miércoles, 29 de julio de 2026

VISITA AL LAGO DE LOS CISNES de Lenka Reinerová

«Miré por la ventanilla del coche. Las siluetas de los árboles que flanqueaban la calzada se borraban y era como si los campos tras ellas se disolvieran poco a poco hasta quedar en nada. El ocaso tendió su velo como una telaraña grisácea sobre la tierra que se había quedado fría. Ya no graznaban los cuervos en el arcén y ningún ratón atravesaba a la carrera el asfalto perfectamente liso y brillante en el cono de luz de los faros. Igual que en el teatro se baja una gasa que disimula lo que suceden al fondo de la escena para dejarlo en lo incierto.»

Lenka Reinerová fue una escritora nacida en Praga en 1916, una ciudad que pertenecía en aquella época al Imperio austrohúngaro. Creció dentro de una familia judía y bilingüe, en una ciudad donde las lenguas checa, alemana y yidis habían convivido durante generaciones. Comenzó a trabajar muy joven en el periodismo de izquierda y, tras la ocupación alemana de Checoslovaquia en 1939, inició una huida que la llevó primero a Francia, donde fue encarcelada e internada, y después a Marruecos y México. Finalizada la guerra regresó a Europa, primero a Belgrado y luego a Praga, pero la ciudad recuperada tampoco sería exactamente la ciudad que había perdido. A comienzos de los años cincuenta, durante las depuraciones estalinistas, fue encarcelada nuevamente, expulsada del Partido Comunista y sometida a sucesivas prohibiciones profesionales. Con los años llegó a ser considerada la última representante de la literatura alemana de Praga.

Leí este libro a principios de año y han transcurrido ya más de seis meses desde entonces. Si intentara reconstruir minuciosamente las tres narraciones que reúne, tendría que reconocer que algunos nombres, secuencias y detalles se han vuelto imprecisos. Sin embargo, recuerdo con absoluta claridad la emoción que produjo la lectura: nostalgia, frío, soledad y la sensación de haber perdido algo definitivamente, acompañada, de una forma extraña, por la gratitud de haber podido recordarlo. No es poca cosa. Hay libros cuyos argumentos permanecen nítidos, pero cuya experiencia emocional desaparece; de ellos podemos resumir hechos, enumerar personajes y explicar desenlaces, aunque ya no sepamos qué sentimos mientras los leíamos. Con Reinerová me ocurre lo contrario. Parte de los acontecimientos se ha desvanecido, pero permanece intacto el clima interior, como si el libro hubiera dejado en la memoria no una historia, sino una estación del año. Quizá esa forma de recordarlo sea especialmente adecuada, porque éste es precisamente un libro sobre lo que permanece cuando los acontecimientos comienzan a borrarse. La memoria de Reinerová tampoco pretende reproducir el pasado con exactitud fotográfica. Lo revisita, lo evoca y lo observa desde la distancia de quien ha sobrevivido demasiado tiempo a casi todos los seres que amó. Las personas regresan mediante un gesto, una conversación, una fotografía, una ciudad o una taza de café colocada en un lugar imposible. No vuelven completas, porque ningún muerto vuelve completo a la memoria; regresan en fragmentos, envueltos en la luz que la narradora todavía puede ofrecerles.

Esta edición que leí reúne tres textos que fueron escritos y publicados en momentos diferentes: Visita al lago de los cisnes, El café de los sueños de una praguense y En Praga estoy en casa (y a veces en otros sitios). No forman una novela ni obedecen a una continuidad argumental estricta, pero juntos construyen una especie de autobiografía fragmentaria del siglo XX europeo. El primer relato mira hacia el exterminio de la familia y el mundo perdido; el segundo convoca la tradición literaria de la Praga anterior a la guerra; el tercero recorre el exilio y la búsqueda de un hogar allí donde la historia obliga a vivir provisionalmente. Los tres podrían leerse por separado, pero al quedar reunidos adquieren una resonancia distinta. El duelo familiar, la memoria cultural y el desarraigo geográfico dejan de ser asuntos independientes y aparecen como partes de una sola experiencia: la de una mujer que sobrevivió porque consiguió marcharse y que, precisamente por haber sobrevivido, quedó condenada a recordar a quienes no pudieron hacerlo. Pero antes de continuar con la reseña, he aquí la sinopsis:

