«Hablar de literatura, pues, es hablar de la vida; de la vida propia y de la de otros, de la felicidad y del dolor. Y es también hablar del amor, porque la pasión es el mayor invento de nuestras existencias inventadas, la sombra de una sombra, el durmiente que sueña que está soñando. Y al fondo de todo, más allá de nuestras fantasmagorías y nuestros delirios, momentáneamente contenida por este puñado de palabras como el dique de arena de un niño contiene las olas en la playa, asoma la Muerte, tan real, enseñando sus orejas amarillas.»
Rosa Montero es una escritora española. Estudió Periodismo y Psicología, colaboró durante su juventud con grupos de teatro independiente y comenzó a trabajar en distintos medios antes de incorporarse al diario El País, donde desarrolló una carrera como reportera, columnista y entrevistadora. A lo largo de varias décadas ha publicado novelas, relatos, artículos, biografías y una serie de libros difíciles de clasificar en los que combina la experiencia personal con la reflexión literaria. Entre sus obras más conocidas se encuentran Crónica del desamor, La hija del caníbal, Historia del Rey Transparente, la serie protagonizada por la replicante Bruna Husky, La ridícula idea de no volver a verte y El peligro de estar cuerda. En 2017 recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas, reconocimiento a una trayectoria que ha transitado constantemente entre el periodismo y la ficción, entre la observación del mundo exterior y el examen de una vida interior marcada por la imaginación, la soledad, el amor y la conciencia de la muerte.
Conocí a Rosa Montero a través de una entrevista que le hizo a Javier Marías en 1992, cuando éste presentaba Corazón tan blanco. Aquel encuentro me permitió descubrir a una periodista capaz de formular preguntas distintas, escuchar las respuestas y establecer con el entrevistado una conversación que no parecía construida mediante lugares comunes. Después llegaron sus libros. Algunos pertenecían claramente a la ficción; otros, en cambio, ocupaban un territorio más difícil de nombrar, una zona en la que la autora podía hablar de Marie Curie, del duelo, de la creatividad, de sus ataques de pánico, de sus lecturas o de los escritores que admiraba y, mientras lo hacía, terminar hablando también de sí misma. La loca de la casa, publicada en 2003, pertenece a ese segundo grupo. Aunque la propia presentación editorial afirma que es simultáneamente novela, ensayo y autobiografía, yo la leí ante todo como un libro de no ficción, eso sí, una no ficción que desconfía de su propia capacidad para decir la verdad y permite que la imaginación intervenga en los recuerdos. No es una autobiografía convencional, porque Rosa Montero no reconstruye su vida desde el nacimiento hasta el presente ni pretende organizarla en una cronología completa. Tampoco es un ensayo académico sobre el arte de escribir, porque sus reflexiones no siguen una tesis rigurosa ni se apoyan en un aparato crítico sistemático. Es, más bien, una miscelánea literaria: memoria, anecdotario, reflexión, autobiografía imaginada y conversación sostenida con otros escritores.
Su parentesco con El amor de mi vida, La ridícula idea de no volver a verte y El peligro de estar cuerda resulta evidente. Cada libro posee su propia identidad y no sería justo considerarlos versiones intercambiables de una misma obra. El amor de mi vida, publicado en 2011, reúne textos sobre algunas de sus lecturas predilectas y parece hablar principalmente de libros ajenos, pero toda biblioteca personal termina siendo también una autobiografía indirecta: conocemos a una persona por aquello que lee, por lo que admira, por los personajes que recuerda y por las páginas a las que decide regresar. La ridícula idea de no volver a verte, publicada en 2019, parte de los diarios de Marie Curie después de la muerte de Pierre, pero se transforma en una reflexión sobre el duelo de la propia Montero tras la pérdida de su esposo, Pablo Lizcano. El peligro de estar cuerda, más reciente, publicado en 2023, investiga la relación entre creatividad, excentricidad e inestabilidad mental mientras la autora examina sus propios ataques de pánico, sus rarezas y su necesidad de escribir.
