«Anduvo entre sus árboles, vio a sus obreros esmerarse en la poda, sintió el alivio de la fortuna. Sobre la marcha dio cuatro órdenes con la autoridad que le devolvió el hálito feudal. Les deseó buen jornal y se dirigió al aserradero esforzándose en caminar despacio para controlar los pensamientos, en los que serpentearon las formas de la Renata.»
Sonsoles Ónega es una periodista, presentadora de televisión y escritora española. Licenciada en Periodismo por la Universidad CEU San Pablo, desarrolló buena parte de su carrera como cronista parlamentaria y corresponsal en el Congreso de los Diputados antes de pasar a conducir diferentes espacios televisivos. Su trayectoria literaria comenzó con Calle Habana, esquina Obispo, publicada en 2004, y continuó con novelas como Donde Dios no estuvo, Nosotras que lo quisimos todo y Mil besos prohibidos, entre otras. En 2017 obtuvo el Premio Fernando Lara con Después del amor, pero el reconocimiento que terminó por colocarla en el centro del panorama editorial español llegó en 2023, cuando Las hijas de la criada recibió el Premio Planeta.
Leí Las hijas de la criada varios meses antes de escribir esta reseña, y el tiempo transcurrido no ha jugado precisamente a su favor. Recuerdo la premisa, algunas relaciones familiares, el intercambio de las niñas, la conservera, el incesto y varios giros que en su momento pretendieron causar impacto; pero han desaparecido muchos detalles, conversaciones y escenas que deberían haber permanecido si la novela hubiera conseguido dejar una huella más profunda. Podría atribuir esa pérdida a mi memoria, por supuesto, porque ningún lector conserva con la misma intensidad todo lo que lee. Pero también existe una forma de olvido que funciona como juicio crítico: hay libros que, incluso años después, continúan regresando mediante una imagen, un personaje o una emoción, y otros que se deshacen apenas uno cierra la última página. Recordar poco de una novela no demuestra por sí solo que sea mala, pero rara vez constituye una señal favorable.
No he leído La sangre del padre, de Alfonso Goizueta, la obra que quedó finalista en la edición de 2023, de modo que no puedo afirmar que fuera superior a la ganadora ni repetir el juego comparativo que sí pude hacer con Vera, una historia de amor y Cuando el viento hable. Sería injusto declarar vencedora a una novela que no conozco únicamente porque la premiada me pareció mediocre. Ahora bien, la vara que deja Las hijas de la criada tampoco está demasiado alta. La finalista pudo haber sido mejor, igual o incluso peor; lo preocupante no es la comparación hipotética, sino que entre más de mil manuscritos presentados y después de pasar por distintos filtros editoriales, un jurado compuesto por escritores y académicos de reconocida trayectoria concluyera que ésta era la obra merecedora de un millón de euros. Pero antes de continuar con la reseña, he aquí la sinopsis:
«Una noche de febrero de 1900, recién estrenado el siglo XX, en el pazo de Espíritu Santo llegan al mundo dos niñas, Clara y Catalina, cuyos destinos ya estaban escritos. Sin embargo, una venganza inesperada sacudirá para siempre sus vidas y las de todos los Valdés. Doña Inés, matriarca de la saga y fiel esposa de don Gustavo, deberá sobrevivir al desamor, al dolor del abandono y a las luchas de poder hasta convertir a su verdadera hija en heredera de todo un imperio, en una época en la que a las mujeres no se les permitía ser dueñas de sus vidas.»
