«Yo pienso, en realidad, que escribo para no morirme y para entender y merecer la muerte. Para aprender a morir, como decía Montaigne. Escribiría incluso si nadie me fuera a publicar esto que escribo. Escribiría como escribe Davanzati, ese personaje de novela que tira a la basura todo lo que escribe. A mi muerte, si alguien le interesara, encontrarían en mis libertas, en mis baúles, en mis archivos de computador miles de páginas que no he publicado nunca.»
Héctor Abad Faciolince es un escritor, periodista, traductor y ensayista colombiano. Estudió Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Turín y, a lo largo de una trayectoria de varias décadas, ha publicado novelas, diarios, ensayos, columnas y libros difíciles de encerrar dentro de una sola clasificación. Entre sus obras se encuentran Fragmentos de amor furtivo, La oculta, Salvo mi corazón, todo está bien, entre otras. Sin embargo, su nombre permanece unido principalmente a El olvido que seremos, el libro en el que reconstruyó la vida y el asesinato de su padre, Héctor Abad Gómez, médico, profesor universitario y defensor de los derechos humanos, asesinado en Medellín en 1987. Con aquella obra, Abad convirtió una tragedia familiar en una reflexión universal sobre la necesidad de rescatar a los muertos de una segunda desaparición: el olvido.
Antes de Ahora y en la hora, el único libro que había leído de Héctor Abad Faciolince era precisamente El olvido que seremos, una obra que gusta, entristece, hace reflexionar y libera muchas otras emociones que no siempre pueden nombrarse por separado. No es propiamente una novela, aunque utiliza recursos narrativos; tampoco es sólo una biografía del padre, porque en sus páginas aparecen la madre, las hermanas, la infancia del autor, la muerte prematura de Marta, la violencia colombiana y la transformación de una familia después de que alguien esencial ha desaparecido. Es un libro sobre lo que fuimos, sobre lo que ahora somos y sobre aquello que inevitablemente dejaremos de ser. El padre estuvo allí, ocupó un espacio, amó, enseñó, discutió y defendió ciertas ideas; después lo asesinaron y habría terminado convertido en una fotografía y en algunos recuerdos familiares si el hijo no hubiera decidido escribirlo de nuevo.
Allí reside buena parte de la importancia de El olvido que seremos, no sólo dentro de la bibliografía de Abad, sino también dentro de la literatura hispanoamericana contemporánea. El libro demuestra que la experiencia privada puede convertirse en memoria colectiva sin perder su intimidad. El asesinato de Héctor Abad Gómez pertenece a la historia de la violencia política colombiana, pero el dolor con que su hijo lo recuerda pertenece a cualquier persona que haya perdido a alguien y haya comprendido que la memoria se deteriora con una crueldad diferente a la muerte. Abad no escribió únicamente para denunciar un crimen; escribió para impedir que el hombre asesinado quedara reducido al crimen que acabó con él. Antes de ser una víctima, su padre había sido un ser humano, y el libro se esfuerza en devolverle todo aquello que la palabra víctima suele borrar. Por eso resulta tan significativo que El olvido que seremos diera origen, indirectamente, a Ahora y en la hora. Un libro escrito para preservar a un muerto terminó llevando a su autor hacia una guerra donde conocería a otra persona destinada a morir. Una obra nacida de la violencia colombiana viajó hasta Ucrania y allí abrió una cadena de encuentros, invitaciones y afectos que culminaría bajo los escombros de un restaurante bombardeado. Hay algo terrible y casi novelesco en esa continuidad, aunque nada de lo ocurrido pertenezca a la ficción: la literatura como puente entre dos países lejanos y, al final de ese puente, otra vez la muerte. Pero antes de continuar con la reseña, he aquí la sinopsis:
«A mediados de 2023, apenas recuperado de una cirugía a corazón abierto, Héctor Abad Faciolince aceptó la invitación a una feria del libro en Ucrania. El viaje libresco, sin embargo, se convirtió en algo más: explorar los horrores de la invasión rusa en la región del Donetsk, cerca del frente de batalla, junto a otras cuatro personas. El último día, para despedirse, el grupo de viajeros se dispuso a cenar en una pizzería de Kramatorsk. Allí, «como del rayo», padecieron un hecho que los transformaría para siempre: un misil ruso, con seiscientos kilos de explosivos, cayó sobre el centro mismo del lugar, dejando en el acto trece personas muertas y más de sesenta heridos. Una de las víctimas fatales fue la joven escritora ucraniana Victoria Amélina, guía y compañera de ese viaje testimonial que terminó en tragedia.»