La loca de la casa contiene ya, de manera embrionaria, buena parte de esos libros. Habla de las lecturas que han formado a Montero, como después lo hará El amor de mi vida; mezcla la vida de otros con la suya, como ocurrirá de manera más dolorosa y depurada en La ridícula idea de no volver a verte; y examina la imaginación, la soledad y las conductas peculiares de los escritores, anticipando claramente El peligro de estar cuerda. Este último me parece su continuación natural, no porque retome una trama o complete una historia inconclusa, sino porque vuelve, casi veinte años después, a las mismas preguntas con más documentación, mayor profundidad y una conciencia distinta de sí misma. La loca de la casa formula las intuiciones; El peligro de estar cuerda intenta investigarlas. Pero antes de continuar con la reseña, he aquí la sinopsis:
«Este libro es una novela, un ensayo, una autobiografía. La autora emprende en él un viaje al interior en un juego narrativo lleno de sorpresas. En La loca de la casa se mezclan literatura y vida en un cóctel afrodisíaco de biografías ajenas y autobiografía novelada. Y, así, descubrimos que el gran Goethe adulaba a los poderosos hasta extremos ridículos, que Tolstoi era un energúmeno, que Montero, de niña, fue una enana, y que, con veintitrés años, mantuvo un estrafalario y desternillante romance con un famoso actor. Pero no deberíamos fiarnos de todo lo que la autora cuenta sobre sí misma: los recuerdos no son siempre lo que parecen. Un libro sobre la fantasía y los sueños, sobre la locura y la pasión, sobre los miedos y las dudas de los escritores, pero también de los lectores.»
El título procede de una expresión atribuida a Santa Teresa de Jesús: «La imaginación es la loca de la casa». La metáfora resulta acertada porque la imaginación habita dentro de nosotros, pero no siempre obedece al orden impuesto por la razón. Entra y sale de las habitaciones, mueve los objetos, altera los recuerdos y convierte cualquier detalle cotidiano en el inicio de una historia. No es necesariamente una enfermedad ni una forma de demencia. Es, más bien, una presencia indisciplinada, una facultad que rompe la uniformidad del pensamiento y permite establecer conexiones donde otros sólo encuentran hechos separados.
Rosa Montero no intenta normalizar la locura ni sostener que toda persona creativa deba padecer un trastorno mental. Esa distinción me parece importante. La palabra locura se utiliza aquí con una amplitud metafórica: incluye la fantasía, la excentricidad, la obsesión, la hipersensibilidad, la soledad y aquellas conductas que no encajan con comodidad dentro del patrón social. Muchos escritores parecen compartir cierta dificultad para habitar la realidad de la misma manera que los demás. Observan demasiado, recuerdan de forma selectiva, ensayan conversaciones que nunca ocurrirán y construyen versiones alternativas de los acontecimientos. No necesariamente están enfermos; simplemente mantienen una relación menos estable con aquello que llamamos realidad. El peligro de estar cuerda” desarrollará esta idea mediante estudios psicológicos, referencias neurocientíficas y una investigación más extensa sobre los trastornos de numerosos creadores. La loca de la casa es menos sistemática. Avanza por intuiciones, ejemplos, asociaciones y anécdotas. Montero recuerda a un escritor, enlaza su vida con una reflexión sobre la fama, pasa después a su propia infancia y termina hablando de la muerte. Esa libertad es parte del encanto del libro, aunque también explica por qué en algunos momentos parece quedarse a medio camino de una idea que habría merecido mayor desarrollo.
Uno de sus núcleos más interesantes es la relación entre identidad y memoria. Montero afirma que nos inventamos nuestros recuerdos y que, al hacerlo, nos inventamos a nosotros mismos. La memoria no funciona como una cámara que conserva intactos los acontecimientos, sino como un narrador que selecciona, ordena, elimina y modifica. Aquello que hoy contamos sobre nuestra infancia quizá no coincida con lo que contaremos dentro de veinte años. Dos hermanos pueden haber crecido en la misma casa y recordar padres distintos, miedos distintos y hasta una familia que parece no haber sido la misma. La idea no significa que toda autobiografía sea una mentira deliberada. Significa algo más inquietante: podemos ser completamente sinceros y, aun así, contar algo que nunca ocurrió de la forma en que lo recordamos. La sinceridad depende de la intención; la verdad, en cambio, exige una correspondencia con los hechos que la memoria rara vez puede garantizar. Cada vez que narramos nuestra vida la reorganizamos desde el presente. No recordamos únicamente lo que fuimos, sino lo que ahora necesitamos creer que fuimos.