La premisa no es especialmente original, pero contiene todos los elementos necesarios para construir una gran novela familiar. El intercambio de dos bebés ha sido utilizado desde la tragedia antigua hasta el folletín, desde las leyendas populares hasta las telenovelas, porque permite explorar una pregunta que nunca pierde del todo su fuerza: cuánto de nosotros procede de la sangre y cuánto de la educación, de la clase social, de las oportunidades y del lugar que otros han decidido asignarnos. Una niña nacida en la riqueza crece en la pobreza; otra, hija de una criada, recibe el apellido, los privilegios y la educación de una familia poderosa. A partir de allí podía surgir una reflexión sobre la identidad, la maternidad, la culpa, la desigualdad y la forma en que el destino social llega a confundirse con la naturaleza. La novela, además, pretende abarcar varias décadas y mostrar la evolución de una familia a lo largo de dos generaciones, en escenarios que van del pazo gallego a la Cuba posterior al dominio español y de los negocios de la sal y la madera a la creación de una fábrica conservera. Había, por tanto, un espacio amplio para combinar la historia privada con las transformaciones económicas y sociales del siglo XX: la emigración gallega, la pérdida de Cuba, las guerras, el trabajo femenino, el nacimiento de una burguesía industrial y la lenta conquista de derechos por parte de las mujeres. El problema no está en la falta de materiales. El problema es que Sonsoles Ónega dispone de demasiados y rara vez consigue darles la profundidad que merecen.
Las hijas de la criada da la impresión de narrar un gran drama familiar, pero sus protagonistas poseen una vida interior sorprendentemente ligera. La autora nos informa de sus amores, rencores, ambiciones y sufrimientos; sabemos quién traiciona, quién abandona, quién hereda y quién pierde. Sin embargo, saber lo que ocurre no equivale a comprender a quienes lo viven. Los personajes atraviesan sucesos capaces de destruir o transformar una existencia, pero la novela suele pasar por ellos con una rapidez que impide que el daño se deposite verdaderamente en la conciencia del lector, y no es que la novela sea demasiado corta como para que no alcancen las páginas. Ésa es una diferencia fundamental entre una saga y una mera sucesión genealógica. Una saga no se vuelve profunda por abarcar varias décadas, multiplicar parentescos o cambiar de escenario. Necesita mostrar cómo una decisión tomada en una generación contamina la siguiente; cómo el silencio de una madre se convierte en el carácter de una hija; cómo una fortuna modifica las relaciones familiares y cómo la culpa encuentra nuevas formas de permanecer cuando quienes la originaron ya han muerto. En esta novela existe la cadena de acontecimientos, pero falta con frecuencia la densidad psicológica que debería unirlos. Las generaciones se suceden; la herida, en cambio, no siempre parece transmitirse con la fuerza prometida.
Doña Inés está concebida como la gran matriarca: una mujer traicionada por su marido que debe superar el abandono, descubrir capacidades que el matrimonio había mantenido adormecidas y participar en la creación de un imperio industrial. Su recorrido contiene ingredientes suficientes para convertirla en un personaje memorable. Podría encarnar el tránsito entre la señora del pazo, protegida y sometida a las reglas de su clase, y la empresaria obligada a tomar decisiones en un mundo que no reconocía fácilmente la autoridad femenina. Sin embargo, la novela tiende a convertir su fortaleza en una cualidad declarada antes que demostrada mediante una transformación compleja. Inés sufre, trabaja y se impone, pero sus contradicciones aparecen demasiado ordenadas para producir una verdadera sensación de vida.
Clara representa la bondad, la inteligencia y el esfuerzo. Es la hija legítima de los Valdés, aunque crece convencida de que pertenece a la criada, y reúne precisamente las cualidades que justificarían su lugar dentro de la familia poderosa. El mecanismo resulta demasiado conveniente. La sangre parece reclamar aquello que le corresponde mediante una superioridad moral casi natural: aun privada de educación, apellido y fortuna, Clara manifiesta la inteligencia, la nobleza y la capacidad empresarial que la acercarán a Inés y al patrimonio familiar. Esto debilita una de las preguntas más interesantes de la premisa. En lugar de obligarnos a cuestionar la relación entre origen y carácter, la novela termina insinuando que la verdadera heredera posee, incluso sin saberlo, las virtudes necesarias para ser reconocida como tal. Catalina ocupa el extremo contrario. Criada como hija legítima de los Valdés, arrastra una amargura y una crueldad que parecen revelar que algo en ella no corresponde con el lugar que ocupa. Puede ser orgullosa, celosa, clasista y destructiva, pero la novela no siempre desarrolla razones emocionales suficientes para explicar cómo se formó ese carácter. Su antagonismo necesita algo más que la envidia hacia Clara o la inseguridad producida por la distancia de Inés. Una persona puede volverse agria por abandono, humillación, miedo o la conciencia confusa de no ser amada; pero si la narración no permite acompañar ese proceso, la amargura termina funcionando como etiqueta, es así porque así lo quiso la escritora. Así se construye buena parte del reparto femenino: algunas mujeres son más buenas que el pan y otras más agrias que la leche descompuesta. Las primeras poseen una resistencia casi inagotable, aman con generosidad y encuentran la manera de seguir adelante; las segundas conspiran, envidian o destruyen porque la trama necesita oposición. No diría que existan antagonistas en un sentido estricto, porque la novela intenta repartir responsabilidades y mostrar que todos están condicionados por su época. Pero la distribución moral resulta demasiado evidente para que los personajes puedan sorprendernos desde su interior.