«Visita al lago de los cisnes reúne tres relatos en los que la autora redescubre su pasado y el de su familia asesinada en campos de concentración nazis, su exilio por medio mundo y la tradición literaria de la Praga anterior a los horrores de la guerra. Consciente de la relevancia de sus vivencias, Reinerová revisita el trauma a través de la escritura. Así, estos textos constituyen un recorrido por una memoria personal marcada por pasados familiares y colectivos, y una invitación a adentrarse en mundos que no deberían caer en el olvido.»

La biografía de Lenka Reinerová podría parecer excesiva incluso dentro de una novela: periodista antifascista en la Praga de los años treinta, judía obligada a huir del nazismo, prisionera en Francia, interna en un campo para mujeres, exiliada en México, amiga de escritores y artistas, sobreviviente de una familia asesinada, comunista perseguida después por el estalinismo y autora censurada nuevamente tras la Primavera de Praga. Sin embargo, cuando narra estas experiencias no se percibe el esfuerzo de quien intenta convertir cada episodio en una hazaña ni la vanidad de quien sabe que su vida coincide con los grandes acontecimientos históricos. Reinerová no parece decir: miren todo lo que me ocurrió. Más bien pregunta: ¿cómo puedo contar lo ocurrido sin reducir a las personas a víctimas, héroes, exiliados o cifras? ¿cómo puedo transmitir la emoción de lo vivido desde la distancia de la vejez? Ésa es una de las razones por las que sus textos no se sienten novelescos, aunque utilicen recursos de la ficción. No existe en ellos la impresión de que la autora haya colocado un hecho para intensificar el drama o diseñado una escena para producir una emoción determinada. Los sucesos parecen haber ocurrido antes de que ella encontrara las palabras y, en consecuencia, la escritura no los fabrica, sino que intenta acercarse a ellos sin traicionarlos. Incluso los pasajes oníricos conservan esa sensación de experiencia auténtica: los sueños se sienten soñados, como el recuerdo de un sueño de la juventud. No funcionan como adornos poéticos incorporados posteriormente, sino como la forma natural que adopta una memoria cuando ya no puede distinguir por completo entre los vivos, los muertos y las conversaciones que aún querría mantener.

El fragmento con el que abro esta reseña contiene admirablemente esa cualidad. Un automóvil avanza por una carretera mientras el paisaje se borra con el ocaso. Los árboles, los campos, los cuervos y los ratones desaparecen poco a poco detrás de una gasa semejante a la que se utiliza en el teatro para ocultar el fondo del escenario. La comparación resulta especialmente significativa porque Reinerová no afirma que el pasado haya desaparecido, sino que ha quedado en lo incierto. Está detrás de la tela, todavía presente, aunque ya no pueda observarse directamente. La memoria sería entonces el intento de distinguir las formas que continúan moviéndose detrás de esa gasa. También hay frío en el pasaje, un frío que no depende únicamente del clima. La tierra se ha quedado inmóvil, el camino parece abandonado y hasta los animales han desaparecido. La naturaleza no acompaña a la narradora; guarda silencio ante lo que está a punto de visitar. No es todavía el campo de concentración, pero el paisaje comienza a perder vida antes de llegar a él, como si la historia hubiera desvanecido, corrompido, congelado retrospectivamente todo lo que lo rodea. El lector siente que el viaje no conduce hacia un lugar, sino hacia una ausencia.

