«Financiar la innovación e investigación no significa ser responsable de su resultado, ni mucho menos ser responsable de su misión y proceso. Es más, financiar investigación no sirve para nada cuando ese dinero no genera patentes y esas patentes no generan empresas con beneficios. En el momento en el que se elimina el incentivo para crear riqueza, para generar beneficios y para competir a cambio de un supuesto objetivo “no economicista” (un término imbécil que escucharás de vez en cuando”, lo único que se consigue es el fracaso más estrepitoso.»
Daniel Lacalle es un economista y gestor de inversiones español conocido tanto por su labor en los mercados financieros internacionales como por su intensa presencia en el debate público sobre economía y política. Antes de cumplir los cuarenta ya acumulaba una trayectoria amplia en el sector energético y en la gestión de fondos, con experiencia en Londres y otras plazas financieras, y ejercía como estratega y divulgador. Sus ensayos La madre de todas las batallas, Nosotros, los mercados, La gran trampa o Libertad o igualdad lo han convertido en una de las voces más reconocibles del liberalismo económico en el ámbito hispano, con una marcada defensa del mercado y de la reducción del intervencionismo estatal. Además, participa con frecuencia en medios de comunicación y foros internacionales, donde su figura oscila entre la admiración y la polémica, según la bandera ideológica de quien lo escucha.
A Daniel Lacalle lo conocí a través de su canal de YouTube, donde comenta principalmente asuntos geopolíticos desde una perspectiva económica de corte liberal, aunque su campo de interés no se agota allí, pues con frecuencia se desplaza hacia otros territorios periféricos —los medios de comunicación, la cultura, incluso el cine— en la medida en que todos ellos participan, de una u otra forma, en la formación o deformación del juicio crítico de los ciudadanos en general. En muchos de sus videos adopta una actitud abiertamente confrontativa frente a aquello que la propaganda instala, exagera o distorsiona, pero lo hace, al menos en apariencia, con argumentos, datos y una voluntad constante de desmontar relatos dominantes; de ahí también su frase recurrente, casi convertida en divisa: «que no te engañen». A eso se añade un detalle menor, si se quiere, pero no irrelevante: le gusta el heavy metal, ha hablado de Iron Maiden y Black Sabbath, sus bandas favoritas, y eso, en mi escala personal, le concede algunos puntos adicionales. Sus videos suelen tener buena factura, están bien editados, mantienen regularidad y muestran una capacidad de reacción casi inmediata ante la coyuntura. No deja pasar una noticia sin comentarla. Si, por ejemplo, comienza a circular la idea de que el petróleo sube porque Irán podría cerrar el estrecho de Ormuz, Lacalle aparece pronto para explicar por qué esa hipótesis puede ser exagerada, cuál es el contexto histórico, de dónde nace la especulación y quiénes se benefician de la desinformación. Además de esa presencia constante en medios digitales, como autor de varios libros, no pierde oportunidad para mencionar el más reciente, que en este caso es justamente el objeto de esta reseña. Tanto insistió en él que terminé por comprarlo y, finalmente, leerlo. Pero antes de continuar, he aquí la sinopsis:
«Llevamos una década de intervencionismo woke descontrolado. Ha llegado el momento de la política de verdad. En 2025, Occidente afronta el reto de cambiar el paso y dinamitar la era más intervencionista desde la Segunda Guerra Mundial, una era marcada por políticas económicas, laborales y culturales diseñadas para anular la libertad y la voluntad emprendedora de los ciudadanos en una Unión Europea sumida en una grave crisis social y económica y aislada en su afán regulatorio y su incapacidad para innovar. Este libro denuncia el totalitarismo y la vocación de controlar a la sociedad que se esconde detrás de buenistas medidas vinculadas al progresismo y la socialdemocracia en los “Estados depredadores”, con España como uno de los mejores y más tristes ejemplos de hasta qué punto se han recortado las libertades de la gente en nombre de, precisamente, la libertad y la paz social (con la coordinación de la pandemia de la COVID-19 como paradigma). También se alerta del peligro de la Agenda 2030, el papel de la inteligencia artificial y el riesgo de implantar identidades digitales en un contexto en el que Estados Unidos ha roto la inercia de las relaciones geopolíticas clásicas, China parece haberse convertido en un inesperado aliado para Europa a última hora y Oriente Próximo y Ucrania se afianzan como problemas imposibles de gestionar. Por suerte, más allá de radiografiar el oscuro estado de las cosas, también propone soluciones al alcance del ciudadano medio para plantarse y luchar pacíficamente.»
