«El calor del verano ha venido con violencia, la misma de todos los años, aunque siempre nos parezca mucho mayor que el anterior. Las calles se van quedando casi desierta de sevillanos, acaparadas por turistas que caminan mirando monumentos y buscando una sombra que se apiade de ellos y de sus cuerpos enrojecidos y congestionados.»
Juan del Val es un escritor, guionista y presentador televisivo español. Su carrera ha estado ligada tanto a los medios de comunicación como a la literatura, primero mediante trabajos periodísticos y televisivos y después a través de novelas como Parece mentira, Delparaíso y Bocabesada. Con Candela obtuvo el Premio Primavera de Novela en 2019, un reconocimiento que consolidó su presencia editorial, mientras su participación habitual en programas de televisión lo convertía en una figura pública conocida por su estilo vehemente, directo y con frecuencia polémico. En 2025 recibió el Premio Planeta por Vera, una historia de amor.
Compré Vera, una historia de amor por una sola razón: había ganado el Premio Planeta. Ni el título, que me parece de una cursilería difícil de superar, ni su argumento despertaban en mí un interés particular. No suelo leer novelas rosas y una historia sobre una mujer millonaria, casada durante más de veinte años con un marqués, que encuentra la libertad en los brazos de un hombre más joven y pobre no parecía precisamente el tipo de literatura capaz de sorprenderme. Pero el Premio Planeta todavía conserva, o quizá conservaba, al menos desde la distancia, una apariencia de legitimidad literaria. A pesar de sus decisiones discutibles, uno supone que una novela elegida entre más de mil manuscritos por un jurado formado por escritores, académicos y editores debe poseer alguna virtud extraordinaria, alguna cualidad narrativa que no sea visible en una sinopsis concebida para vender ejemplares. Pensé, incluso, que quizá los prejuicios que había escuchado sobre Juan del Val eran injustos y que la novela serviría para demostrarlo. La lectura no sólo no corrigió esa impresión, sino que confirmó algo peor: Vera, una historia de amor es considerablemente más mala de lo que su argumento permite anticipar. Antes de continuar con la reseña, he aquí la sinopsis:
«Vera ha seguido siempre las reglas: ha vivido durante más de veinte años con la elegancia, la discreción y la dignidad exigidas a la esposa de un marqués. Pero ahora, a los cuarenta y cinco, recién separada y sin nadie que le dicte qué hacer, empieza a plantearse preguntas que nunca se había permitido. En medio de esta búsqueda aparece Antonio. Es más joven, de origen modesto y ajeno a su mundo. No es solo la atracción lo que los une, sino algo más profundo: la posibilidad de salirse del guion. Ese vínculo, tan improbable como provocador, será el detonante de unos hechos que nadie anticipa. El exmarido de Vera no acepta que esta se haya rebelado, y lo que comienza como despecho se va convirtiendo en algo mucho más siniestro. Hay cosas que el marqués no soporta perder. Y algunas pérdidas, cuando se acumulan, pueden llevarte al límite.»
No hay nada ilegítimo, desde luego, en escribir una historia de amor sencilla. La literatura no está obligada a ser filosófica, experimental ni particularmente compleja, aunque los que llevamos tiempo leyendo creamos que debe de ser así. Tampoco existe una inferioridad natural en la novela sentimental, del mismo modo que una obra no adquiere calidad automática por tratar la guerra, la muerte, la injusticia o la soledad. Una historia elemental puede producir una novela extraordinaria cuando posee personajes verdaderos, una prosa precisa, conflictos humanos convincentes y una mirada capaz de descubrir algo nuevo en aquello que hemos leído cientos de veces. El problema de Vera, una historia de amor no es, por tanto, que sea una novela romántica, sino que es una novela romántica construida casi exclusivamente con clichés, lugares comunes y situaciones cuya artificiosidad resulta imposible disimular.
Vera es rica, elegante, disciplinada y está emocionalmente insatisfecha. Su marido es un marqués autoritario, aburrido, clasista, machista y progresivamente ridículo. Antonio es pobre, atractivo, sexualmente seguro y, por supuesto, bueno hasta unos límites que lo convierten menos en una persona que en una fantasía diseñada para liberar a una mujer de clase alta. La oposición no podría ser más mecánica: el rico es moralmente miserable; el pobre, aunque se mueve cerca de ambientes marginales, conserva una autenticidad incorruptible; la aristocracia representa la represión y el hombre del pueblo encarna la libertad, el deseo y la vida verdadera. No hay contradicción que altere este reparto ni complejidad que obligue al lector a revisar sus simpatías. Cada personaje entra en escena con su etiqueta adherida y se comporta exactamente como exige el papel que le fue asignado.