Visita al lago de los cisnes es el texto más extenso del libro. Reinerová se dirige a Ravensbrück, el campo de concentración construido principalmente para mujeres, donde estuvo recluida su hermana menor, Alice. El título produce al principio una impresión casi amable. Un lago de los cisnes pertenece al territorio del ballet, la música y la belleza; podría ser el destino de una excursión dominical. Pero ese nombre encubre una realidad completamente distinta. El llamado Lago de los Cisnes era el Schwedtsee, unido por agua con Berlín y utilizado para transportar materiales hacia el campo. La belleza del nombre queda enfrentada con la maquinaria del exterminio. Tanta belleza y tanta crueldad. Esta oposición no es un mero recurso irónico. Resume una característica esencial del horror europeo: los lugares donde ocurrieron las peores atrocidades no siempre poseen una apariencia monstruosa. Puede haber bosques, lagos, pájaros, caminos y pequeños pueblos. El paisaje no conserva necesariamente una marca visible de aquello que los seres humanos hicieron en él. El mal no necesita un escenario infernal; puede organizarse detrás de una fachada administrativa, en una región aparentemente tranquila, junto a un lago cuyo nombre parece salido de un cuento de Hans Christian Andersen. Al llegar al memorial, Reinerová encuentra la fotografía de Alice. La joven aparece de perfil, con un pañuelo anudado y una expresión que todavía conserva algo de la muchacha que fue antes de convertirse en prisionera. Había participado en la resistencia, había sido detenida y golpeada por la Gestapo, pasó por Ravensbrück y fue deportada finalmente a Auschwitz, de donde no regresó. Tenía menos de veintiún años. Estos datos podrían quedar reducidos a una ficha, como ocurrió con millones de personas: nombre, fecha de nacimiento, deportación, campo y muerte. La literatura interviene para devolverles aquello que los registros no pueden conservar. Para la historia, Alice es una entre decenas de miles de mujeres. Para Lenka es la niña que alguna vez le entregó la mano, la hermana a la que cosía botones para evitar que la madre se enfadara, la joven que no tuvo tiempo suficiente para ser joven. El relato se mueve precisamente entre esas dos escalas: la cifra inconcebible y la persona singular. No podemos imaginar verdaderamente a decenas de miles de víctimas al mismo tiempo; la mente termina convirtiéndolas en una abstracción. Pero sí podemos imaginar una mano pequeña, un botón arrancado o una fotografía que alguien ha buscado durante años. Reinerová no reduce el Holocausto a una historia familiar; utiliza la historia familiar para atravesar la incapacidad humana de comprender el número. 

Hay una pregunta que parece recorrer el texto: ¿por qué fui yo quien sobrevivió? La autora estaba fuera de Praga cuando las tropas alemanas ocuparon la ciudad y logró escapar. Su padre murió en Theresienstadt; su madre y su hermana Alice fueron deportadas a Auschwitz; su hermana mayor también pereció bajo la persecución nazi. Reinerová quedó como única sobreviviente de su familia inmediata. Nada de esto responde a una lógica moral. No se salvó por ser mejor, más fuerte o más merecedora, sino porque una secuencia de decisiones, coincidencias, ayudas y posiciones geográficas la colocó fuera del alcance inmediato del verdugo. La culpa del superviviente podría haber dominado el relato, pero Reinerová no convierte su existencia posterior en una disculpa interminable. Lo que aparece con más fuerza es la obligación de recordar. Sobrevivir no significa únicamente haber evitado la muerte; significa quedar como portadora de nombres, rostros y experiencias que ya nadie más puede contar. Por eso meterse en este relato es complicado y salir de él también. La autora no utiliza una violencia gráfica ni intenta competir con los testimonios más brutales de los campos. La dificultad nace precisamente de la contención. No nos lleva a observar directamente cada golpe, cada enfermedad o cada muerte; nos coloca frente a una mujer anciana que busca a su hermana en una fotografía y comprende que la joven permanece detenida para siempre en una edad que ella misma dejó atrás hace una vida. El tiempo de la superviviente continuó; el de la víctima quedó inmóvil. Esa diferencia basta para producir una forma de dolor difícil de abandonar al cerrar el libro.