La historia comenzó varios años antes del viaje. Anabell Sotelo, traductora de origen ucraniano y latinoamericano, había llevado El olvido que seremos al ucraniano junto con la editora Maryna Marchuk, vinculada con la pequeña editorial Compás. Abad debía viajar inicialmente a Kiev en 2020 para presentar la traducción, pero la pandemia impidió aquel encuentro. Después llegó la invasión rusa de febrero de 2022 y la posibilidad de realizar una visita literaria pareció todavía más remota. Finalmente, en 2023, aceptó participar en el Festival Internacional Arsenal del Libro de Kiev y conocer a las mujeres que habían hecho posible que la historia de su padre encontrara lectores en una lengua tan distante del español.
Lo que debía ser una breve visita se amplió hasta convertirse en un recorrido por la guerra. Abad viajó junto con el excomisionado de paz colombiano Sergio Jaramillo y la periodista Catalina Gómez, dentro de la iniciativa Aguanta Ucrania, concebida para expresar solidaridad latinoamericana con el país invadido. En el camino se les unió Victoria Amelina, escritora y activista ucraniana que, después de la invasión, había comenzado también a documentar crímenes de guerra. Amelina había decidido suspender parcialmente su propia obra para recoger los testimonios de otros antes de que desaparecieran bajo la destrucción.
Era junio de 2023 y se encontraban en Kramatorsk, una ciudad próxima al frente oriental y frecuentada por periodistas y voluntarios. Cenaban en una pizzería cuando un misil ruso impactó contra el restaurante. Trece personas murieron y más de sesenta resultaron heridas. No había un objetivo militar, era lo que se dice, daño colateral. Abad sobrevivió casi sin lesiones graves; Victoria Amelina fue trasladada al hospital y murió varios días después. Tenía treinta y siete años, una edad en la que todavía se habla de una carrera en desarrollo, de los libros futuros, de aquello que una persona podría llegar a escribir si el tiempo no fuera interrumpido. Amelina había publicado Un hogar para Dom, traducida al español antes de su muerte, está obra infantil está narrada desde la mirada de un perro. Al comenzar la invasión a gran escala, la autora se dedicó a investigar crímenes de guerra y a recuperar el diario del escritor Volodímir Vakulenko, secuestrado y asesinado durante la ocupación rusa. Su muerte posee por tanto una dimensión doblemente cruel: Rusia no sólo mató a una escritora ucraniana, sino a una mujer que estaba trabajando para documentar los muertos producidos por la propia invasión rusa.
Abad vuelve una y otra vez sobre una idea tan humana como inútil: pudo haber muerto él. Era un hombre mayor, recién operado del corazón, alguien que considera haber vivido lo suficiente y quizá incluso haber vivido bien. Victoria, en cambio, era joven y apenas comenzaba a ocupar un lugar más amplio dentro de la literatura europea. El azar, que no posee sentido moral ni reparte las muertes según el mérito, eligió de otro modo. La silla que Abad iba a ocupar en la mesa la terminó ocupando Amelia, algo intrascendental: «Si gustas, siéntate aquí, es más cómodo» o «Si gustan me muevo a la otra silla». Una diferencia de posición, unos segundos, el lugar ocupado alrededor de una mesa o una decisión insignificante pueden separar a quien vuelve a casa de quien queda sepultado en una ciudad extranjera.
Ahora y en la hora nace de ese desconcierto. No es una novela, aunque en ciertos momentos posea la intensidad de una; tampoco es únicamente una crónica periodística, porque el autor no se limita a reconstruir hechos verificables. Funciona, más bien, como una mezcla de autobiografía, diario, memoria, crónica de guerra, libro de viajes y ensayo sobre la muerte. Abad cuenta lo sucedido, pero también se observa a sí mismo contando. Examina sus recuerdos, sus contradicciones, su miedo y la forma en que un trauma altera la percepción del tiempo. El pasado no queda detrás de la explosión: se repite en sueños, preguntas, imágenes y asociaciones que regresan sin obedecer un orden cronológico.
La cita que abre esta reseña contiene el núcleo del libro. Abad afirma que escribe para no morirse y, al mismo tiempo, para entender y merecer la muerte. A primera vista, ambas ideas parecen contradictorias. Escribir para no morir supone resistirse al final, dejar algo que pueda sobrevivir al cuerpo; escribir para merecer la muerte implica, en cambio, prepararse para aceptarla. Pero quizá toda escritura personal se mueve entre esos dos impulsos. Quien escribe deja constancia de haber estado vivo y, al hacerlo, reconoce que algún día ya no podrá continuar escribiendo.
