«En las pocas canciones que se centran en el amor, Hetfield nos da mucho más que un dulce Cherry Pie. La mayor parte de la música popular es solo entretenimiento, algo para bailar, algo con lo que divertirse. La música de Metallica es verdadero arte, algo que experimentar, algo que merece ser contemplado.»
William Irwin es un filósofo y profesor estadounidense conocido, sobre todo, por haber convertido la filosofía en un territorio accesible para el lector común sin vaciarla de rigor. Doctor en Filosofía por la State University of New York at Buffalo, donde obtuvo el Perry Prize por una de las mejores tesis doctorales de su promoción, ha desarrollado buena parte de su carrera académica en King’s College, institución en la que ha sido profesor, director del programa de honores y donde recibió la distinción de Herve A. LeBlanc Distinguished Service Professor; además, su alma mater lo reconoció con el Outstanding Philosophy Alumnus Award. Su nombre se asocia de manera particular con la célebre línea de libros que cruzan filosofía y cultura popular, iniciada con Seinfeld y la Filosofía, a partir de la cual editó más de un centenar de libros, convirtiéndose en una figura central de ese subgénero. Pero Irwin no se limita a esa veta: también ha publicado ensayo con buen rigor académico, donde conviven el existencialismo, la filosofía política, la religión y hasta el heavy metal.
Conocí a William Irwin, de manera más concreta, a través de Los Simpson y la filosofía, House of Cards y la filosofía y Juego de Tronos y la filosofía, y sí, en los tres estuvo vinculado editorialmente: en el primero como coeditor, y en los otros dos como editor de la serie, esa figura que no siempre aparece al frente del libro pero que, en buena medida, define el tono, el enfoque y hasta la legitimidad intelectual del proyecto. Obviamente tiene muchos más títulos, y eso no hace sino confirmar algo que ya había señalado en el párrafo de apertura: que este tipo de libros, a medio camino entre la divulgación filosófica y la cultura popular, ya constituye casi un subgénero en sí mismo. Pero conviene decirlo bien: no se trata de una degradación de la filosofía ni de una exaltación acrítica del producto cultural de turno, sino de algo bastante más serio y, cuando está bien hecho, bastante más útil. Se trata de utilizar una obra popular —una serie, una banda, una saga, una película— como vehículo de acceso a preguntas filosóficas que ya estaban allí desde antes, y que seguirán estando cuando la moda haya pasado. La cultura popular funciona entonces como analogía, como puerta de entrada, como territorio común desde el que el lector reconoce algo familiar y, desde allí, se adentra en ideas que, presentadas de otro modo, quizá le resultarían áridas o remotas. Esa es, me parece, la virtud central del proyecto de Irwin.
Por otro lado, Metallica fue mi banda favorita de la adolescencia y todavía conservo un gusto muy marcado por su música, de manera que encontrar un libro como El sentido de Metallica en una estantería era, para mí, casi una invitación imposible de rechazar. No sólo terminé comprándolo en cuanto lo vi, sino que lo leí a las pocas semanas, movido tanto por la afinidad musical como por la curiosidad intelectual de ver hasta qué punto una banda tan asociada a la rabia, a la velocidad, al desencanto y a cierta épica del derrumbe emocional podía sostener una lectura filosófica seria sin volverse un mero pretexto decorativo. Y ahí, precisamente, reside el interés de Irwin: en demostrar que pensar no exige alejarse del mundo, sino leerlo mejor; que también puede haber filosofía en las letras de Metallica, más de lo que imaginamos: Pero antes de adentrarme más en la reseña, he aquí la sinopsis:
«El universo de la banda de metal más famosa del mundo a través de la parte más importante y trascendental para cualquier fan de la música: sus letras. Más de 40 años después de su formación y tras 125 millones de álbumes vendidos, Metallica sigue siendo la banda más grande de metal. Se ha escrito mucho sobre el grupo, pero El sentido de Metallica es el primer libro que se adentra profundamente en los contenidos y el significado de sus letras. Sus poderosos riffs de guitarra y su contundente batería son legendarios, pero las letras de Metallica están a la misma altura que la intensidad de sus canciones. El cantante, James Hetfield, escribe poesía sobre la muerte, la guerra, la adicción, la alienación, la corrupción, la desesperación, la rabia, el poder, la religión, la justicia, la locura y otros temas trascendentales. Indignado en ...And Justice for All, desconsolado en Mama Said, enamorado en Nothing Else Matters, triunfante en Escape o avergonzado en King Nothing, Hetfield pinta un cuadro de emociones con mano maestra. Sutiles, pero no oscuras, sus letras merecen especial atención. Y como gran maestro de la narrativa, consigue que sus seguidores se sientan identificados por un amplio abanico de personajes, desde un Dios vengativo hasta un adolescente suicida, pasando por la clásica crisis de la madurez.»