Montero convierte esa fragilidad de la memoria en un procedimiento literario. El ejemplo más evidente es la historia de su encuentro con un famoso actor, al que llama simplemente M. El episodio aparece en versiones diferentes y cada una modifica detalles importantes. En una, el encuentro parece una aventura erótica y extravagante; en otra, las circunstancias cambian; en una tercera, la propia existencia del romance se vuelve dudosa. El libro no ofrece una solución definitiva porque el objetivo no consiste en descubrir cuál versión es verdadera, sino en mostrar cómo una misma experiencia puede producir varios relatos igualmente convincentes. Las pistas invitan inevitablemente al juego. El lector puede intentar identificar a M. y pensar, como me ocurrió, en Michael Caine: actor británico, rubio, famoso y lo bastante cercano a las señales dispersas por Montero como para convertir la sospecha en una posibilidad atractiva. Otro episodio, relacionado con un actor célebre, un rodaje y la hermana de la autora, puede hacer pensar en Richard Burton. Sin embargo, ninguna de estas identificaciones debería formularse como una certeza. Montero no da los nombres y el propio libro sabotea la confianza del lector. Quizá fueron ellos, quizá fueron otros o quizá la imaginación reunió fragmentos de personas distintas para fabricar un recuerdo más eficaz que la realidad. Y allí está la verdadera importancia de esas historias. Sería entretenido descubrir que Rosa Montero se acostó con Michael Caine o que estuvo a punto de vivir una aventura con Richard Burton, pero el valor literario del episodio no depende de la celebridad del hombre. Depende de la manera en que la autora utiliza el deseo, la memoria y la fantasía para mostrar que toda vida narrada posee algo de ficción. El lector quiere saber quién era M. porque la fama funciona como un sello de autenticidad, pero el libro le responde con una pregunta más incómoda: ¿por qué necesitamos que haya ocurrido para disfrutar de la historia?
Las anécdotas de escritores cumplen una función semejante. Goethe aparece como un hombre capaz de adular a los poderosos; Tolstói, como un gigante literario cuya vida doméstica podía resultar insoportable; Truman Capote, como un escritor devorado por la fama y por la necesidad de demostrar que seguía siendo extraordinario. Montero desciende a los autores de sus monumentos y los devuelve a la contradicción humana. Una gran obra no garantiza una gran persona. El talento puede convivir con la vanidad, la crueldad, la cobardía o el ridículo. Siempre resulta interesante leer anécdotas sobre escritores, no tanto por la curiosidad biográfica como por la posibilidad de observar el contraste entre la obra y quien la produjo. Tendemos a suponer que una persona capaz de escribir páginas admirables debe poseer una vida igualmente admirable, pero la historia de la literatura demuestra lo contrario. Hay seres humanos mezquinos que escribieron obras generosas; alcohólicos que construyeron páginas de una precisión absoluta; personas incapaces de ordenar su vida que levantaron universos narrativos perfectamente organizados. La literatura no purifica necesariamente a quien la escribe. A veces sólo le permite transformar sus defectos en material.
Montero habla también de la fama, el fracaso, la crítica, las diferencias entre autores y narradores, las esposas sacrificadas detrás de algunos grandes escritores, los libros que parecen mamíferos y aquellos que se comportan como insectos, los autores zorros y los autores erizos. Son clasificaciones más intuitivas que científicas, pero poseen la virtud de volver visible el proceso de creación. Montero no pretende proporcionar un manual para escribir novelas. Explica, desde su experiencia, que cada libro parece exigir su propia forma y que el escritor rara vez controla por completo aquello que está construyendo. La creación aparece como una mezcla de disciplina y enajenación. La inspiración existe, pero suele encontrar al escritor trabajando. Una frase escuchada al azar, un rostro visto en la calle o una imagen que regresa durante varios días pueden convertirse en el germen de una novela, aunque después sea necesario dedicar meses o años a darle forma. La loca de la casa, la imaginación, entrega materiales; el oficio debe ordenarlos. Sin imaginación no hay literatura, pero sin trabajo sólo quedan ocurrencias.