Continuando con los personajes femeninos, Renata podía haber sido la figura más compleja del libro. Es víctima de la desigualdad, amante del señor del pazo, madre de una hija condenada a heredar su pobreza y autora del intercambio que destruye la vida de dos familias. Su decisión contiene amor, resentimiento, ambición y una forma de violencia difícil de perdonar. Intercambiar a las niñas no es únicamente intentar mejorar el futuro de una hija: es arrebatarle a otra su madre, modificar dos identidades y convertir a varios inocentes en instrumentos de una venganza. Allí existía una mujer capaz de obligar al lector a sostener al mismo tiempo la compasión y el rechazo. Pero Ónega no termina de internarse en esa oscuridad. Renata cumple la función de desencadenar la historia, guarda el secreto y soporta sus consecuencias, aunque su psicología no adquiere la densidad proporcional al acto que ha cometido. La novela parece tener prisa por convertir el intercambio en mecanismo argumental y no se detiene suficientemente en la monstruosidad íntima de una madre que, para salvar a su hija, condena a otra. El recurso produce la trama, pero la conciencia que debería sostenerlo queda incompleta. Don Gustavo, por su parte, es el origen biológico y moral del desastre. Su infidelidad hace posible que ambas niñas nazcan del mismo padre, y su cobardía permite que el secreto continúe creciendo. Sin embargo, tampoco alcanza una verdadera complejidad. La novela le concede deseo, egoísmo, autoridad y cierta nostalgia, pero rara vez lo convierte en algo más que el hombre cuyas decisiones obligan a las mujeres a reconstruir el mundo que él ha dañado. El fragmento escogido para abrir esta reseña muestra precisamente su condición: camina entre sus propiedades, recupera el «hálito feudal» al dar órdenes y piensa en las formas de Renata. Poder económico, autoridad masculina y deseo aparecen reunidos en unas pocas líneas. Es un buen comienzo para comprenderlo, aunque el resto de la obra no siempre profundiza en lo que esa combinación significa.
La comparación con Isabel Allende surge casi de manera natural. Una saga familiar protagonizada por mujeres, ambientada entre grandes casas, secretos, herencias, pasiones y cambios históricos recuerda inevitablemente a La casa de los espíritus. También existen ecos de Hija de la fortuna y Retrato en sepia, obras en las que Allende sigue a varias generaciones y utiliza la vida privada para recorrer transformaciones políticas y sociales. La semejanza, sin embargo, permanece en la superficie. Sonsoles Ónega adopta algunos de los materiales de esa tradición, pero no consigue la misma potencia narrativa ni la atmósfera capaz de convertir una familia en representación de un país. No saco a colación a Allende para descalificar por su obra. Algunas de sus novelas me han gustado mucho. La casa de los espíritus conserva una fuerza indiscutible; Hija de la fortuna, Retrato en sepia y De amor y de sombra pertenecen a la etapa más sólida de su obra. “Paula”, aunque no sea propiamente una novela, transforma el dolor personal en uno de sus libros más honestos. Incluso Largo pétalo de mar demuestra que todavía puede construir una historia amplia y emocionalmente eficaz. Allende es, por lejos, mejor escritora que Sonsoles Ónega, así como me parece superior a Ángeles Mastretta y Laura Esquivel. Eso no significa que su obra quede libre de objeciones. Allende repite con frecuencia un tipo de mujer obstinada, intuitiva, moralmente superior y capaz de soportar cuanto los hombres destruyen. Sus personajes femeninos parecen atravesados por un mismo mensaje sobre la libertad, el deseo y la resistencia, como si el universo