La propia relación entre Vera y Antonio carece de un desarrollo capaz de convertir la atracción en una historia de amor creíble. Él le muestra un piso, surge un beso y la protagonista comienza a descubrir que existe un mundo de deseo más allá de las normas en las que ha vivido. Todo ocurre con la rapidez y la facilidad de una telenovela que necesita llegar al primer corte publicitario con el conflicto ya establecido. La novela pretende que la relación funcione como proceso de emancipación, pero confunde la libertad con el descubrimiento sexual y el crecimiento interior con la sustitución de un hombre por otro. Vera no parece construir una identidad nueva mediante decisiones, conocimientos, errores o transformaciones profundas; simplemente abandona al hombre equivocado y encuentra al correcto, que además es más joven, más apasionado, más espontáneo y mejor amante. Esto reduce una cuestión potencialmente interesante —la identidad de una mujer de mediana edad que ha vivido conforme a expectativas ajenas— a una fantasía sentimental excesivamente cómoda. Había allí una novela posible sobre el matrimonio, el envejecimiento, la dependencia económica y emocional, la presión social, el miedo al ridículo y la dificultad de comenzar de nuevo después de los cuarenta. Había también una exploración válida de la diferencia de clases y de la forma en que el dinero condiciona incluso las relaciones que pretenden desafiarlo. Pero Del Val apenas roza esos temas antes de convertirlos en elementos ornamentales de una trama romántica. La edad de Vera, su riqueza, su matrimonio y su entorno no sirven para profundizar en ella, sino para hacer más llamativa la fantasía de que un joven procedente de los márgenes aparezca para recordarle que todavía está viva.
La novela quiere presentarse como una defensa de la libertad femenina, pero su idea de la emancipación es tan limitada que termina resultando, en cualquier caso, contradictoria. Vera se libera porque se enamora, porque aprende a disfrutar de su cuerpo y porque pierde el miedo a equivocarse. Todo esto puede formar parte de la libertad, por supuesto, pero no la agota. Del Val parece incapaz de imaginar un proceso de autonomía femenina que no dependa en última instancia de la validación erótica de un hombre. La protagonista no descubre su valor en la soledad, en el trabajo, en la inteligencia, en la amistad o en la capacidad de dirigir su existencia, sino en la mirada de Antonio. El antiguo dueño es sustituido por un salvador más amable, y la novela presenta esa sustitución como una revolución.
Los diálogos tampoco ayudan. Son pobres, previsibles y escritos con una solemnidad que intenta convertir cualquier observación cotidiana en una frase memorable. Los personajes no conversan como personas, sino como figuras de una telenovela que deben explicar al público qué sienten, qué desean y qué función cumplen dentro de la trama. Hay una insistencia agotadora en formular sentencias sobre el amor, la libertad, el deseo y las relaciones humanas, como si bastara aislar una frase entre dos puntos para que se volviera profunda. El resultado no es filosófico ni poético; es una colección de pensamientos prefabricados que parecen escritos con la esperanza de terminar subrayados en una fotografía de Instagram. La frase «los hombres dejan a sus mujeres cuando encuentran a otra mujer; las mujeres dejan a sus maridos cuando se encuentran a sí mismas» resume bien esta estrategia. Su simetría produce una primera impresión de ingenio, pero basta detenerse unos segundos para advertir su banalidad. No describe la complejidad de las relaciones, no contiene una verdad universal y ni siquiera se sostiene como generalización. Es una frase diseñada para parecer reveladora, una de esas construcciones que sacrifican el pensamiento a cambio de una estructura sonora y fácilmente compartible. En Vera, una historia de amor abundan esta clase de aforismos: afirmaciones que pretenden condensar la experiencia humana, pero apenas consiguen reducirla.
La prosa que une estos diálogos es igualmente elemental. Del Val escribe de manera directa y el libro puede leerse con rapidez, algo que sus defensores seguramente considerarán una virtud. Pero la legibilidad no debe confundirse con calidad. También se lee con rapidez un manual de instrucciones cuando está bien ordenado, y nadie por ello lo confunde con literatura. La escritura carece de precisión, personalidad y música; explica demasiado, sugiere muy poco y rara vez permite que una escena produzca un significado por sí misma. El narrador informa qué siente cada personaje, explica las intenciones y subraya la relevancia emocional de lo que acaba de suceder, como si desconfiara de la inteligencia del lector o de la capacidad de la propia narración para comunicar algo sin acompañarlo de instrucciones. Dan Brown, tantas veces criticado por su prosa funcional, parece Shakespeare en comparación. Brown, al menos, comprende el ritmo, sabe organizar una intriga y domina el arte de colocar una revelación al final de un capítulo para obligar al lector a continuar. Su escritura puede ser limitada, pero se encuentra al servicio de una maquinaria narrativa eficiente. En Vera, una historia de amor, en cambio, ni siquiera existe esa eficacia. El romance avanza por caminos previsibles, los conflictos se anuncian desde lejos y la evolución del exmarido hacia la amenaza parece añadida para proporcionar una intensidad que la relación amorosa no puede generar por sí sola.