La literatura no evita la muerte biológica, pero retrasa otra forma de desaparición. El padre de Abad murió en 1987, con menos edad de la que el propio autor tenía al visitar Ucrania, pero continúa entrando en la conciencia de miles de lectores mediante El olvido que seremos. Victoria Amelina murió en 2023, pero su nombre, sus libros y su presencia alrededor de aquella mesa continúan viviendo en Ahora y en la hora. La escritura no resucita a nadie y quizá sería sentimental atribuirle semejante poder, pero sí impide que la muerte posea inmediatamente la última palabra. Mientras exista alguien capaz de leer, los muertos pueden seguir produciendo pensamientos, emociones y decisiones en personas a las que nunca conocieron.
La expresión «merecer la muerte» resulta todavía más perturbadora. Nadie merece morir en el sentido punitivo, y Abad no parece utilizarla así. Merecer la muerte sería quizá haber vivido y comprendido lo suficiente para no recibirla únicamente como una injusticia absurda; haber amado, escrito y mirado el mundo con suficiente atención para aceptar que el turno debe llegar. Pero la muerte ajena destruye esa serenidad filosófica. Podemos prepararnos para nuestra propia desaparición, incluso repetir con Montaigne que filosofar es aprender a morir, pero rara vez estamos preparados para que mueran quienes amamos. Como escribe Abad en otra de las frases que anoté: «El peor mal no es la propia muerte; el peor mal es la muerte de los seres queridos».
El título del libro procede de las palabras finales del avemaría: «ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte». Abad elimina de la expresión la referencia completa a la oración y conserva únicamente dos momentos: ahora y en la hora. El presente y el instante final. Pero el título sugiere que quizá no se encuentren tan separados como queremos creer. La hora de nuestra muerte existe potencialmente dentro de cada ahora; no conocemos su fecha y por eso vivimos como si perteneciera a un futuro abstracto, aunque podría estar escondida en una cena, en un viaje, en una calle o en la decisión de cambiar de asiento.
El libro fluye bastante bien porque Abad sabe combinar los datos históricos y políticos con su experiencia personal. La guerra no se presenta únicamente mediante cifras, mapas o explicaciones geopolíticas. Aparece en las conversaciones con ucranianos, en las alarmas, en los edificios dañados, en las ausencias y en la inquietud de quienes han aprendido a continuar su vida mientras existe la posibilidad de un nuevo ataque. El autor no pretende convertirse súbitamente en un especialista militar; observa como escritor y como visitante, consciente de que su mirada es parcial, pero también de que haber estado allí le impone la responsabilidad de contar.
A diferencia de ciertas crónicas de guerra en las que el periodista intenta desaparecer detrás de los hechos, Abad permanece visible. Sabemos que tiene miedo, que está viejo, que ha sido operado, que ama a su familia y que se pregunta si fue irresponsable al viajar. No adopta la pose del corresponsal invulnerable ni se atribuye un heroísmo que no le corresponde. Se muestra como un hombre imperfecto, con dudas, fallos, vanidades y temores. Esa humanidad constituye una de las virtudes del libro: no estamos ante una voz abstracta que interpreta la historia desde arriba, sino ante una persona de carne y hueso que intenta comprender por qué regresó viva de un lugar donde personas han muerto y siguen muriendo violentamente.
También se percibe a un hombre que ama su oficio. Abad mira las ciudades a través de los libros, busca escritores, recuerda versos y establece conexiones literarias incluso cuando se encuentra cerca del frente. Esto podría parecer una deformación profesional, pero en realidad revela la manera en que organiza el mundo. Otros interpretarían Ucrania mediante sus recursos, su estrategia militar o sus alianzas; él intenta comprenderla a través de la lengua, la memoria y la literatura. No porque ignore la importancia de los ejércitos, de la defensa, de quienes se sacrifican, sino porque sabe que una nación también existe en las historias que cuenta sobre sí misma. La riqueza cultural de Ucrania ocupa por eso un lugar relevante. Su tradición escrita se remonta al Rus de Kiev, la federación medieval cuyo centro político y religioso estuvo en Kyiv y cuya herencia es reclamada tanto por Ucrania como por Rusia. La disputa no es únicamente académica. Rusia ha utilizado durante siglos una lectura imperial de aquel pasado para presentarse como heredera natural de todos los pueblos eslavos orientales y reducir a Ucrania a una rama secundaria o incompleta de una civilización común. Para los ucranianos, en cambio, el Rus de Kyiv demuestra que su historia política y cultural no comenzó como una provincia rusa.