conspirara de alguna forma para reconocerlas. Cuando esa fórmula funciona, produce protagonistas memorables; cuando se vuelve mecánica, se aproxima a una espiritualidad narrativa de manual, una técnica casi a lo Paulo Coelho en la que el destino termina confirmando aquello que el personaje ya estaba llamado a ser. Violeta y Más allá del invierno, por ejemplo, me parecieron malas novelas precisamente porque esa repetición había dejado de producir descubrimiento. Las hijas de la criada se acerca a esa fórmula sin alcanzar sus mejores resultados. Al menos sus mujeres no resultan tan infumables ni tan tercas como algunas protagonistas tardías de Allende, pero su bondad y su maldad aparecen igualmente simplificadas. Ónega parece admirarlas tanto que no siempre se atreve a exponerlas a contradicciones verdaderamente incómodas. Quiere rendir homenaje a las mujeres que sostuvieron familias, industrias y comunidades sin reconocimiento, una intención digna, pero la literatura no mejora a un personaje por admirarlo. En ocasiones ocurre lo contrario: el exceso de respeto lo vuelve ejemplar, y todo personaje ejemplar corre el riesgo de dejar de parecer humano.
La industria conservera gallega representa una de las mejores posibilidades desaprovechadas. La novela reconoce el papel de las mujeres que trabajaron en el mar y en las fábricas, y muestra cómo una actividad económica podía abrir espacios de autonomía dentro de una sociedad profundamente desigual. Inés y Clara participan en la construcción de La Deslumbrante, una empresa que debería funcionar como escenario de conflictos laborales, sociales y familiares. Allí podían encontrarse la patrona y las obreras, la riqueza y la explotación, la modernización y la persistencia de relaciones casi feudales.
Ónega demuestra cierto oficio cuando describe la evolución de los negocios, la procedencia de la fortuna y los mecanismos mediante los cuales una familia transforma el comercio en poder. Su experiencia periodística se percibe en esos pasajes: la información se ordena con claridad, el contexto económico resulta comprensible y la narración avanza sin perderse en explicaciones técnicas. Es probablemente la parte más rescatable de su escritura. Cuando adopta la precisión del reportaje y explica cómo una ruta de sal, un aserradero o una conservera pueden sostener una dinastía, la prosa adquiere una seguridad que pierde al internarse en las emociones. Pero incluso allí la novela se queda corta. La fábrica termina funcionando más como símbolo del emprendimiento femenino que como espacio vivo. Las obreras aparecen, trabajan y justifican el homenaje histórico, pero rara vez adquieren voces propias o conflictos que cuestionen la visión de las propietarias. La obra quiere hablar de las mujeres ignoradas por la historia, aunque concentra su atención en aquellas que terminan dirigiendo el negocio. Entre la señora convertida en empresaria y las trabajadoras que limpian, cortan y envasan el pescado existe una distancia de clase que habría merecido mucha más incomodidad. Lo mismo ocurre con Cuba. La isla amplía la geografía de la novela y recuerda la relación histórica entre Galicia y la emigración americana, pero no siempre se integra orgánicamente en el desarrollo de los personajes. Es un escenario atractivo, cargado de posibilidades económicas y culturales, que termina utilizado principalmente para explicar la fortuna, las ausencias y los desplazamientos de la familia. La novela recorre acontecimientos históricos, pero no consigue que la historia penetre hasta el fondo de la conciencia individual. Los personajes pasan por el tiempo; pocas veces sentimos que el tiempo pase por ellos.
