martes, 9 de junio de 2026

PARÁSITOS MENTALES de Axel Kaiser

«La idea de los “derechos sociales”, en que unos reclaman beneficios que otros son obligados a satisfacer, implica que otras personas deben ser forzadas por el Estado a proveer el bienestar que los primeros reclaman y, por tanto, que el Estado debe asumir un rol predominante en la organización económica. Esto agrede el derecho de propiedad y la libertad de cada individuo de perseguir sus fines y de disponer de sus bienes como le parezca.»

Axel Kaiser es un abogado, escritor y ensayista chileno, doctor en Filosofía, muy conocido por su defensa del liberalismo clásico, el libre mercado y la limitación del poder estatal. Es presidente del directorio de la Fundación para el Progreso, uno de los centros de pensamiento liberal más influyentes de Hispanoamérica, y ha desarrollado una amplia actividad como académico en distintas universidades, conferencista y participante habitual en debates políticos, económicos y culturales. Entre sus libros más conocidos se encuentran La tiranía de la igualdad, publicado en 2015, El engaño populista en 2016, escrito junto a Gloria Álvarez, La neoinquisición en 2020, y El economista callejero en 2021, obras en las que ha intentado trasladar las discusiones de la filosofía política y la economía a un lenguaje accesible, polémico y deliberadamente confrontativo. Parásitos mentales, publicado en 2024, continúa esa línea.

Francamente, no llegué a Parásitos mentales como quien se encuentra por primera vez con las ideas del liberalismo o descubre súbitamente que palabras como justicia, igualdad, derechos, diversidad o responsabilidad social pueden ocultar problemas mucho más complejos de lo que su apariencia moral permite advertir. Buena parte de lo que he leído, escuchado, estudiado e incluso discutido ya aborda esos temas, y debo reconocer que muchas de las tesis desarrolladas por Axel Kaiser resultarán familiares para cualquier lector interesado en el pensamiento de libre mercado, especialmente para quien haya leído a Friedrich Hayek, Ludwig von Mises o Milton Friedman. Tampoco me eran desconocidas sus críticas al intervencionismo estatal, a la manipulación del lenguaje político ni a esa tendencia contemporánea de presentar toda desigualdad como una injusticia que debe ser corregida por alguna autoridad. Sin embargo, que las ideas no sean nuevas no significa necesariamente que su exposición carezca de interés. Kaiser posee una habilidad indudable para identificar el núcleo de los argumentos progresistas —particularmente los de la nueva izquierda—, reducirlos a sus premisas esenciales y someterlos a una refutación clara, ordenada y, en ocasiones, particularmente incisiva. Allí se encuentra, a mi juicio, la principal virtud del libro: no tanto en descubrir territorios desconocidos como en organizar eficazmente una serie de objeciones que suelen aparecer dispersas en la conversación política y económica. Pero, antes de continuar con la reseña, he aquí la sinopsis:

«Occidente está sufriendo de una pandemia que impide a quienes se encuentran afectados pensar racionalmente. Esta no es el resultado de la propagación de alguna bacteria o virus, sino de ideas patógenas difundidas por universidades, políticos, medios de comunicación, el arte y la cultura, lo que trae consecuencias devastadoras. A través de la reflexión histórica y filosófica, el autor desarrolla una mirada incisiva sobre las ideas parasíticas que se encuentran tras una mentalidad que se autopercibe "buena y justa", pero que en realidad ha sido corrompida por ideas infecciosas, amenazando la libertad y el progreso. Un libro integral y provocador que advierte sobre las creencias tóxicas que corrompen nuestra sociedad actual.»

El título del libro contiene ya su tesis y su estrategia retórica. Un parásito es un organismo que sobrevive apropiándose de los recursos de otro, que obtiene beneficios de su huésped y que, según su naturaleza y su grado de propagación, puede debilitarlo, enfermarlo o incluso destruirlo. Extrapolar esta imagen al ámbito de las ideas no resulta difícil. Una idea parasitaria sería, entonces, aquella que se introduce en una sociedad aprovechándose de sentimientos legítimos —la compasión, el deseo de justicia, el rechazo a la discriminación o la preocupación por los más vulnerables—, pero que termina deformando esos impulsos y utilizándolos contra el mismo sistema que hace posibles la prosperidad, la libertad y la convivencia civil. La metáfora es eficaz porque explica de manera inmediata cómo una doctrina puede difundirse sin necesidad de imponerse inicialmente por la fuerza: basta con que se presente como moralmente superior y que convierta cualquier desacuerdo en una prueba de insensibilidad, egoísmo o complicidad con la opresión.