El café de los sueños de una praguense cambia aparentemente de cariz, de mensaje, de intensidad emocional. Después del frío invernal del relato anterior, entramos en un espacio fantástico, suspendido en algún lugar sobre las cúpulas de Praga. Allí hay mesas desde las que puede contemplarse la ciudad y en ellas se sientan escritores, periodistas, amigos y figuras pertenecientes a una cultura desaparecida. Aparecen Egon Erwin Kisch, Max Brod, Theodor Balk, Anna Seghers y otros nombres vinculados con la vida intelectual de la narradora. Algunos fueron amigos cercanos; otros representan un mundo que Reinerová conoció cuando era muy joven o heredó a través de conversaciones y lecturas. Mi recuerdo inicial era el de un desfile de grandes escritores del siglo XIX y comienzos del XX. La impresión no es completamente exacta, porque la mayoría pertenece a la primera mitad del siglo XX y a la cultura del exilio antifascista, pero el error de la memoria revela algo verdadero sobre el texto: el café parece existir fuera de la cronología. Los muertos de distintas edades pueden sentarse juntos, los encuentros imposibles se vuelven naturales y Praga aparece debajo de ellos como una ciudad real y soñada al mismo tiempo. No estamos ante una reconstrucción histórica de una tertulia específica, sino ante el café al que podrían acudir todos aquellos con quienes la narradora aún tiene algo que hablar. La elección de la cafetería no es del todo casual o banal. Antes de la guerra, los cafés europeos, y particularmente los de Viena y Praga, fueron extensiones de las redacciones, las universidades y las casas de los escritores. Allí se leían periódicos, se discutía política, se corregían textos, se buscaba trabajo y se formaban amistades que después atravesarían el exilio. Reinerová transforma esa tradición en una especie de más allá literario. Es un lugar creado por la memoria, una sala donde quienes murieron pueden continuar conversando mientras la ciudad se extiende debajo. Lo maravilloso se acepta sin explicaciones porque el propósito no consiste en convencernos de la existencia de fantasmas, sino en representar una experiencia común: todos llevamos dentro conversaciones interrumpidas con personas que ya no están. Imaginamos lo que responderían, les contamos aquello que ocurrió después de su muerte y discutimos mentalmente con ellas. La narradora sólo concede arquitectura a ese diálogo interior.

El café de los sueños de una praguense podría haberse convertido en una pieza de nostalgia tan surrealista como empalagosa, en una celebración acrítica de un tiempo idealizado, una edad dorada que quizá nunca existió del modo en que se recuerda. Pero la autora evita, en gran medida, esa trampa. Sabe que la Praga anterior a la guerra también contenía antisemitismo, desigualdad, conflictos nacionales y amenazas políticas. El café no intenta demostrar que el pasado fue perfecto. Lo que lamenta es la desaparición de una red de vínculos, discusiones y posibilidades. La nostalgia no se dirige hacia una supuesta inocencia histórica, sino hacia las personas concretas con quienes la narradora compartió una parte de su vida. En eso consiste una nostalgia literariamente legítima: no negar los defectos del pasado, sino reconocer que algo valioso desapareció junto con ellos. Reinerová no parece querer regresar para vivir exactamente de la misma manera. Sabe que el tiempo no puede repetirse y que incluso si todas aquellas personas regresaran ya no serían quienes fueron. El sueño ofrece apenas una visita, una taza de café y una conversación provisional. Después habrá que despertar.