La biografía familiar de Daniel Lacalle es, en sí misma, casi una parábola sobre las contradicciones ideológicas de la España del siglo XX. Su abuelo, José Daniel Lacalle Larraga, fue ministro del Aire durante la dictadura franquista, un hombre del aparato, militar de alta graduación, encarnación de ese régimen nacional-católico y abiertamente antiliberal. Su padre, José Daniel Lacalle Sousa, tomó el rumbo contrario: sociólogo, analista marxista, militante del Partido Comunista de España y figura relevante en el entorno de la Fundación de Investigaciones Marxistas; es decir, un comunista de manual, pero surgido no precisamente de la precariedad obrera, sino del confort y seguridad que implica ser hijo de un ministro. Y luego está Daniel Lacalle, que se sitúa en la orilla liberal-conservadora, cercano a la escuela austriaca, defensor entusiasta del libre mercado, la reducción del Estado y la privatización de sectores estratégicos. Cuesta no ver aquí una cadena de negaciones sucesivas: del franquismo al comunismo, del comunismo al liberalismo, como si cada generación necesitara desmarcarse no sólo de las ideas del padre, sino también de las condiciones materiales desde las que esas ideas fueron posibles. Que el marxismo del padre nazca en un hogar acomodado y que el liberalismo del hijo arrastre un apellido asociado al franquismo no es un simple detalle biográfico: revela hasta qué punto las ideologías se superponen a las vidas sin llegar nunca a borrarlas del todo, y en el caso de Lacalle producen una figura pública cuya defensa radical del mercado siempre dialoga —quiera él o no— con ese linaje en el que caben, a la vez, un ministro de Franco y un comunista disciplinado.
Haber visto casi todos los videos que Daniel Lacalle ha publicado en su canal durante los últimos dos años, lejos de jugar a favor de este libro, terminó jugándome en contra. Si, por el contrario, hubiera llegado a estas páginas desde una ignorancia más limpia, sin conocer de antemano sus tesis, sus obsesiones, los temas que ha tratado una y otra vez y los argumentos con los que suele desmontar ciertos relatos mediáticos, probablemente la experiencia de lectura habría sido distinta. Pero no fue así. A lo largo del libro se impone con frecuencia una sensación de déjà vu, de estar ante ideas, ejemplos y razonamientos que ya conocía, y no porque los hubiera leído en otros autores, sino porque se los había escuchado antes a él mismo. Es cierto que aquí hay mayor desarrollo, más detalle, notas al pie, bibliografía y un andamiaje documental que enriquece y da mayor espesor a la exposición. Sin embargo, también me dejó una impresión bastante clara: Daniel Lacalle funciona mejor como expositor, divulgador o conferencista que como escritor. Oralmente tiene más fluidez, más naturalidad, más nervio. En la página, en cambio, su pensamiento pierde algo de esa inmediatez y de esa energía que sí conserva frente a la cámara. Pese al título del libro, lo que tenemos no es tanto una obra orgánica y cerrada como una sucesión de artículos o ensayos breves que se van articulando alrededor de un mismo hilo conductor. Y eso no es necesariamente un defecto, pero sí define su naturaleza: más que una tesis unitaria de largo aliento, el libro termina funcionando como una fotografía político-económica del mundo contemporáneo, una instantánea ideológica de su tiempo, con sus aciertos, sus énfasis y también sus inevitables reiteraciones.
