jueves, 11 de junio de 2026

CUANDO EL VIENTO HABLE de Ángela Banzas

«Recuerdo dejar atrás la casa, ver pasar a toda velocidad los árboles cuyas raíces bebían del río y oír el ladrido de los perros tan pulgosos como hambrientos de un vecino que llevaba tiempo desaparecido. La fría humedad de las nubes quemaba en los pulmones. Desprevenida ante el peligro y con las ruedas volando sin resistencia, vi el rostro de aquella niña. Esa niña otra vez… Tuve miedo al advertir dos negras sombras bajo sus párpados y un camisón blanco cubriendo un cuerpo esquelético que me esperaba en la corriente turbia.»

Ángela Banzas es una escritora española, licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad de Santiago de Compostela, desarrolló durante años una carrera profesional vinculada con la consultoría antes de dedicarse plenamente a la literatura. Debutó en 2021 con El silencio de las olas, a la que siguieron La conjura de la niebla, La sombra de la rosa y El aliento de las llamas, novelas mediante las cuales fue construyendo un territorio literario reconocible: una Galicia lluviosa, secretos familiares, las casas que conservan la memoria de quienes las habitaron y un pasado que nunca permanece completamente enterrado. En 2025 fue finalista del Premio Planeta con Cuando el viento hable, una novela ambientada en la posguerra española que combina el drama histórico, el misterio, la sensibilidad gótica y una forma de imaginación cercana, por momentos, al realismo mágico.

Después de leer Vera, una historia de amor, de Juan del Val, sentí que debía leer también la novela finalista del Premio Planeta 2025, aunque sólo fuera para determinar si el jurado había tenido que elegir entre dos obras de calidad semejante o si, por el contrario, existía entre ellas una diferencia difícil de justificar. La respuesta llegó bastante pronto. Cuando el viento hable no sólo me parece muy superior a la novela ganadora, sino que posee todo aquello que a Vera, una historia de amor le falta: una atmósfera propia, una prosa reconocible, personajes desarrollados con paciencia, una arquitectura narrativa construida con inteligencia y una autora que parece haber conocido desde el principio el lugar exacto hacia el que pretendía conducir cada una de las piezas. No es una novela perfecta y algunas de sus decisiones pueden discutirse, pero incluso sus defectos nacen de una ambición literaria que resulta imposible encontrar en el libro premiado.

El fragmento que abre esta reseña contiene ya buena parte de las cualidades de la novela. La realidad aparece transformada por la mirada de una niña: los árboles poseen raíces que beben del río, la humedad quema los pulmones, las ruedas vuelan y el rostro de una figura espectral emerge en una corriente turbia. No sabemos todavía si esa niña pertenece al mundo de los vivos, al de los muertos, a la memoria o a la imaginación de Sofía. Tampoco parece necesario decidirlo de inmediato. La fuerza del pasaje reside precisamente en esa indeterminación, en una conciencia infantil que no separa con claridad la experiencia, el sueño y el presagio. El paisaje no funciona como fondo decorativo, sino como extensión de la percepción: la naturaleza siente, observa y amenaza junto a la protagonista. Pero antes de continuar con la reseña, he aquí la sinopsis:

«Sofía nace en el otoño de 1939, tras una tragedia familiar, y crece rodeada de secretos en la Galicia rural de la posguerra. Sus abuelos paternos la crían bajo una estricta vigilancia, mientras su padre, un bibliotecario que vive oculto en las sombras, le alimenta la imaginación con historias fantásticas. Ella no entiende de qué la esconde su familia ni quién es esa niña que se le aparece como una alucinación. Tras ser ingresada en el Hospital Real de Santiago, encuentra refugio en Julia, su primera gran amiga. Allí, los pasillos clandestinos y los rastros de un pasado enterrado emergen para desvelar nuevos misterios. ¿Qué pretende ese joven de ojos verdes que ha irrumpido en su vida y parece tener tantas respuestas?.»