El marqués, la fuerza antagonista, de hecho, merece un comentario aparte. Comienza como un marido frío e inútil y termina convertido en un villano estúpido, incapaz de aceptar que su mujer haya escapado de su control. En lugar de construir una figura verdaderamente inquietante —un hombre capaz de ejercer el poder mediante la reputación, el dinero, las relaciones sociales y una violencia psicológica apenas visible—, Del Val lo conduce hacia un comportamiento cada vez más explícito y melodramático. La sutileza desaparece y el personaje se vuelve una caricatura cuya función consiste en confirmar que Vera hizo bien en dejarlo. No existe un instante en que el lector pueda comprender cómo esa mujer permaneció tantos años a su lado, más allá de la explicación general de las convenciones sociales. Si fue siempre tan despreciable como termina pareciendo, entonces el matrimonio no constituye un misterio humano, sino una mera necesidad del argumento. El héroe, Antonio, tampoco posee la profundidad suficiente para funcionar como contraparte. Su origen humilde parece concebido para introducir una diferencia de clase, pero la novela no examina verdaderamente lo que esa diferencia supone. El dinero de Vera, la inseguridad económica de Antonio, las costumbres, la educación, los códigos sociales y la desigual distribución del poder podrían haber contaminado la relación de contradicciones interesantes. En cambio, la pobreza del personaje funciona como certificado de autenticidad. Antonio pertenece a «los mundos bajos», pero es más bueno que el pan, viril sin ser abusivo, espontáneo sin ser irresponsable y protector sin amenazar la independencia de Vera. Es decir, una construcción romántica destinada a satisfacer una fantasía, no un hombre reconocible.
La Sevilla de la novela tampoco llega a ser una ciudad viva. Es un decorado compuesto por calor, monumentos, pisos lujosos, Semana Santa, Feria, aristocracia y turistas congestionados. Del Val pretende realizar una crítica de la alta sociedad sevillana, de sus apariencias y su hipocresía, pero sustituye la observación por el tópico. No hay allí la complejidad de una ciudad en la que conviven tradición, modernidad, desigualdad, religiosidad, espectáculo y vida cotidiana, sino una postal ligeramente burlona que el autor utiliza como fondo para su melodrama. La ambientación no profundiza en el conflicto; simplemente aporta color local.
Leyendo algunos artículos y comentarios me di cuenta que no fui el único lector que encontró estos problemas. Algunas de las críticas publicadas después de la aparición del libro señalaron la vulgaridad de la prosa, la planicie de los personajes, el carácter previsible de la trama y la banalidad de sus reflexiones. Otras fueron algo más generosas y reconocieron que se lee con facilidad, que las historias secundarias poseen cierto interés o que la relación sexual está descrita con mayor naturalidad que el resto. Pero incluso esas valoraciones moderadas terminan admitiendo que estamos ante un folletín melodramático, un culebrón si se quiere, que simplifica aquello que pretende explorar. La defensa más repetida consiste en afirmar que es literatura popular y que no se dirige a intelectuales. Es un argumento extraño, porque supone que el público amplio merece menos calidad, menos inteligencia y personajes menos complejos. Dickens, Dumas, Agatha Christie o Stephen King han sido autores populares sin necesidad de escribir mal. Lo popular y lo literariamente pobre no son sinónimos, salvo cuando esa confusión sirve como excusa. Y entonces aparece el Premio Planeta. No habría dedicado tanta severidad a Vera, una historia de amor si hubiera sido publicada simplemente como una novela sentimental destinada a sus lectores naturales. Habría pensado que no era para mí y habría continuado con otro libro. Pero estamos hablando de la ganadora del premio privado más conocido y mejor dotado de las letras españolas, elegida entre 1,320 manuscritos y recompensada con un millón de euros. Esa distinción modifica inevitablemente el juicio, porque el galardón no afirma únicamente que la novela es comercial o entretenida: afirma que era la mejor entre todas las presentadas.