Rosa Montero también equipara en varios momentos la escritura con el enamoramiento. Ambos estados producen obsesión, alteran la percepción del tiempo y prometen una forma de plenitud que nunca llega a realizarse completamente. El enamorado cree que podrá fundirse con la persona amada; el escritor imagina que está a punto de alcanzar la página perfecta. En los dos casos existe una expectativa de prodigio y, casi siempre, una decepción inevitable. Ni el amor elimina la separación entre dos individuos ni una obra alcanza la perfección imaginada por quien la escribe. Sin embargo, ambos permiten olvidar temporalmente la muerte. Cuando una persona está enamorada, se siente tan llena de vida que la mortalidad parece una abstracción lejana. Algo semejante ocurre durante los momentos de gracia de la escritura: los personajes adquieren una existencia tan intensa que el autor deja de percibir el paso del tiempo y vive, por unas horas, dentro de otras vidas. Uno escribe siempre contra la muerte, afirma la escritora, no porque los libros vuelvan inmortal a nadie de manera literal, sino porque crean una breve resistencia frente al fin. La frase que abre esta reseña resume admirablemente esa idea. Hablar de literatura es hablar de la vida, del amor, del dolor y, finalmente, de la muerte. Las palabras contienen durante un instante aquello que terminará desbordándolas, como un castillo de arena construido por un niño frente a las olas. La imagen no promete una victoria imposible. El castillo será destruido y la muerte acabará imponiéndose. Pero mientras permanece en pie crea una pequeña zona protegida, un espacio provisional en el que la experiencia puede ser nombrada. Éste es uno de los puntos en los que La loca de la casa alcanza una verdadera profundidad. La literatura no salva la vida, pero la vuelve consciente. No impide que las personas desaparezcan, aunque conserva algo de ellas; no elimina el caos, pero introduce una forma temporal dentro de él. Escribir es ordenar una porción mínima del mundo antes de que vuelva a deshacerse. Leer, por su parte, permite participar de esa resistencia y reconocer que la experiencia individual no se encuentra completamente aislada.
La obra también reflexiona sobre la soledad. Escribir es una actividad radicalmente solitaria, incluso cuando el escritor está rodeado de personas. La novela se construye dentro de la cabeza mucho antes de llegar al papel, en una conversación interna que puede durar años. Esa soledad es necesaria para crear, pero puede convertirse también en aislamiento. Montero afirma que la esencia de la locura es una soledad psíquica absoluta, una incapacidad de compartir con otros la propia percepción del mundo. La literatura puede actuar como un puente frente a esa separación. El escritor convierte su experiencia privada en palabras y un desconocido, quizá décadas después y en otro país, reconoce algo de sí mismo en ellas. No se elimina la soledad, pero se vuelve comunicable. Escribir sería entonces el esfuerzo por trascender la individualidad, por unirnos momentáneamente con los demás y demostrar que incluso aquello que parecía incomprensible puede ser compartido. Esta idea conecta La loca de la casa con La ridícula idea de no volver a verte, que hasta el momento me parece el mejor libro de Rosa Montero. Allí la autora encuentra un equilibrio casi perfecto entre la vida de Marie Curie y su propio duelo. La reflexión no parece añadida desde fuera, porque nace de una herida verdadera y encuentra en la científica una interlocutora inesperada. La emoción está contenida, la inteligencia no ahoga el dolor y el dolor no sustituye el pensamiento. Es uno de esos libros en los que la experiencia personal alcanza una dimensión universal sin necesidad de elevar la voz.