Tal y como lo deja ver la propia sinopsis, El sentido de Metallica no es, de modo estricto, un libro sobre la biografía de la banda, sino una indagación en el universo lírico de James Hetfield; y aquí conviene ser muy claros: William Irwin establece una comparación con Bob Dylan, y no lo hace como una ocurrencia provocadora ni como un simple guiño cultural, sino para sostener que las letras de Hetfield merecen una atención crítica semejante a la que tradicionalmente se concede a las de Dylan, es decir, que también pueden y deben leerse como textos cargados de sentido, de visión moral, de conflicto interior y de espesor filosófico. Es verdad que Irwin no obtuvo una entrevista directa con Hetfield, y alguien podría pensar que ello limita el alcance del libro; sin embargo, tratándose de Metallica, esa carencia no resulta decisiva, porque pocas bandas han dejado tras de sí un archivo documental tan vasto: conciertos grabados, entrevistas, documentales, artículos, biografías, declaraciones dispersas a lo largo de cuatro décadas, material más que suficiente para reconstruir no sólo la trayectoria del grupo, sino también las personalidades, obsesiones, adicciones, tensiones y antecedentes de Hetfield, Ulrich, Hammett, Burton, después Newsted, después Trujillo, sin olvidar el paso inicial, breve pero significativo, de Mustaine. Pero lo importante, en cualquier caso, es no perder de vista el centro del proyecto: El sentido de Metallica analiza filosóficamente las letras escritas principalmente por Hetfield, y lo hace partiendo de la premisa de que en ellas hay algo más que furia, catarsis o energía escénica; hay meditaciones sobre la muerte, la guerra, la alienación, la culpa, la adicción, la libertad, la corrupción y la desesperación, asuntos que, bien vistos, no están tan lejos de las grandes preguntas que la filosofía se formula desde hace siglos. Quizá por eso el título termina siendo más inteligente que una fórmula más exacta pero menos poderosa, algo como El significado de las letras de Hetfield: porque, aunque el nombre de James Hetfield sea plenamente reconocible para los millones de seguidores de Metallica, es el nombre mayor, cultural y simbólica, llamado Metallica el que le da a esas letras su verdadera resonancia, su volumen histórico, su permanencia.
James Hetfield, nacido en California en 1963, arrastra en su biografía varias de las fracturas que luego terminarían convertidas en el nervio de sus letras: una educación severa bajo la influencia de la Ciencia Cristiana, el divorcio de sus padres y, sobre todo, la muerte de su madre, herida que explica buena parte de esa mezcla de rabia, desamparo, culpa y resistencia que atraviesa tantas canciones de Metallica. La banda nació en 1981, cuando Lars Ulrich publicó aquel célebre anuncio buscando músicos y terminó encontrándose con Hetfield; después vendrían los primeros cambios de alineación, la llegada decisiva de Cliff Burton, el paso conflictivo de Mustaine y, con el tiempo, la consolidación de una maquinaria artística que no sólo redefinió el thrash metal, sino que logró algo mucho más raro: convertir una música agresiva, veloz y técnicamente exigente en un fenómeno de escala mundial. Y quizá ahí radique la razón de fondo por la que Metallica sigue siendo la banda de metal más exitosa de la historia: no únicamente por las ventas millonarias, los estadios llenos o el peso casi institucional que ha alcanzado su nombre, sino porque supo combinar violencia y melodía, complejidad y gancho, oscuridad y épica, de tal manera que pudo hablarle al fanático del metal sin dejar de seducir al oyente común. En otras palabras, Metallica no sólo triunfó dentro del metal; hizo que el metal, al menos por un momento, pareciera el centro mismo del mundo, y eso no es poca cosa. Me atrevería a decir que es irrepetible.