El tercer y último relato, En Praga estoy en casa (y a veces en otros sitios), desplaza la pregunta desde la memoria cultural hacia el exilio. La narradora se encuentra en Londres con una joven sin hogar y comienza a imaginar qué pudo haberle ocurrido. Esa figura despierta el recuerdo de su propia juventud, cuando tuvo que atravesar ciudades extranjeras sin saber cuánto tiempo permanecería en ellas ni si conseguiría llegar a un lugar seguro. París, la cárcel, el campo de internamiento de Rieucros, Marsella, Casablanca y México aparecen como estaciones de una odisea impuesta por la guerra. La comparación entre una mujer exiliada por motivos políticos y raciales y una joven sin hogar en una ciudad contemporánea podría parecer forzada si se utilizara para afirmar que ambas experiencias son idénticas. Reinerová no lo hace. Lo que reconoce es una forma común de desamparo: la ausencia de un lugar al que regresar con la certeza de que todavía nos pertenece. El exiliado puede alojarse en una habitación, trabajar, hacer amigos e incluso conocer momentos de felicidad; sin embargo, debajo de esa vida provisional permanece la sensación de haber sido arrancado. La autora describe el exilio no sólo como distancia geográfica, sino como una alteración del tiempo. Quien se marcha imagina que regresará cuando termine la guerra, cuando cambie el gobierno o cuando obtenga un documento. Vive pendiente de un futuro que debería devolverle el pasado. Pero al regresar el exiliado descubre que la ciudad continuó sin él, que las personas desaparecieron y que el hogar recordado existía únicamente dentro de una combinación irrepetible de calles, voces y afectos. Se vuelve al mismo lugar, pero no al mismo tiempo; por eso todo regreso contiene también una segunda pérdida. Es posible sentirse agradecido con el lugar que nos recibe y continuar lamentando el lugar perdido. Las emociones no se anulan entre sí. El exiliado puede amar dos países y sentirse enteramente en casa en ninguno.

Los tres relatos se articulan alrededor de esa tensión entre pérdida y gratitud. La autora ha perdido a su familia, una ciudad cultural, la juventud, los amigos y distintas versiones de sí misma. Podría haber escrito desde el resentimiento absoluto, y nadie tendría derecho a reprochárselo. Fue perseguida por los nazis y luego encarcelada por un sistema comunista al que había apoyado; vio cómo Europa destruía a su familia y cómo su propia patria la convertía después en sospechosa. Sin embargo, en sus narraciones subsiste una extraña confianza en las personas. No se trata de ingenuidad. Reinerová conoce demasiado bien la crueldad de los países, la obediencia burocrática y la facilidad con que una ideología convierte al vecino en enemigo. Pero distingue entre las estructuras que persiguen y los individuos capaces de ayudar. Durante su huida hubo amigos, desconocidos, escritores, compañeros de prisión y personas que compartieron documentos, alimentos o esperanza. La historia puede ser devastadora; la solidaridad humana impide que sea completa. Siempre queda alguien que abre una puerta, proporciona una dirección o escucha. Esa cualidad explica por qué el libro, aun atravesado por la muerte, el desarraigo, la pérdida, no resulta enteramente desesperanzado. El lector siente nostalgia, frío y soledad, pero también gratitud. La misma escritura que confirma la pérdida hace posible que conozcamos a quienes fueron perdidos. No podemos devolverles la vida, pero podemos prestar atención. En un siglo que convirtió a millones de personas en números, recordar un rostro constituye una forma mínima de permanencia.

Con respecto a la escritura, la prosa de Reinerová es contenida, limpia y profundamente visual. No necesita ornamentar cada emoción porque la experiencia posee suficiente peso. Cuando describe el paisaje helado, una fotografía, los tejados de Praga o una calle de la emigración, la imagen aparece con claridad, pero nunca parece colocada para demostrar habilidad literaria. Esa ausencia de exhibición produce respeto. Estamos ante una autora que sabe escribir y que, precisamente por saberlo, no necesita recordárnoslo en cada página. La traducción conserva una cadencia serena, ligeramente antigua en algunos momentos, que parece adecuada para una voz que habla desde varias capas del tiempo. No es una prosa arcaica ni difícil, pero tiene una cortesía y una precisión alejadas de la urgencia contemporánea. Reinerová narra como quien se sienta a conversar después de haber pensado durante muchos años qué merece ser contado. No hay prisa por llegar al desenlace porque el valor se encuentra en la forma de mirar. También hay en su escritura una cualidad que podría llamarse moral, aunque la palabra resulte peligrosa cuando se confunde con la intención de impartir lecciones. Por eso debo añadir que se usa sin pretensión, sin discurso, sin idealización. Reinerová no indica al lector qué debe pensar sobre el Holocausto, el exilio o el estalinismo; confía en que una experiencia narrada con honestidad contiene su propia exigencia ética. La fotografía de Alice no necesita un discurso añadido para mostrarnos la injusticia. El café de los muertos no requiere una explicación sobre la importancia de la cultura. La joven sin hogar no tiene que convertirse en símbolo explícito de todos los desplazados. La autora sabe retirarse antes de que el significado se vuelva consigna y eso se aplaude, es digno de ovación.