La loca de la casa es más juguetona y dispersa. Entretiene, sorprende y ofrece numerosas ideas valiosas, pero no alcanza aquella intensidad. Esto no convierte a La loca de la casa en una obra menor o prescindible. Su ligereza es parte de su identidad. Se lee como una conversación con una escritora inteligente que recuerda libros, cuenta indiscreciones, se contradice y formula teorías sin encerrarlas dentro de un sistema. Hay pasajes profundos y otros simplemente entretenidos; algunos podrían pertenecer a un ensayo y otros a una novela autobiográfica. Esa irregularidad no siempre es un defecto, porque reproduce el movimiento mismo de la imaginación.
Mi principal reserva está en ciertos momentos en los que la perspectiva feminista de Rosa Montero se vuelve demasiado visible. No cuestiono la necesidad de examinar las dificultades que han enfrentado las mujeres dentro de la literatura ni el papel silencioso de tantas esposas que sostuvieron la carrera de escritores celebrados. Tampoco puede negarse que durante siglos las autoras debieron publicar bajo seudónimos, renunciar a determinados temas o aceptar que su obra fuera juzgada mediante prejuicios distintos de los aplicados a los hombres.
El problema aparece cuando una perspectiva legítima empieza a funcionar como explicación automática. Una reivindicación conserva su fuerza mientras abre una realidad que había sido ignorada; comienza a perderla cuando exige además que el lector adopte todas sus conclusiones ideológicas. Es como celebrar que una persona haya conquistado el derecho a votar y descubrir después que esa misma persona considera insuficiente la conquista si uno no vota exactamente como ella. La libertad no consiste sólo en obtener una voz, sino también en aceptar que otras voces utilizarán la suya de forma distinta. Rosa Montero siempre ha tenido esa partícula feminista, a veces discreta y otras bastante explícita. No alcanza, al menos en este libro, la insistencia que encuentro en ciertas obras de Isabel Allende, pero tampoco puede calificarse como sutil. En pequeñas dosis enriquece la lectura y corrige omisiones históricas; cuando se acumula, comienza a sentirse demasiado programática. No porque sus observaciones sean necesariamente falsas, sino porque el marco interpretativo aparece antes que las personas y amenaza con reducirlas a ejemplos de una tesis.
Almudena Grandes, por ejemplo, desde una orientación ideológica con la que tampoco coincido, me parece mucho más eficaz en este aspecto. Sus convicciones atraviesan las novelas, pero los personajes suelen conservar una autonomía que les permite contradecirlas. La ideología está en el mundo narrado, en los conflictos, en la historia y en las decisiones, no siempre en una voz que indique de antemano cómo debemos interpretarlos. Por eso sus novelas pueden conmover incluso a quien se encuentra lejos de sus posiciones políticas: primero existen los seres humanos y después las ideas que los desgarran. En Montero ocurre a veces lo contrario. Su voz ensayística es tan fuerte que el lector siente que la autora ha llegado antes a la conclusión y ahora reúne ejemplos para demostrarla. Esto se aprecia todavía más en El peligro de estar cuerda, donde la búsqueda de vínculos entre creatividad e inestabilidad mental puede caer por momentos en un sesgo de confirmación. En La loca de la casa, sin embargo, la estructura libre y lúdica reduce ese problema. La autora no pretende presentar una investigación definitiva, sino compartir las obsesiones mediante las que ha intentado comprender su oficio.