La literatura ucraniana moderna se desarrolló además bajo condiciones particularmente adversas. El uso público del idioma ucraniano fue restringido en distintos momentos por el Imperio ruso, y numerosos escritores fueron censurados, perseguidos, encarcelados o absorbidos por la categoría general de literatura rusa o soviética. Tarás Shevchenko, poeta, pintor y antiguo siervo, se convirtió durante el siglo XIX en una figura fundacional porque hizo de la lengua ucraniana un instrumento de poesía nacional y de resistencia frente al dominio imperial. Ivan Frankó amplió aquella tradición mediante la poesía, la narrativa y el pensamiento político, mientras Lesia Ukrainka construyó una obra de extraordinaria fuerza intelectual y dramática. El siglo XX fue todavía más cruel. Durante la década de 1930, numerosos autores, dramaturgos y artistas de la llamada Generación Ejecutada fueron fusilados o enviados a campos soviéticos después de un breve renacimiento cultural. Más tarde, Vasyl Stus se convirtió en una de las grandes voces poéticas de Ucrania y murió en un campo penitenciario soviético. En la literatura contemporánea destacan nombres como Oksana Zabuzhko, Yurii Andrujovich, Serhiy Zhadan, Andréi Kurkov y la propia Victoria Amelina. Algunos escriben en ucraniano, otros en ruso, y esa pluralidad impide reducir la identidad cultural del país a una sola lengua.
El caso de Vasili Grossman demuestra precisamente esa complejidad. Grossman nació en Berdíchiv, actualmente territorio de Ucrania, dentro de una familia judía, pero escribió en ruso y desarrolló su carrera en el contexto soviético. Llamarlo simplemente escritor ucraniano puede resultar impreciso; llamarlo únicamente ruso también borra el lugar, la cultura y la historia que marcaron su vida. Quizá la expresión más exacta sea escritor soviético, judío y nacido en Ucrania, aunque incluso esa fórmula deja fuera algo. Las identidades literarias, especialmente en territorios dominados por imperios sucesivos, rara vez caben en una sola nacionalidad. Abad menciona Todo fluye, la novela breve en la que Grossman abordó los campos soviéticos, el miedo, la delación y la hambruna de Ucrania. Es, en efecto, una obra devastadora. Grossman comprendió que el totalitarismo no destruye únicamente mediante ejecuciones y prisiones, sino también obligando a los individuos a traicionar, callar o justificar aquello que saben que está mal. La libertad, en Todo fluye, no es una institución abstracta, sino la posibilidad de conservar una conciencia propia cuando el Estado pretende ocuparla.
En Ahora y en la hora, Rusia aparece como el abusón histórico de Ucrania: una potencia que ha intentado dominar su territorio, su lengua, su memoria y hasta el relato de su origen. La imagen puede parecer simplificadora si se utiliza para explicar siglos de relaciones entre pueblos profundamente entrelazados, pero adquiere una fuerza difícil de discutir ante una invasión abierta. Abad no presenta la guerra como una disputa simétrica entre dos vecinos igualmente responsables, sino como la agresión de un Estado poderoso contra otro que intenta conservar su soberanía.
El libro también cuestiona la facilidad con que algunos intelectuales occidentales, especialmente latinoamericanos, interpretan la invasión únicamente mediante su rechazo a Estados Unidos o a la OTAN. Bajo esa lectura, Ucrania desaparece como sujeto y se convierte en una pieza dentro de una disputa entre grandes potencias. Abad se resiste a esa reducción. Los ucranianos no son simples instrumentos de Occidente ni figurantes dentro de un conflicto ajeno; son personas que defienden sus ciudades, su lengua, sus familias y su derecho a decidir a qué mundo quieren pertenecer. Esa posición política no impide que la obra se concentre, sobre todo, en la condición humana. La guerra aparece como una forma extrema de la fragilidad que acompaña siempre a la vida. Hoy una persona conversa, come, ríe o imagina el libro que escribirá; mañana puede ser un nombre dentro de una lista de víctimas. La conciencia conoce esa posibilidad, pero no puede vivir contemplándola de manera permanente. Necesitamos actuar como si el futuro estuviera garantizado, aunque sepamos que no lo está.