El primer capítulo del libro funciona, en realidad, como un diagnóstico del agotamiento de una época. Lacalle parte de una intuición que atraviesa casi todo el libro: el deterioro de Occidente no se explica sólo por errores económicos aislados, sino por una renuncia mucho más profunda a la libertad como principio ordenador. Por eso Estados Unidos aparece, no como utopía, sino como recordatorio incómodo de que todavía es posible premiar la innovación, defender la propiedad privada y permitir que la destrucción creativa haga su trabajo sin que el Estado tenga que intervenir a cada instante como si fuera padre, árbitro y propietario del tablero. Cuando luego entra a hablar de Trump, de China, de la Unión Europea, de Canadá, del Reino Unido o de la guerra de Ucrania, lo que hace no es cambiar de tema, sino mostrar distintas variantes del mismo problema: unas potencias que se repliegan, otras que se burocratizan hasta la asfixia, otras que confunden sanción con estrategia, otras que se entregan a una política de gesto, de moralina y de relato, mientras la economía real, la que produce, compite, arriesga y paga impuestos, queda subordinada a la ansiedad regulatoria de unas élites que quieren dirigir el mundo sin comprenderlo. La tesis de fondo, aunque no siempre guste, es bastante clara: el estatismo contemporáneo ya no se presenta con el rostro hosco del viejo socialismo, sino con un barniz tecnocrático, ecológico, compasivo o incluso patriótico, pero sigue persiguiendo lo mismo, esto es, ampliar su radio de control a costa de la autonomía del individuo. Y en ese sentido Lacalle, que a veces puede sonar excesivo, acierta al señalar que el verdadero conflicto no es geográfico, sino civilizatorio: entre sociedades que todavía toleran el riesgo y sociedades que, por miedo, por comodidad o por pura decadencia, han decidido convertir la tutela estatal en sustituto de la libertad.
La segunda parte es, quizá, la más ideológica del libro, aunque también la más coherente con la trayectoria intelectual de Lacalle. Aquí el Estado deja de ser una abstracción para convertirse en un mecanismo concreto de extracción, de vigilancia y de dependencia. El dinero, la deuda, la inflación, la censura revestida de salud pública o de emergencia climática, la identidad digital, la inteligencia artificial y hasta la Agenda 2030 aparecen no como compartimentos estancos, sino como piezas de una misma arquitectura de control que necesita, para sostenerse, convencer al ciudadano de que toda cesión de libertad es razonable si se hace en nombre de un bien superior. Lo que Lacalle combate aquí no es sólo la falacia económica de que el gasto puede ser infinito o de que la deuda no importa, sino algo más grave: la normalización cultural de la servidumbre. Porque cuando una sociedad acepta que el Estado puede endeudarse sin límite, vigilar por seguridad, censurar por salud, regular por clima y rediseñar la propiedad en nombre de la redistribución, lo que está ocurriendo no es una simple expansión administrativa, sino un cambio moral en la relación entre el individuo y el poder. De algún modo, éste es el núcleo más duro del libro: la idea de que el intervencionismo moderno ya no necesita tanques ni uniformes; le bastan plataformas, formularios, algoritmos, monedas degradadas y una ciudadanía habituada a pedir permiso. Y si algo vuelve persuasivo este tramo no es sólo la simpatía ideológica que uno pueda sentir por el liberalismo de Lacalle, sino el hecho de que el autor no escribe como un agitador improvisado, sino como un economista que entiende que la pérdida de libertad casi nunca comienza con una gran confiscación visible, sino con una larga cadena de pequeñas justificaciones que terminan por hacer aceptable lo inaceptable.