La narración principal está escrita en primera persona y pertenece a Sofía, a quien conocemos principalmente cuando tiene diez años. Después se producen varias elipsis que nos permiten reencontrarla a los catorce, a los diecisiete y, finalmente, alrededor de los veinte. Estos saltos temporales no constituyen simples procedimientos para acelerar la historia, sino que muestran cómo cambia la interpretación de un mismo pasado a medida que la protagonista adquiere edad, conocimiento y conciencia. Aquello que para la niña era una aparición, una amenaza o una historia incomprensible comienza a adquirir posteriormente un significado familiar, político y científico. Cuando Sofía es niña, la prosa alcanza sus momentos más hermosos. Su narración se vuelve más poética, onírica y, por momentos, surreal. Las ánimas parecen permanecer cerca, los sonidos transportan recuerdos y el viento se convierte en una presencia capaz de hablar cuando las personas han decidido callar. La frontera entre lo real y lo imaginado pierde rigidez porque una niña no clasifica todavía la experiencia de acuerdo con las categorías racionales de los adultos. Lo que no puede comprender lo transforma en relato, y aquello que los mayores ocultan reaparece bajo la forma de una visión, un sueño o una criatura que aguarda en algún lugar. Por eso la novela produce la impresión de acercarse al realismo mágico, aunque no diría que pertenezca plenamente a esa tradición. En el realismo mágico más canónico, lo sobrenatural forma parte del mundo cotidiano y es aceptado con naturalidad por una comunidad entera. En “Cuando el viento hable”, en cambio, lo fantástico nace principalmente de la percepción de Sofía y conserva una ambigüedad psicológica: puede ser una presencia verdadera, una memoria que no le pertenece o la forma en que su mente traduce una realidad demasiado terrible para ser comprendida directamente. Hay, más bien, una sensibilidad mágico-realista dentro de una novela histórica y gótica.

Existe también una segunda línea narrativa focalizada en Daniel, un adolescente de aproximadamente dieciséis años a quien conocemos cuando Sofía es ingresada por primera vez en el hospital. Él es seis años mayor que ella y sus capítulos están escritos en tercera persona. El cambio no es únicamente gramatical. La narración de Daniel es más descriptiva y exterior, menos introspectiva y visionaria que la de Sofía, aunque nunca se vuelve minimalista ni simple. Su mundo continúa escrito con una prosa cuidada, pero la realidad parece recuperar cierta solidez cuando el foco se desplaza hacia él.

La alternancia de voces permite representar dos maneras distintas de enfrentarse al horror. Sofía transforma lo incomprensible en imágenes, cuentos y presencias; Daniel observa, sospecha e intenta encontrar respuestas dentro de un mundo más concreto. Ella conoce mediante la intuición y la imaginación; él lo hace mediante la búsqueda y la observación. Esta diferencia impide que la novela quede encerrada por completo en la subjetividad de la protagonista y permite revelar acontecimientos a los que ella no habría podido acceder.

La estructura podía haber fracasado con facilidad. La historia acumula secretos familiares, niños desaparecidos, expedientes médicos, parentescos desconocidos, visiones, instituciones sombrías y acontecimientos del pasado que regresan para alterar el presente. En una novela menos planificada, semejante cantidad de elementos habría terminado produciendo una sucesión de revelaciones improvisadas. Sin embargo, Ángela Banzas consigue que los giros argumentales resulten plausibles. Las pistas aparecen antes de que comprendamos su importancia; las conexiones no surgen únicamente porque la trama las necesita y, cuando una revelación modifica lo que sabíamos, podemos volver mentalmente hacia atrás y reconocer que la autora ya había colocado allí las señales necesarias. Ésta es una de las razones por las que considero que Cuando el viento hable es una novela bastante redonda. Sus personajes tienen recorridos reconocibles, las acciones producen consecuencias y los vínculos encuentran una resolución coherente. Incluso cuando el relato se vuelve intrincado, no parece que la autora esté improvisando la forma de unir sus piezas. La historia fluye como si hubiera sido concebida desde el desenlace, una cualidad esencial en cualquier novela sostenida por el misterio. Una buena revelación no es aquella que nadie podía prever porque carecía de antecedentes, sino la que, después de producirse, parece haber estado siempre frente a nosotros.