La portada expresa de una manera extraordinaria esa dualidad. La imagen pertenece a Hilma af Klint, pintora sueca, mística y pionera de la abstracción, cuya obra permaneció durante décadas casi desconocida. El cisne, número 1, pintado en 1915, muestra dos cisnes enfrentados: uno blanco sobre fondo negro y otro negro sobre fondo blanco. Sus picos se encuentran en la línea que divide ambos espacios, como si cada animal fuera al mismo tiempo contrario, reflejo y complemento del otro. Af Klint pintó aquella serie durante la Primera Guerra Mundial y utilizó el cisne como símbolo de transformación, trascendencia y reconciliación de los opuestos. En la tradición alquímica, el blanco y el negro no representan solamente el bien y el mal, sino fases diferentes de un mismo proceso. La portada resulta perfecta para Ahora y en la hora porque contiene la vida y la muerte, la juventud y la vejez, la inocencia y la culpa, la víctima y el superviviente. Ninguno de los cisnes existe sin el otro: el blanco necesita el fondo negro para hacerse visible y el negro necesita el blanco. La imagen permite también pensar en la culpa. Abad está vivo porque Victoria murió, aunque racionalmente sepa que una cosa no fue causa de la otra. El superviviente se mira en el muerto como el cisne blanco se encuentra con su reflejo oscuro. Podría haber ocupado su lugar; podría haber sido él. Esa conciencia altera la alegría de sobrevivir, porque la vida propia parece de pronto sustentada sobre una ausencia. Pero la culpa del superviviente contiene una trampa: atribuye al sobreviviente una capacidad de decisión que nunca tuvo. Abad no eligió quién debía morir y no podía negociar con el misil.
Ésta es quizá la única parte del libro que en algunos momentos me produce cierta reserva. Comprendo el trauma, la confusión y la culpa. Sería absurdo pedirle a quien ha sobrevivido a una explosión que ordene inmediatamente sus emociones mediante argumentos racionales. Sin embargo, Abad insiste tanto en esa culpa que por momentos parece subrayarla más de lo necesario. Lo que comienza como una reflexión legítima se aproxima en algunos pasajes al melodrama, como si el autor necesitara reiterar que él, viejo y satisfecho de su vida, debió morir en lugar de la joven escritora. No pongo en duda la sinceridad del sentimiento. La culpa puede ser completamente auténtica y, al mismo tiempo, resultar literariamente reiterativa. Una emoción no gana profundidad porque se repita; en ocasiones se vuelve más poderosa cuando permanece contenida, insinuada en una imagen o en una pregunta que el escritor se abstiene de responder. Personalmente, prefiero que el peso de la culpa aparezca como reflexión y no como una acumulación de lágrimas que el lector no puede ver ni necesariamente sentir.
La literatura exige una distancia de la experiencia. El sufrimiento pertenece por completo a quien lo vive, pero cuando se convierte en libro necesita forma, ritmo y selección. Abad consigue ese equilibrio durante la mayor parte de la obra, aunque en ciertos momentos parece todavía demasiado cerca de la explosión. Quizá eso sea inevitable. Ahora y en la hora no fue escrito después de varias décadas de silencio, como El olvido que seremos, sino bajo una herida todavía reciente. No estamos leyendo únicamente una memoria elaborada, sino también el intento de elaborarla, rescatarla del olvido. Esta característica lo acerca a otros grandes libros construidos a partir de una experiencia personal real. El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, transforma la muerte repentina de su marido y la enfermedad de su hija en una disección de la mente durante el duelo. Ordesa, de Manuel Vilas, mezcla memoria, autoficción y duelo por los padres hasta convertir una familia española en una reflexión sobre el tiempo y la desaparición. Examen de mi padre, de Jorge Volpi, reconstruye la figura paterna mientras examina el cuerpo, la medicina y la violencia mexicana. Paula, de Isabel Allende, convierte la agonía de una hija en una extensa carta familiar. A esa constelación podrían añadirse Algún día te mostraré el desierto, de Renato Cisneros; La piel y La hora violeta, de Sergio del Molino; o El arte del asesinato político: ¿Quién mató al obispo?, de Francisco Goldman. Incluso Soldados de Salamina, de Javier Cercas, aunque mezcla deliberadamente investigación, memoria y ficción, participa de esa literatura que intenta reconstruir un hecho histórico mientras muestra las dudas y limitaciones de quien lo investiga. Allí aparece hasta Roberto Bolaño, enfermo y todavía lúcido, recordándonos que toda conversación literaria ocurre bajo un tiempo que se acaba.