Y finalmente, la tercera parte, por su lado, intenta responder a la pregunta que sobrevuela todo el libro: si este nuevo orden económico mundial es, como parece, una ofensiva del feudalismo burocrático contra la libertad, entonces qué fuerzas reales están hoy en condiciones de resistirlo. Lacalle examina a los BRICS con una mezcla de escepticismo y cautela, desmonta una parte del fetichismo geopolítico que los rodea, vuelve sobre el fracaso reiterado del socialismo en América Latina, se detiene en el caso argentino como laboratorio de una reacción liberal explícita, y conecta ese movimiento con fenómenos que a primera vista parecerían dispersos —el antisemitismo como arma contra Occidente, Elon Musk como figura incómoda frente al pensamiento único, la energía como fundamento de los imperios, la tecnología como campo de disputa entre emancipación y sometimiento—, pero que en su lectura forman un solo mapa. Y ese mapa no es otro que el de una batalla cultural, económica y política por definir si el futuro será de ciudadanos o de siervos administrados. Aquí el libro se vuelve más combativo, más abiertamente programático, incluso más militante, pero no por ello pierde interés; al contrario, es justamente en esa zona donde se percibe mejor la convicción de Lacalle de que la libertad no es una abstracción elegante para seminarios universitarios, sino una práctica que exige resistencia, desobediencia intelectual y, sobre todo, la negativa a aceptar como inevitable un mundo donde todo quede mediado por el Estado. El lector podrá disentir de algunos énfasis, de alguna simpatía política o de cierta confianza en determinadas figuras, pero el sentido general del capítulo me parece difícil de despachar con ligereza: la prosperidad no nace de la obediencia, la innovación no nace comités y la riqueza no se defiende repartiendo pobreza con mejor propaganda. Por eso el libro termina donde debía terminar, no en una conclusión cerrada, sino en una exhortación: entender que la lucha contra el Estado depredador no empieza en la revolución, sino en el rechazo cotidiano a dejarse domesticar.
En conjunto, el libro de Daniel Lacalle me parece una lectura recomendable, no porque uno deba aceptar sin reservas cada una de sus tesis, ni porque todo lo que plantea esté exento de matices o de discusión, sino porque su contenido resulta valioso para entender, o al menos intentar entender con mayor claridad, muchas de las cosas que están ocurriendo en el mundo. Hay libros que informan, otros que ordenan, y otros que incomodan; este, en buena medida, hace las tres cosas. Ordena fenómenos que suelen aparecer dispersos en la conversación pública —inflación, deuda, censura, geopolítica, energía, tecnología, burocracia supranacional, deterioro institucional— y los integra en una lectura coherente, discutible en partes, sí, pero intelectualmente reconocible. Y eso ya es bastante. Incluso cuando Lacalle insiste demasiado en algunos puntos o cuando el libro se aproxima más al ensayo de coyuntura que a una obra de mayor ambición teórica, sigue teniendo el mérito de ofrecer al lector una brújula, una dirección interpretativa, una manera de mirar los hechos sin entregarse por completo al relato dominante de los medios, de los organismos internacionales o de la corrección política de turno. Por eso lo recomiendo: porque, aun con sus reiteraciones y con algunos pasajes que fluyen mejor en la oralidad que en la escritura, es un libro útil, provocador y, sobre todo, esclarecedor para quien quiera comprender mejor el tiempo que le ha tocado vivir. Para cerrar, dejo algunas líneas que considero las más brillantes y que vale la pena volver a leer:
«La globalización es la democratización de la información y el conocimiento. La ruptura de las barreras que separaban a los que saben cómo de los que saben por qué.»
«No hay riqueza sin riesgo y no hay progreso sin destrucción creativa. El éxito siempre es el resultado de aprender de fracasos previos. Lo que nos destruye como sociedades y nos estanca como economías es penalizar el éxito y demonizar el fracaso.»
«Cuando el Estado decide que todos deben empezar desde el mismo lugar y terminar en el mismo lugar, el destino es la mediocridad y la miseria.»
«La verdadera desigualdad es la que hay entre políticos y contribuyentes, no entre ricos y pobres.»
«El progresismo es al proceso lo que el carterista es a la cartera.»
«El Estado es un administrador. Si el poder del administrador se acrecienta, se vuelve contra los administrados.»
«La libertad es como la riqueza, o se crea o se destruye.»

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