Parásitos mentales examina siete ideas que, según Kaiser, han penetrado el pensamiento occidental bajo la apariencia de principios moralmente incuestionables: la justicia social, los derechos sociales, el neoliberalismo, el Estado benefactor, la responsabilidad social corporativa, la diversidad, equidad e inclusión y la imagen idealizada del buen indígena. El autor reconstruye brevemente sus orígenes intelectuales, confronta a algunos de sus principales exponentes y argumenta que, detrás de expresiones aparentemente humanitarias, operan concepciones que erosionan la propiedad privada, la igualdad ante la ley, la responsabilidad individual y la libertad. Parásitos mentales funciona como una sucesión de pequeños ensayos relativamente independientes. Cada capítulo puede leerse por separado y ninguno exige haber comprendido por completo el anterior para seguir el razonamiento del siguiente. Esa estructura modular es uno de sus mayores aciertos. Permite avanzar con rapidez, volver sobre un tema específico o incluso alterar el orden de lectura sin que se pierda la comprensión general. Kaiser no construye una extensa arquitectura teórica en la que cada capítulo sea un peldaño indispensable, sino una especie de catálogo argumentativo: siete conceptos, siete genealogías resumidas y siete refutaciones. Esto hace que el libro sea ligero, manejable y bastante útil como obra de consulta, especialmente para quien busque recordar un argumento o revisar la crítica liberal a determinada idea sin tener que recorrer cientos de páginas.

Su brevedad, sin embargo, también establece el límite de la obra. Algunos de los temas abordados han ocupado volúmenes enteros y no pueden quedar agotados en unas pocas páginas, por clara y contundente que resulte la exposición. La justicia distributiva, los derechos sociales, la función del Estado, la responsabilidad empresarial o las políticas de inclusión no son asuntos simples ni constituyen doctrinas perfectamente homogéneas. Dentro de cada uno existen corrientes, matices, contradicciones y experiencias históricas que merecen un análisis más detenido. Kaiser no ignora por completo esa complejidad, pero la sacrifica en favor de la velocidad argumentativa. Puede objetarse, entonces, que en ciertos capítulos el autor no derrota una tradición intelectual en toda su amplitud, sino una versión seleccionada y convenientemente delimitada de ella. Pero también es justo reconocer que no parece haber pretendido escribir un tratado definitivo. Su propósito es más concreto: ofrecer una guía breve para identificar conceptos que, en su opinión, han adquirido una autoridad moral desproporcionada.

El capítulo dedicado a la justicia social es probablemente uno de los más representativos de su método. Kaiser confronta la tradición que va desde Rousseau hasta John Rawls y cuestiona la idea de que las desigualdades económicas deban ser consideradas injustas cuando no proceden de circunstancias que puedan calificarse como merecidas. Frente a la noción subjetiva del mérito —el esfuerzo, la intención, las dificultades superadas—, opone una concepción objetiva vinculada con el valor que los demás asignan voluntariamente al resultado de ese esfuerzo. Una persona puede trabajar durante años en algo que nadie necesita y obtener menos recompensa que otra capaz de producir en poco tiempo una innovación ampliamente valorada. El mercado no premia la fatiga, la virtud interior ni el sacrificio en sí mismos, sino la utilidad que otros reconocen en aquello que se ofrece. Esta distinción puede parecer cruel, pero describe con bastante precisión el funcionamiento de una economía basada en intercambios voluntarios, donde hay libertad.

Kaiser acierta también cuando señala la imposibilidad de establecer una igualdad sustantiva de oportunidades sin introducir una autoridad capaz de corregir constantemente las diferencias familiares, intelectuales, biológicas, culturales y económicas con las que nacen los individuos. Las personas no comienzan la vida desde un punto idéntico: unas heredan capital, otras educación; algunas poseen mejores condiciones físicas, otras una inteligencia excepcional o una familia emocionalmente estable. Corregir todas esas desigualdades exigiría una intervención tan profunda que terminaría destruyendo aquello que pretendía proteger. No obstante, aquí habría sido útil una distinción más cuidadosa entre igualar por completo los puntos de partida —algo ciertamente imposible— y procurar que determinadas carencias extremas no condenen de antemano a una persona. Reconocer que la igualdad absoluta de oportunidades es una ficción no obliga necesariamente a concluir que toda política destinada a ampliar oportunidades sea ilegítima.