El Hospital que aparece en la novela cumple un papel especialmente importante. No es sólo un escenario, sino una especie de organismo que conserva aquello que la historia oficial ha decidido ocultar. Sus habitaciones, pasillos, escaleras y zonas prohibidas parecen haber absorbido el dolor de quienes pasaron por allí. El edificio posee memoria y funciona casi como una prolongación física de los secretos políticos y familiares que sostienen la novela. Las instituciones creadas para sanar pueden convertirse también en espacios de sometimiento cuando la ciencia pierde sus límites morales y comienza a considerar a las personas como objetos de estudio.

Aquí aparece la relación con los experimentos médicos realizados sobre niños y con la sombra histórica de Josef Mengele. Médico de las SS destinado en Auschwitz, Mengele participó en la selección de prisioneros y realizó experimentos crueles, especialmente con gemelos y con personas que presentaban características físicas que despertaban su interés pseudocientífico. Los cuerpos eran sometidos a procedimientos dolorosos y con frecuencia mortales, no para curar enfermedades ni aliviar sufrimientos, sino para servir a una concepción racial que había decidido de antemano que algunas vidas carecían de valor propio. También está Asperger, pero esta referencia requiere mayor cautela. Asperger no fue otro Mengele ni desarrolló la misma clase de experimentos directos en campos de concentración. Fue un pediatra austríaco relacionado con el estudio de niños que mostraban determinados rasgos del espectro autista. Durante muchos años se sostuvo que había intentado proteger a algunos de ellos destacando sus capacidades; investigaciones posteriores, sin embargo, mostraron que su relación con el régimen nazi y con su aparato de higiene racial fue mucho más problemática. Existen documentos que lo vinculan con valoraciones y derivaciones de menores hacia Am Spiegelgrund, una institución asociada con el programa de eutanasia infantil. El grado exacto de lo que sabía continúa siendo discutido, pero su historia demuestra hasta qué punto la medicina puede quedar moralmente comprometida cuando acepta clasificar a los seres humanos según su productividad, su adaptabilidad o su utilidad para el Estado.

En España, el trasfondo de la novela remite también a la pseudociencia desarrollada alrededor de los vencidos de la Guerra Civil. El médico alemán de Cuando el viento hable funciona menos como la reproducción exacta de una figura histórica que como una condensación literaria de varios horrores del siglo XX: la experimentación de Mengele, la clasificación de niños bajo el nazismo, la utilización de la psiquiatría con fines ideológicos y la voluntad franquista de purificar moralmente a los hijos de los vencidos. El punto común no es un procedimiento concreto, sino la conversión de la persona en material. Primero se deja de hablar de niños y se comienza a hablar de casos; después se deja de hablar de sufrimiento y se habla de resultados.

La novela acierta especialmente al vincular esa violencia con la memoria. Entre las frases que fui anotando durante la lectura, la más poderosa me parece ésta:

«Esta guerra se alimenta de cuerpos, pero se paga con almas. Y el alma es inmortal. Vive en los recuerdos. Recuerdos que cambian de traje y de piel, generación tras generación. Ellos contra nosotros. Nosotros contra ellos. Dos cadenas sacudidas por el diablo: una en la mano derecha, otra en la izquierda.»

Desde el punto de vista literario, la frase avanza por medio de una serie de transformaciones: primero el cuerpo, después el alma, luego el recuerdo y finalmente las generaciones. La guerra destruye una materia visible, pero su costo verdadero permanece en una dimensión que no puede contabilizarse. Los cuerpos son enterrados; las almas sobreviven convertidas en memoria, trauma, resentimiento o relato. La imagen de las dos cadenas en manos del diablo evita, además, una división demasiado cómoda entre vencedores completamente puros y vencidos incapaces de reproducir el odio. Cada generación puede recibir una cadena y volver a sacudirla contra la siguiente. Filosóficamente, la frase plantea que ninguna guerra concluye por completo cuando termina la violencia militar. El conflicto sobrevive en quienes recuerdan, en quienes heredan los silencios y hasta en quienes ignoran que determinadas heridas familiares provienen de una historia anterior a su nacimiento. El alma es inmortal no necesariamente en un sentido religioso, sino porque los actos humanos continúan produciendo consecuencias cuando sus responsables y sus víctimas ya han muerto. La memoria cambia «de traje y de piel»: adopta nuevos discursos, identidades y justificaciones, pero conserva la posibilidad de repetir la división entre ellos y nosotros.