Estos libros no se parecen necesariamente en su argumento, pero comparten una convicción: la experiencia individual puede contener una pregunta más amplia sobre la condición humana. La muerte de un padre, una hija, un marido o una escritora conocida durante un viaje no es importante para el lector porque esa persona haya pertenecido a su propia familia, sino porque le recuerda que sus vínculos también son vulnerables. Leemos la experiencia de otro desde la nuestra. El escritor entrega una memoria y el lector la recibe a través de sus pérdidas, sus miedos y sus afectos. Por eso ninguna lectura es completamente pasiva ni exacta. El autor escribe desde su experiencia, pero el lector interpreta desde la propia. Entre ambos surge algo que no pertenecía por entero a ninguno de los dos. Puede haber sobreinterpretaciones, asociaciones imprevistas o sentidos que el escritor jamás concibió; eso no convierte necesariamente la lectura en un error. El lector es falible, desde luego, pero también completa la obra. Un libro permanece inmóvil hasta que alguien lo relaciona con otra vida.
Ahora y en la hora me parece una obra muy buena, excelente si se quiere, escrita con honestidad, inteligencia y una notable capacidad para combinar la reflexión con el relato. Abad introduce datos históricos, referencias literarias y consideraciones políticas sin permitir que el libro se transforme en una conferencia sobre Ucrania. Todo permanece unido a las personas que conoce, a las ciudades que atraviesa y a la experiencia concreta de haber sobrevivido. La historia fluye porque los datos no son bloques añadidos desde fuera, sino parte de la necesidad del autor de comprender dónde estuvo y por qué ocurrió lo que ocurrió. Además, se percibe en él una bondad que no parece impostada. Abad empatiza rápido, se interesa por los demás, ama a su familia y conserva una curiosidad genuina por las personas. Es querido porque parece dispuesto a querer. Esto no significa que se presente como un hombre perfecto. Reconoce sus dudas, sus contradicciones, sus achaques y hasta algunos impulsos menos nobles. Pero esa imperfección refuerza la credibilidad de su voz. No escribe desde una superioridad moral, sino desde la conciencia de haber recibido una vida que pudo terminar y que, por razones imposibles de justificar, continuó.
En marzo de 2026, Ahora y en la hora fue seleccionada entre las cinco finalistas del primer Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana. El premio principal terminó en manos de Samanta Schweblin por El buen mal, de manera que Abad no lo ganó, aunque la selección confirmó el reconocimiento crítico de una obra difícil de clasificar como novela en sentido estricto. La etiqueta importa poco. Algunos de los mejores libros permanecen precisamente en ese territorio fronterizo donde la autobiografía, la crónica, el ensayo y la literatura se confunden. Fue el primer libro que leí en 2026 y resultó una muy buena elección. Comenzar el año con una obra sobre la muerte podría parecer sombrío, pero el libro no produce únicamente tristeza. También recuerda por qué queremos seguir vivos. No por conservar mecánicamente los sentidos ni por acumular más días, sino por continuar viendo y acompañando aquello que amamos. La vida no adquiere valor sólo por su duración, sino por los vínculos que nos hacen desear que dure.
La frase inicial decía que Abad escribe para no morirse y para entender y merecer la muerte. Después de leer el libro, creo que también escribe para acompañar a sus muertos. Lo hizo con su padre y lo hace ahora con Victoria Amelina. No puede devolverles la vida, pero puede impedir que queden reducidos a la manera en que murieron. El padre no es únicamente el hombre asesinado en Medellín; Victoria no es sólo la escritora muerta por un misil ruso. Ambos amaron, trabajaron, escribieron, cometieron errores y ocuparon un espacio que ninguna estadística puede representar. La literatura no derrota el olvido de manera definitiva, porque todo libro puede dejar de leerse y toda civilización puede desaparecer, pero consigue aplazarlo. Y quizá escribir consista siempre en eso: ganar un poco de tiempo frente a aquello que finalmente lo borra todo. Para cerrar, dejo algunas líneas que particularmente brillaron, rutilaron, mientras leía Ahora y en la hora y que vale la pena leer y releer:
«Incluso una existencia corta sería demasiado larga para contarla completa.»
«Los escritores no somos casi nada, o, mejor dicho, somos casi tan solo que hemos escrito.»
«Las ganas de seguir vivos no tienen nada que ver con la experiencia de uno mismo o del simple hecho de conservar los sentidos. Las ganas de vivir son para seguir viendo y viviendo lo que amamos.»
«El peor mal no es la propia muerte; el peor mal es la muerte de los seres queridos.»

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