El capítulo sobre los derechos sociales versa principalmente en la refutación de la tesis de T. H. Marshall, prolonga esa discusión y plantea una pregunta que suele quedar oculta por la fuerza emocional de la palabra derecho: ¿quién está obligado a proporcionar aquello que otro reclama? Los derechos primordiales, como la vida, la libertad, la propiedad o la expresión, exigen principalmente que los demás se abstengan de interferir. Los denominados derechos sociales, en cambio, requieren recursos, trabajo, infraestructura y personas concretas obligadas a financiarlos o prestarlos. Declarar que alguien tiene derecho a una vivienda, una educación, una pensión o un nivel determinado de atención médica no hace aparecer esos bienes por voluntad legislativa. Alguien debe producirlos y alguien debe pagarlos. Kaiser sostiene que, cuando el Estado transforma necesidades o aspiraciones en derechos exigibles, inevitablemente limita la propiedad y la libertad de quienes deben sostenerlos.

El argumento es importante y suele ser deliberadamente omitido en la discusión pública. Sin embargo, tampoco basta por sí solo para resolver el problema. Toda organización política exige alguna forma de contribución obligatoria, desde los tribunales hasta la seguridad pública, y la verdadera discusión no consiste únicamente en determinar si existe coacción, sino en establecer qué grado de ella puede justificarse, bajo qué límites y para cumplir qué funciones. Kaiser es más persuasivo cuando muestra que los recursos son finitos y que un derecho sin sostenibilidad económica termina convertido en una promesa política, que cuando parece sugerir que cualquier provisión social organizada por el Estado constituye necesariamente una agresión equivalente.

Algo parecido ocurre con su análisis del neoliberalismo y del Estado benefactor, donde refuta con ahínco al ganador del Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, a quien califica de socialista. En el primer caso, Kaiser demuestra la enorme ambigüedad de una palabra utilizada para reunir bajo una misma condena la apertura comercial, la disciplina fiscal, la privatización, la desregulación, el capitalismo de amigos e incluso políticas que nada tienen de liberales. El «Neoliberalismo» funciona muchas veces como una etiqueta descalificadora antes que como una categoría analítica. Permite atribuir cualquier crisis, desigualdad o malestar al mercado, incluso cuando el problema surge de privilegios concedidos por el Estado, regulaciones defectuosas o instituciones capturadas por grupos de interés. Kaiser sabe moverse bien en este terreno y expone con claridad cómo una palabra imprecisa puede sustituir el análisis por una condena moral. En el segundo caso, su crítica al Estado benefactor, refutando también a Hegel y a Richard T. Ely, se concentra en la dependencia, el debilitamiento de la responsabilidad individual y el crecimiento de una burocracia que necesita preservar los problemas de los que obtiene su justificación. La observación tiene fuerza, especialmente en sociedades donde la asistencia social ha sido utilizada para construir clientelas políticas, que es la base de todo el populismo que incluso ha corrompido democracias. Aunque también es cierto que no es lo mismo impedir que una persona caiga en la indigencia por una circunstancia excepcional que convertir a generaciones enteras en dependientes permanentes del poder político, pero la línea es muy delgada y esa forma tenue no beneficia los límites de las políticas.

Las secciones dedicadas a la responsabilidad social corporativa y a las políticas de diversidad, equidad e inclusión trasladan la discusión desde el Estado hacia la empresa y la cultura. Kaiser recupera y apoya la tesis de Milton Friedman según la cual la responsabilidad principal de una compañía consiste en generar valor dentro de la ley, en lugar de convertirse en una institución política administrada por ejecutivos que utilizan recursos ajenos para promover sus preferencias morales. Su crítica al ESG resulta pertinente cuando estas políticas dejan de ser instrumentos para gestionar riesgos reales y se transforman en sistemas de adhesión ideológica, reputación artificiosa o presión sobre empresas que deberían responder ante propietarios y consumidores. No toda preocupación ambiental, social o de gobierno corporativo es, por supuesto, una conspiración progresista; pero Kaiser acierta al advertir que, cuando los objetivos son vagos y moralmente expansivos, la dirección empresarial puede terminar ejerciendo un poder político que nadie le otorgó.