Aquí se siente la literatura con letras mayúsculas. No porque los temas sean históricamente graves —la gravedad de un tema nunca garantiza la calidad de un libro—, sino porque forma y experiencia parecen inseparables. Reinerová no utiliza el Holocausto para engrandecer una trama ni el exilio para fabricar una identidad interesante. Escribe porque todo eso constituye la materia real de su vida y porque callarlo equivaldría a permitir una nueva desaparición. La literatura surge de la necesidad de conservar, no del deseo de aparentar profundidad. Otros autores han escrito sobre la memoria centroeuropea, el exilio y la destrucción del mundo judío: Stefan Zweig convirtió la Europa anterior a la guerra en una patria perdida; W. G. Sebald construyó libros donde fotografías, viajes y recuerdos forman un laberinto de ausencias; Imre Kertész examinó la experiencia concentracionaria desde la conciencia de quien sobrevivió a Auschwitz; Herta Müller mostró cómo la dictadura invade el lenguaje, el cuerpo y la vida cotidiana. Reinerová pertenece a esa constelación, aunque su voz es distinta. Es menos ensayística que Zweig, menos formalmente compleja que Sebald, menos filosóficamente áspera que Kertész y menos cortante que Müller. Su fuerza proviene de una cercanía casi conversacional y de una ternura que no disminuye la dureza de lo contado.

El hecho de que, más de seis meses después, recuerde ante todo una emoción confirma esa capacidad. No necesito reconstruir cada episodio para saber que el libro sigue conmigo. Recuerdo el frío de la carretera, la fotografía, el café suspendido sobre Praga, la sensación de estar en casa en lugares que nunca debieron serlo y la voz de una mujer que agradece haber vivido sin fingir que la supervivencia compensó las pérdidas. El argumento se ha vuelto neblina; la experiencia permanece. Quizá todos los grandes libros terminan sufriendo una transformación parecida. Primero son páginas, personajes, lugares y frases. Con el tiempo pierden detalles y se integran en nuestra propia memoria. Ya no recordamos exactamente dónde estaba una idea ni quién pronunció una frase, pero algo de la obra modifica la manera en que pensamos una ciudad, una época o una emoción. El libro deja de ser un objeto externo y se vuelve una pequeña zona de la conciencia.

Personalmente recomiendo este libro sin reservas, aunque conviene saber qué tipo de lectura propone. No es una colección de relatos para quien busque acción, giros continuos o una narración construida alrededor del suspenso. Exige una disposición distinta: leer despacio, aceptar las digresiones de la memoria y permitir que la atmósfera se acumule. Su recompensa no se encuentra en descubrir qué ocurrirá, porque en buena medida ya sabemos lo ocurrido, sino en comprender qué significa seguir viviendo después. Y quizá sea suficiente. Frente a la desaparición completa, un rostro recordado es mucho. Frente al silencio, una historia es mucho. Frente a la muerte de una familia y de una cultura, una mujer que continúa pronunciando sus nombres es mucho. El lago permanece frío, los cisnes pertenecen a una belleza casi cruel y la carretera termina por borrarse detrás del ocaso. El fin de una vida, de una voz. Pero mientras alguien lea, todavía habrá una luz atravesando la gasa y dejando ver lo que sucede al fondo de la escena.

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