El título mismo puede leerse desde esa perspectiva. Cuando el viento habla, no transmite necesariamente voces sobrenaturales; transporta aquello que el silencio no consiguió destruir. El viento atraviesa casas, hospitales, bosques y generaciones. Nadie puede encerrarlo ni obligarlo a respetar las fronteras construidas por los vencedores. La verdad puede ser ocultada durante años, pero continúa circulando de manera imperfecta en recuerdos, sospechas, cuentos y sueños hasta que alguien decide escucharla. Esta relación entre memoria, arquitectura y misterio recuerda inevitablemente a Carlos Ruiz Zafón, especialmente a La sombra del viento. No sólo por la prosa barroca o por la presencia de personajes jóvenes, sino porque en ambas obras los espacios contienen historias: bibliotecas, hospitales, casas y calles funcionan como depósitos de secretos. También comparten una sensibilidad gótica, una relación con el franquismo y la aparición de antagonistas capaces de prolongar su influencia a través del miedo y del silencio. Sin embargo, Ángela Banzas es menos irónica y más abiertamente emotiva que Ruiz Zafón. En sus novelas, Zafón equilibraba el melodrama mediante el humor, la aventura y una cierta conciencia de estar construyendo un gran folletín literario. Cuando el viento hable permanece casi siempre dentro de una gravedad lírica. Esto produce algunos de sus momentos más hermosos, pero también provoca que la prosa se sienta, en ocasiones, demasiado consciente de su propia belleza.

La atmósfera me recordó también, aunque por razones distintas, a Las indignas, de Agustina Bazterrica. Las historias no se parecen, pero ambas construyen espacios cerrados donde el cuerpo femenino y la infancia quedan sometidos a una autoridad que convierte la crueldad en disciplina, tratamiento o protección. Bazterrica trabaja con una prosa mucho más seca, brutal y alegórica; Banzas envuelve el horror en imágenes líricas y en una sensibilidad gótica. Pero en las dos existe una misma advertencia: lo monstruoso puede adquirir apariencia de orden cuando recibe el respaldo de una institución.

La relación entre Sofía y Julia es uno de los aspectos más conmovedores de la novela. Dentro del hospital, las historias permiten que las niñas habiten por momentos otra realidad. La imaginación no elimina la enfermedad, no abre físicamente las puertas ni derrota de inmediato a quienes ejercen el poder, pero evita que la persona quede reducida por completo a su miedo, a su diagnóstico o a su condición de víctima. Contar una historia se convierte en una manera de preservar la identidad cuando todo alrededor pretende borrarla. La literatura aparece entonces como una forma de resistencia. No necesariamente salva a una persona de la muerte, pero puede salvar su vida de quedar definida únicamente por el dolor. El padre de Sofía le entrega historias porque no puede ofrecerle seguridad; Sofía las comparte porque no puede curar a Julia. Cada relato crea un espacio de libertad dentro de una realidad que intenta cerrarse sobre ellas. Es una idea antigua, pero Banzas consigue convertirla en experiencia emocional y no sólo en discurso.

Mi principal reserva se encuentra en la construcción del antagonista. En el tramo final aparece el estereotipo del villano locuaz, esa figura que, después de actuar durante años mediante el secreto, el poder y la manipulación, decide explicar lo que hizo, cómo lo hizo y por qué. El recurso permite resolver dudas y ordenar rápidamente la información, pero rara vez resulta realista. Un antagonista no les debe explicaciones a los protagonistas y, sobre todo, no parece lógico que alguien que ha sobrevivido gracias al silencio renuncie repentinamente a él para ofrecer una exposición completa de su perversidad. La confesión resta ritmo y disminuye parte del misterio construido con tanta paciencia. La información podría haber aparecido mediante documentos, testimonios incompletos, expedientes médicos o descubrimientos sucesivos. La literatura de misterio suele ser más poderosa cuando obliga al lector a completar aquello que nadie explica del todo. Al convertir al antagonista en portavoz de su propia culpa, la novela reduce el espacio de interpretación y transforma a un personaje potencialmente inquietante en un mecanismo para cerrar la trama.