El Premio Planeta ya me había producido algunas decepciones. En 2024, Victoria, de Paloma Sánchez-Garnica, me pareció inferior a la finalista, Fuego en la garganta, de Beatriz Serrano. En 2021, La Bestia, de Carmen Mola, ganó frente a Últimos días en Berlín, también de Sánchez-Garnica, que a mi juicio merecía el reconocimiento. En 2020, Aquitania, de Eva García Sáenz de Urturi, se impuso sobre Un océano para llegar a ti, de Sandra Barneda, una decisión que igualmente me pareció discutible. Puedo aceptar esos desacuerdos. Un premio literario depende del criterio de un jurado y la valoración de una novela nunca es completamente objetiva. Incluso cuando prefiero a la finalista, puedo reconocer en la ganadora una construcción narrativa, una ambición o una calidad suficiente para comprender la decisión.
Con Vera la distancia resulta mucho más difícil de explicar. La finalista de 2025, Cuando el viento hable, de Ángela Banzas, me pareció una obra muy buena, con atmósfera, memoria, misterio, dolor y una intención literaria reconocible. Comparada con la novela ganadora, parece El Quijote o Cien años de soledad. La hipérbole es deliberada, pero expresa una diferencia real: no estamos ante dos obras valiosas entre las cuales el jurado tuvo que elegir según preferencias estéticas, sino ante una finalista construida con evidente oficio y una ganadora que parece el guion provisional de una telenovela mexicana.
¿Qué le ocurrió al jurado? No puedo saberlo. Sus integrantes no son personas ajenas a los libros: entre ellos había escritores, académicos y editores con experiencia suficiente para reconocer la diferencia entre una novela sencilla y una novela simplemente mala. Tampoco puedo afirmar que el premio estuviera decidido de antemano o que existiera algún tipo de favoritismo. La obra fue presentada bajo seudónimo, como establecen las bases, y cualquier acusación requeriría pruebas que no tengo. Pero las instituciones no sólo deben ser imparciales; también deben cuidar la apariencia de imparcialidad. Que el ganador sea una figura habitual de Atresmedia, grupo vinculado empresarialmente con Planeta, y que la obra premiada presente una calidad tan cuestionable produce una sospecha inevitable, aunque no permita formular una acusación.
El problema no es que Juan del Val sea famoso, trabaje en televisión o venda muchos libros. Un autor mediático puede escribir una gran novela y un desconocido puede presentar un manuscrito espantoso. El problema es que el resultado parece confirmar la idea de que el Premio Planeta funciona menos como reconocimiento literario que como una enorme operación editorial: elige a una figura capaz de garantizar entrevistas, polémica, promoción televisiva y ventas. Desde ese punto de vista, la decisión puede haber sido extraordinariamente eficaz. Vera, una historia de amor ha tenido visibilidad, ha generado conversación y ha encontrado lectores. Pero la eficacia comercial de una elección no mejora una sola frase del libro.
Para concluir mi reseña, que otra vez me extendí, pero creo que era necesario, Vera, una historia de amor me parece una novela malísima. Su trama es simple hasta la inanidad, sus personajes son estereotipos, los diálogos producen vergüenza ajena, la prosa carece de cualquier cualidad destacable y las supuestas reflexiones sobre la libertad, el amor y la identidad femenina no superan el nivel de una frase impresa en una taza. No encontré en ella una escena memorable, un personaje verdadero, una imagen poderosa ni una observación que justificara las trescientas sesenta páginas. Se lee rápido, sí, pero también se olvida con una velocidad todavía mayor.
No la recomiendo, ni siquiera como curiosidad para entender qué clase de obra puede ganar actualmente el Premio Planeta. Su elección no destruye por sí sola el prestigio del certamen, porque el premio posee una larga historia y ha reconocido obras valiosas, pero sí lo coloca en tela de juicio. Después de leerla, resulta razonable preguntarse qué se estaba premiando exactamente: la escritura, la historia, la posibilidad de vender cientos de miles de ejemplares o el nombre impreso en la portada. Decía al principio que compré el libro porque había ganado el Premio Planeta. Terminé de leerlo únicamente porque quería tener derecho a juzgarlo con conocimiento y no repetir prejuicios ajenos. Ahora puedo decir que aquellos juicios, al menos en esta ocasión, fueron demasiado benévolos. Si Vera, una historia de amor estuviera ardiendo, no salvaría el libro: salvaría al fuego, para que pudiera terminar su trabajo sin dejar una sola página.
Para finalizar, dejo las dos líneas que anoté durante la lectura, no porque me parezcan especialmente brillantes, sino porque resumen bastante bien la clase de profundidad a la que aspira la novela:
«Los hombres dejar a sus mujeres cuando encuentran a otra mujer, las mujeres dejan a sus maridos cuando se encuentran a sí mismas.»
«La libertad es perder el miedo a equivocarse.»

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