Irwin, por supuesto, no analiza todas las letras de Metallica, algo que además habría sido poco menos que inviable: hasta hoy la banda ha publicado doce álbumes de estudio y sólo en ellos oficialmente se acumulan más de cien canciones, sin contar versiones alternas, rarezas, lados B, colaboraciones ni ese otro material periférico que también forma parte de su discografía. Lo que hace Irwin, más bien, es ejercer una labor de curaduría: escoger ciertas canciones y ordenarlas no cronológicamente, sino temáticamente, de manera que las letras de Hetfield puedan leerse como estaciones de un mismo mapa moral y emocional. El peso principal, como era de esperarse, recae en los álbumes de madurez y plenitud creativa —Ride the Lightning, Master of Puppets, …And Justice for All y el Black Album—, que son también los discos donde la banda dejó atrás la furia más primaria para adentrarse en zonas más densas: la culpa, la manipulación, la guerra, la fe, la pérdida, la libertad, la locura. Del debut, Kill ’Em All, si la memoria no me traiciona, Irwin apenas toma algo o directamente nada, y tiene sentido: es un disco estupendo, energético, fundacional incluso, pero también el más adolescente, el menos maduro en términos líricos, no porque sea malo, sino porque todavía no estaba allí ese Hetfield que después convertiría el dolor, la rabia y la desconfianza en materia casi filosófica. Aun así, Irwin no se queda encerrado en la época clásica y también recurre a discos posteriores como Load, Reload, St. Anger, Death Magnetic, Hardwired… to Self-Destruct e incluso 72 Seasons, lo cual le permite mostrar que ciertas obsesiones no desaparecen, sólo cambian de tono, envejecen con el autor y con la banda. Y para que ese recorrido no se disperse, organiza las canciones en grandes núcleos temáticos —religión, adicción, locura y confusión, muerte, guerra, justicia, libertad, aislamiento emocional, control y resiliencia—, capítulos que en el fondo terminan revelando algo más importante que una simple clasificación: que, detrás de los riffs, del volumen y de la iconografía del metal, Metallica ha construido durante más de cuarenta años una obra lírica sorprendentemente coherente.
En conjunto, recomiendo el libro, y me atrevería a decir que se disfruta todavía más si se lee con Metallica de fondo, no como un truco ambiental, sino como una forma de dejar que la música dialogue con las ideas que Irwin va desplegando. Sí, admito que aquí puede haber un sesgo de mi parte: Metallica fue la banda de mi adolescencia, y eso inevitablemente inclina la balanza afectiva; del mismo modo, podría pensarse que en Irwin también opera un sesgo semejante, una disposición a encontrar una profundidad filosófica mayor allí donde quizá otro lector sólo vería catarsis o reflexiones personales. Pero, en todo caso, ¿quién soy yo para desautorizarlo? Irwin es doctor en filosofía y sus argumentos merecen ser recibidos con la seriedad que corresponde. Es cierto también que dentro del metal existen compositores y proyectos con una densidad filosófica, psicológica e histórica incluso más marcada; se me ocurren, además de Emperor, Opeth, Alcest y Borknagar, nombres como Agalloch, Deathspell Omega, Enslaved, Edge of Sanity, Dissection, Katatonia, Ihsahn como solista, Moonsorrow o incluso los primeros álbumes de Ulver, bandas en las que la reflexión metafísica, la melancolía, la historia, la espiritualidad o la crisis del sujeto aparecen de manera todavía más deliberada y compleja. Pero eso no le resta mérito al libro ni a su elección de objeto. Al contrario: precisamente porque Metallica no es la banda más obvia para una exégesis filosófica, el ejercicio de Irwin resulta más interesante. Y si el libro consigue que alguien vuelva a escuchar esas canciones con oídos menos pasivos, más atentos al sentido de las palabras, entonces ya ha hecho algo que vale la pena.
«Las letras de Hetfield merecen la misma atención que las de Bob Dylan.»
«El mensaje de la canción no es que la vida sea miserable y no merezca la pena vivirla. Muy al contrario, el mensaje es que merece la pena vivir mientras quede la esperanza de poder recordar un ayer en el que las cosas eran mejores e imaginar un mañana en el que volverán a ser mejores.»
«Nadie alcanza realmente la inmortalidad viviendo en la memoria de las generaciones futuras. Lo que perdura es solo una imagen o un pensamiento de la persona fallecida, y, además, solo es temporal. Incluso Homero y Shakespeare serán olvidados algún día.»
«Negar el perdón perjudica al que lo niega.»

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