El procedimiento tampoco fortalece al villano. La maldad resulta más perturbadora cuando no siente la necesidad de justificarse, cuando actúa desde una convicción tan absoluta que ni siquiera comprende por qué debería ofrecer explicaciones. El antagonista locuaz, por el contrario, parece buscar reconocimiento, comprensión o incluso cierta admiración de parte de aquellos a quienes ha dañado. Es una convención frecuente del cine y de la novela comercial, pero en una obra que ha trabajado con tanto cuidado la atmósfera y la memoria histórica se siente como una solución demasiado evidente.

Algo parecido ocurre con los diálogos. Debo reconocer que son hermosos, emotivos y en ocasiones memorables. Banzas sabe construir frases con ritmo, imágenes y gravedad sentimental. El problema es que casi todos sus personajes parecen poseer esa misma capacidad expresiva. Niños, campesinos, enfermos y adultos de distinta formación hablan mediante construcciones demasiado pulidas, como si todos dispusieran de la cultura y de la serenidad necesarias para convertir cualquier emoción en una frase literaria. No se trata de exigir una reproducción documental del habla gallega de la posguerra. Una novela debe estilizar el lenguaje y una transcripción fonética minuciosa podría terminar volviéndose artificial o agotadora. Pero esa estilización necesita conservar diferencias de edad, educación, procedencia y clase social. Una niña no ordena siempre sus pensamientos como una narradora adulta; una persona asustada rara vez encuentra en el instante preciso la metáfora perfecta; alguien con poca formación no tiene por qué expresarse sin belleza, pero su belleza verbal debería nacer de otra cadencia y de otras imágenes. Por momentos, los personajes hablan como si Jane Austen hubiera viajado a la Galicia rural de la posguerra y les hubiera enseñado a convertir cada conversación en una reflexión elegante sobre la condición humana. La comparación es deliberadamente exagerada, pero señala una dificultad real. Muchas de esas frases son bellas cuando se leen de manera aislada; dentro del diálogo, sin embargo, parecen pertenecer más a la autora que al personaje que las pronuncia.

La prosa descriptiva participa de la misma tendencia. Banzas escribe con voluntad lírica: el paisaje siente, los objetos recuerdan, las sombras poseen intención y el clima refleja los estados interiores. En sus mejores momentos, esa escritura crea una atmósfera envolvente y produce imágenes de verdadera belleza. En otros, la acumulación de metáforas hace demasiado visible el esfuerzo por embellecer cada escena. La prosa barroca siempre corre el riesgo de enamorarse de sus adornos hasta cubrir aquello que pretendía revelar. 

No comparto, sin embargo, la idea de que esa cualidad convierta la novela en una simple acumulación de tópicos. Sí, utiliza elementos conocidos: la posguerra, los secretos familiares, el hospital sombrío, los niños desaparecidos, las visiones y una protagonista destinada a reconstruir su identidad. Pero la literatura no depende de inventar materiales que jamás hayan aparecido antes, sino de combinarlos mediante una voz propia. Cuando el viento hable tiene esa voz. Puede excederse, puede resultar sentimental y puede insistir demasiado en algunas imágenes, pero consigue sostener una atmósfera desde el principio hasta el final.

El desenlace me parece correcto y ejecutado con oficio, con maestría si se quiere. No asume grandes riesgos ni deja al lector frente a una ambigüedad radical. Los arcos se cierran, las piezas encuentran su lugar y los personajes reciben una resolución emocional pensada para satisfacer a quien ha llegado a encariñarse con ellos. Podría imaginarse un final más oscuro, abierto o perturbador, especialmente después de una historia atravesada por la enfermedad, la represión y la pérdida. Pero un final previsible no es necesariamente un mal final. La pregunta es si corresponde con la lógica emocional de la obra, y en este caso creo que sí. Después de convertir la imaginación, la memoria y el amor en formas de resistencia, habría resultado incoherente concluir desde el nihilismo absoluto. Banzas no deshace el horror ni devuelve lo perdido; permite que quienes sobreviven encuentren una forma de continuar. La esperanza no elimina las cicatrices, pero impide que ellas se conviertan en la única definición posible de una vida.