Creo que ya me he extendido suficiente en una obra que no es de una extensión tan grande, y para ir concluyendo, La loca de la casa me parece un buen libro. No alcanza la profundidad emocional de La ridícula idea de no volver a verte ni la amplitud de El peligro de estar cuerda, pero contiene suficientes ideas, anécdotas y observaciones para justificar plenamente su lectura. Su mayor virtud está en la capacidad de hablar de literatura sin convertirla en una disciplina solemne y cerrada. Montero devuelve los libros a la vida, recuerda que detrás de cada obra hubo una persona insegura, contradictoria y mortal, y demuestra que la imaginación no pertenece exclusivamente a los escritores: todos necesitamos narrarnos para existir. También es un libro valioso para comprender a Rosa Montero. Sus obras de ficción pueden revelar preocupaciones y obsesiones, pero estas publicaciones híbridas permiten observar de forma más directa cómo las experiencias personales influyeron en su periodismo y después en su literatura. La niña enferma y aislada, la joven periodista que conoció personajes célebres, la mujer que organizó su memoria mediante amores y libros, la escritora que teme la muerte y la profesional que ha pasado décadas observando a los demás aparecen aquí como partes de una misma identidad narrativa. Esa identidad, por supuesto, puede ser parcialmente inventada. Montero lo admite desde el principio. La autora que habla en el libro se parece a Rosa Montero, posee su trayectoria, sus recuerdos y sus opiniones, pero también es un personaje construido. Selecciona lo que cuenta, modifica el orden, omite nombres, exagera escenas y ensaya versiones. No deberíamos considerar esto una traición a la no ficción, sino una de sus preguntas centrales: ¿puede alguien contar su vida sin convertirla en literatura? Probablemente no. En cuanto una experiencia recibe un principio, un orden y un final deja de ser la vida en estado bruto y se transforma en relato. La realidad ocurre simultáneamente, llena de detalles inútiles y acontecimientos sin resolución; la escritura selecciona y establece conexiones. Toda autobiografía, incluso la más honesta, construye un personaje. Montero lleva esa condición hasta su propria memoria de la inmadurez y nos permite ver las costuras. Por eso las aventuras con los actores famosos son tan divertidas y, a la vez, tan pertinentes. Pueden leerse como indiscreciones de una joven antes del matrimonio, como estampas de una España que comenzaba a cambiar o como variaciones sobre la memoria. Recomendaría el libro aunque sólo fuera por el placer de acompañar a Montero en esos enredos y tratar de descubrir a quiénes esconde detrás de las iniciales y las pistas. Pero el verdadero atractivo llega después, cuando uno comprende que quizá ha estado intentando verificar personajes que sólo existían para demostrar que creemos con demasiada facilidad en una historia bien contada.
Hay libros que desarrollan una tesis hasta sus últimas consecuencias y otros que funcionan como una mesa llena de conversaciones abiertas. La loca de la casa pertenece al segundo tipo. Uno puede cerrar el libro con varias preguntas sin resolver y, quizá, con nuevas lecturas por buscar. Personalmente lo recomiendo. Lo recomiendo por las anécdotas de escritores, por la reflexión sobre la memoria, por la comparación entre el amor y la escritura, y por la manera en que Montero humaniza la creación literaria. No es su mejor libro, al menos entre los que he leído. Pero se sostiene por sí mismo como una obra inteligente, entretenida y llena de pasajes que invitan a detenerse. Para cerrar, dejo algunas líneas que particularmente brillaron mientras leía La loca de la casa y que vale la pena leer y releer:
«Y por último, pero es en realidad lo más importante, cuando te enamoras locamente, en los primeros momentos de la pasión, estás tan lleno de vida que la muerte no existe. Al amar eres eterno. Del mismo modo, cuando te encuentras escribiendo una novela, en los momentos de gracia de la creación del libro, te sientes tan impregnado por la vida de esas criaturas imaginarias que para ti no existe el tiempo, ni la decadencia, ni tu propia mortalidad. También eres eterno mientras inventas historias. Uno escribe siempre contra la muerte.»
«Nuestra identidad reside en la memoria, en el relato de nuestra biografía.»
«Nuestros prejuicios nos encierran, nos achican la cabeza, nos idiotizan; y cuando estos prejuicios coinciden, como suele suceder, con la convención mayoritaria, nos convierten en cómplices del abuso y la justicia.»
«La literatura es un camino de conocimiento que uno debe emprender cargado de preguntas, no de respuestas.»
«Un pensamiento independiente es un lugar solitario y ventoso.»
«La fama es la versión más barata, inestable y artificial del triunfo.»
«Eso es la escritura: el esfuerzo de trascender la individualidad y la miseria humana, el ansia de unirnos con los demás en un todo, el afán de sobreponernos a la oscuridad, al dolor, al caos y a la muerte.»
«La esencia de la locura es la soledad. Una soledad psíquica absoluta que produce un sufrimiento insoportable.»

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