El capítulo sobre diversidad, equidad e inclusión es quizá el más polémico y, al mismo tiempo, uno de los más actuales. La objeción central de Kaiser es que estas políticas sustituyen al individuo por el grupo y la igualdad ante la ley por una distribución diferenciada de derechos, oportunidades o recompensas según categorías raciales, sexuales o identitarias. La paradoja es evidente: para superar la discriminación se institucionalizan nuevamente las diferencias; para combatir los prejuicios se asignan atributos morales a colectivos enteros; para alcanzar la inclusión se crean procedimientos de exclusión contra quienes son considerados privilegiados. Esto no significa que la discriminación haya desaparecido ni que toda medida correctiva sea absurda, pero sí que una sociedad libre no puede conservarse durante mucho tiempo si abandona el principio de juzgar a las personas por sus actos y capacidades para hacerlo por su pertenencia a una identidad.

Finalmente, en el tema del buen indígena examina la idealización de los pueblos originarios como seres naturalmente armónicos, pacíficos y moralmente superiores, corrompidos únicamente por la llegada de Europa. Kaiser rastrea esta imagen en autores como Montaigne y Rousseau y cuestiona una lectura histórica que sustituye la antigua caricatura del indígena salvaje por otra igualmente simplificadora: la del habitante puro de un continente sin violencia, dominación, guerras ni jerarquías. El capítulo plantea una objeción legítima. Reconocer la brutalidad de la conquista, las enfermedades, el despojo y los abusos coloniales no exige imaginar que las sociedades precolombinas vivían fuera de las pasiones, los conflictos y las crueldades humanas. Sin embargo, éste es también uno de los apartados que más páginas habría merecido, porque la inmensa diversidad de culturas americanas, el proceso de conquista y la posterior construcción de identidades nacionales difícilmente pueden reducirse a la refutación de un mito único. Kaiser identifica correctamente la romantización, aunque en algunos momentos corre el riesgo de responder a una simplificación con otra.

Para ir concluyendo, Parásitos mentales me parece un libro claro, ágil y bien estructurado. Su mayor virtud es que va directamente a la esencia de cada discusión manteniendo un contexto filosófico, político y económico, sin perderse en largas digresiones ni sobrecargar al lector con un aparato académico que habría contradicho el propósito divulgativo de la obra. Kaiser sabe debatir y, sobre todo, sabe rebatir. Identifica las premisas de las ideas que muchos académicos doctos han dado por absolutas, localiza sus contradicciones y construye respuestas que pueden comprenderse incluso sin una formación previa en economía o filosofía política. Para quienes ya comparten una visión liberal, probablemente el libro no representará una revelación, pero sí una síntesis útil y una manera ordenada de articular ideas que quizá ya conocían de forma intuitiva o fragmentaria.

También debe leerse reconociendo sus limitaciones. La misma estructura que lo vuelve accesible reduce la posibilidad de profundizar, contrastar objeciones más sólidas y reconocer variedades dentro de las doctrinas criticadas. Hay momentos en que Kaiser parece ganar demasiado fácilmente debates que, en la historia de la filosofía y la economía, siguen abiertos precisamente porque sus respuestas no son tan simples. Pero no creo que esto invalide la obra. Parásitos mentales no es un tratado, sino una intervención intelectual, un libro escrito para la batalla de las ideas y no para clausurarla. Su función no consiste en ofrecer la última palabra, sino en incomodar conceptos que se han vuelto inmunes al cuestionamiento debido a su apalancamiento moral.

Considero recomendable muy recomendable este libro, aunque principalmente para dos tipos de lectores: quienes desean una introducción breve a la crítica liberal del progresismo contemporáneo y quienes, conociendo ya estos debates, buscan una exposición compacta que les permita ordenar argumentos. No todos los parásitos identificados por Kaiser poseen la misma peligrosidad. Pero su advertencia de fondo merece ser tomada en serio: las ideas que más daño causan no siempre se presentan como amenazas, sino como promesas de justicia, compasión y bienestar. Precisamente por eso logran penetrar con tanta facilidad. Una sociedad puede defenderse de una doctrina abiertamente tiránica; resulta mucho más difícil hacerlo cuando la pérdida de libertad llega envuelta en un lenguaje de virtud. Los parásitos más eficaces no son los que atacan desde fuera, sino los que consiguen que el huésped confunda la enfermedad con su propia conciencia moral.

Para cerrar, dejo algunas líneas que considero especialmente significativas y que vale la pena leer y releer:

«Y si bien el esfuerzo tiende a ser esencial para lograr éxito, no es el esfuerzo en sí lo que justifica la posición económica y social de una persona, sino la medida en que otros han valorado los frutos de ese esfuerzo y han decidido recompensarlo.» 

«El concepto de “neoliberalismo” intenta hacer parecer malo algo que es bueno, el concepto de “Estado benefactor” hace parecer bueno algo que es a todas luces malo.»

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