Con mucha solvencia puedo decir que Cuando el viento hable me parece una excelente novela. Posee una construcción sólida, una atmósfera cuidadosamente sostenida y personajes cuyos arcos se cierran. La autora administra bien la información, coloca indicios con anticipación y consigue que las revelaciones modifiquen nuestra lectura sin destruir su credibilidad. Su prosa puede ser excesivamente lírica, sus diálogos no siempre corresponden con la época o la condición social de quienes hablan y el antagonista cae en la tentación de explicar demasiado. Pero esas limitaciones no deshacen el mérito de la obra. Y esto también me lleva a lo más trágico, pues estoy completamente convencido de que Cuando el viento hable debió ganar el Premio Planeta 2025. No afirmo que sea una obra destinada a modificar el rumbo de la literatura española ni que esté libre de recursos propios de la narrativa comercial. Digo algo más sencillo: es una novela construida con amor a la literatura, dominio del arte de escribir y conciencia de su arquitectura, cualidades que la distinguen ampliamente de Vera, una historia de amor. Incluso podría decirse que Banzas escribió una historia de amor mucho más verdadera, aunque su novela no sea, o no sea únicamente, una novela amorosa. Aquí el amor no consiste en que una mujer rica descubra su libertad gracias a un hombre más joven y pobre. Es el amor de quien protege sin poder impedir el daño; el del padre que entrega historias cuando no puede ofrecer seguridad; el de dos niñas que construyen otro mundo dentro de una habitación hospitalaria; el de quienes se niegan a permitir que los desaparecidos sean borrados por completo. Es un amor menos evidente, por supuesto, pero más profundo: no el que promete felicidad, sino el que permanece cuando la felicidad ya no es posible. Quizá por eso, después de leer las dos novelas, el resultado del Premio Planeta se vuelve todavía más difícil de comprender. Ángela Banzas presentó una obra literaria en regla. Juan del Val presentó un melodrama compuesto por clichés y diálogos paupérrimos, una novelita rosa. El jurado concedió el premio principal a Vera, una historia de amor y dejó Cuando el viento hable como finalista. Los premios deciden quién recibe el dinero; los lectores terminan decidiendo qué novela merecía realmente permanecer.

Personalmente, aplaudo la obra de Ángela Banzas y la recomiendo. No porque sea perfecta, sino porque incluso sus defectos nacen de una voluntad literaria reconocible. Prefiero una autora que en ocasiones exceda la metáfora por intentar producir belleza a otra que no parezca haber buscado belleza alguna. Prefiero una novela que se arriesgue a resultar barroca, sentimental o gótica a una incapaz de construir una sola atmósfera. Y prefiero, sobre todo, una historia que entiende la memoria y la imaginación como formas de resistencia.

Cuando el viento habla, cuando ulule en los rincones, aquello que escuchamos no tiene que provenir necesariamente del mundo de los espíritus. Puede ser la voz de los muertos en su ausencia, pero también la de los vivos a quienes nadie quiso escuchar; la de los niños separados de sus familias, la de las verdades ocultas y la de los recuerdos que cambian de traje y de piel para sobrevivir de una generación a otra. Para cerrar, dejo algunas líneas que particularmente brillaron que vale la pena leer y releer:

«No estoy segura de si el dolor tiene como fin acercarnos a la muerte o si es el encargado de proteger de ella nuestra vida.» 

«La existencia camina en las fronteras de lo que definimos como verdad, y cada uno de nosotros define la suya.»

«Hay suertes que se compran, pero no hay desgracia que no se pague.»

«Solo se confiesa cuando uno cree que es digno de perdón, pero lo imperdonable se enquista en los sueños que las noches transforman luego en crueles pesadillas.»


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