo ese silencio espeso, esa niñez sin sueños, ese frío inacabable en la habitación, ese desamor.

La novela avanza por capas, como si cada nueva página retirara un velo y, al hacerlo, nos acercara un poco más a la anatomía de ese protagonista tan roto. De entrada, cuesta empatizar con Aleksy si uno cree estar ante un adulto que, desde la comodidad del presente, se limita a narrar su adolescencia. Pero la estructura no es esa, ni mucho menos. Cada etapa de la vida que se condensa en un recuerdo se cuenta con la temperatura exacta de ese momento: no es el yo adulto quien relata lo que le ocurrió al muchacho de dieciséis años, sino el propio Aleksy adolescente quien parece tomar la palabra y hacerse cargo de su vivencia, con toda la torpeza y la violencia emocional de la edad. Es una elección narrativa muy acertada por parte de Țîbuleac, porque de otro modo el viaje que compartimos con él sería radicalmente distinto, quizá más razonable, pero también más pobre. Y es cierto que la novela —y la vida— continúa, que Aleksy seguirá viviendo después de ese verano; sin embargo, tanto él como el lector quedan anclados allí, en esos meses en los que los ojos de su madre fueron verdes, no porque antes no los hubiera visto, sino porque nunca los había mirado así. El amor maternofilial y la reconciliación adquieren entonces unos matices cortantes, punzantes, filosos y a la vez delicados, que dejan al lector, al cerrar el libro, con un suspiro suspendido en el tiempo.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es una de esas novelas que uno recomienda sin demasiadas cautelas, casi con la tranquilidad de saber que, sea cual sea el lector que la reciba —más o menos entrenado, más o menos exigente—, encontrará en ella algo que lo justifique: una historia que absorbe desde muy pronto y una escritura lo bastante trabajada como para sostener esa absorción sin exhibirse en exceso. Podría decirse, si quisiéramos trasladarla al lenguaje del cine, que se trata de una obra admirablemente montada, en la que nada parece sobrante y donde los cortes, los saltos, los regresos, obedecen a un ritmo interno muy bien calculado. Y, sin embargo, pese a los temas que aborda —la enfermedad, la culpa, el odio filial, la imposibilidad del consuelo—, no recurre al efectismo, no se percibe en ella ese deseo tan contemporáneo de manipular la sensibilidad del lector a cualquier precio; esto se advierte casi desde las primeras páginas, cuando comprendemos que el libro no nos está pidiendo lágrimas, sino atención. ¿Qué hay fallos, zonas en las que algo no encaja del todo, pasajes quizá menos logrados? Sí, los hay, como en casi todo lo que merece realmente la pena; pero no se imponen, no condicionan la lectura ni la deslucen. La perfección —si es que existe— no consiste en la ausencia absoluta de errores, del mismo modo que la belleza no exige una piel inmaculada: incluso los rostros más hermosos arrastran lunares, cicatrices, arrugas que, lejos de restarles, terminan por hacerlos más verdaderos.

«Los seres humanos están destrozados y buscan cosas destrozadas. Porque los seres humanos están enfermos y podridos y lo saben, pero fingen solo por miedo estar sanos y ser buenos.»

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