En algunos momentos pensé que Ónega introduciría el realismo mágico. El propio ambiente gallego parecía ofrecerle la oportunidad: los pazos, la lluvia, el mar, las supersticiones, los secretos familiares y la convivencia entre la tradición católica y un mundo de leyendas podían haber construido una atmósfera en la que lo extraordinario apareciera con naturalidad. Habría sido una decisión arriesgada, desde luego, y una imitación superficial de Allende o García Márquez habría empeorado el resultado. Pero una utilización contenida de lo mítico podía haber dado cohesión a la memoria familiar y profundidad simbólica al intercambio de las niñas. La novela insinúa esa posibilidad y después retrocede. Se presenta como una historia «mágica y realista», pero lo mágico casi nunca alcanza una verdadera entidad narrativa. Hay destino, coincidencias, secretos y una Galicia descrita con cierta voluntad legendaria, aunque nada de ello modifica sustancialmente las leyes del mundo. Más que realismo mágico, encontramos melodrama histórico con decorado atlántico. El problema no consiste en que la autora renuncie a lo sobrenatural, sino en que parece prometer una atmósfera que no termina de construir.
A mitad de la lectura comencé a experimentar una preocupación difícil de explicar: no era exactamente la sensación de no saber hacia dónde se dirigía la novela, sino la sospecha de que el destino no importaría demasiado cuando llegáramos a él. Era como conducir durante horas y advertir de pronto que el paisaje apenas cambia. La carretera continúa, aparecen señales, se recorren kilómetros y uno sabe que técnicamente avanza, pero nada alrededor produce la impresión de haber dejado atrás un lugar para entrar en otro. Esto ocurre porque la novela acumula acontecimientos sin modificar suficientemente su temperatura emocional. Nacen niños, se producen abandonos, se levantan empresas, cambian las relaciones y mueren personajes, pero la narración mantiene una cadencia demasiado uniforme. Los hechos que deberían abrir abismos se convierten en nuevas estaciones del recorrido. El lector continúa porque desea confirmar el secreto y observar cómo terminará afectando a los personajes, no porque cada capítulo haya profundizado el conflicto anterior. Algunas escenas funcionan como ganchos. Ónega sabe introducir una enfermedad, una muerte, una revelación o un encuentro capaz de despertar la curiosidad. Sin embargo, varios de esos recursos terminan siendo inútiles en un sentido estructural: causan impacto, pero no catalizan la trama. Un buen giro no debería limitarse a sorprender durante unas páginas; tendría que alterar la dirección de la historia, obligar a los personajes a revisar lo que creen y reorganizar la relación entre ellos. Aquí ciertos sucesos parecen incluidos porque una saga necesita desgracias, no porque la novela haya extraído de ellos todas sus consecuencias. El incesto constituye el ejemplo más evidente. Clara y Jaime se acercan sin saber que son hermanos, porque ambos son hijos de Inés y Gustavo. La situación posee una fuerza trágica incuestionable: dos personas unidas por el afecto avanzan hacia una relación prohibida mientras quienes conocen o sospechan la verdad guardan silencio. Por un momento pensé que la autora no se atrevería a dar ese paso, que inventaría alguna interrupción o revelación oportuna para mantener la historia dentro de límites cómodos. Debe reconocerse que no retrocede de inmediato. La novela se aproxima al incesto y permite que la amenaza deje de ser una posibilidad abstracta. Pero una cosa es atreverse a plantearlo y otra muy distinta saber narrarlo. El problema no es moral ni depende de que el lector se sienta incómodo; la tragedia debe incomodar. El problema es la sucesión de decisiones poco creíbles necesarias para que la situación avance. Quienes podrían impedirla callan demasiado, los encuentros se producen con una conveniencia evidente y la revelación se administra no según la lógica psicológica de los personajes, sino de acuerdo con la necesidad de prolongar el melodrama. Se ve el mecanismo antes que el destino.
En una tragedia bien construida, el lector comprende por qué cada personaje toma la decisión equivocada, aunque desee detenerlo. La catástrofe parece inevitable porque nace de virtudes, miedos y lealtades reconocibles. En Las hijas de la criada, en cambio, la cadena de silencios se siente fabricada. Las personas no callan siempre porque el secreto las haya paralizado, sino porque la autora necesita que sigan callando hasta el capítulo apropiado. La diferencia puede parecer pequeña, pero separa la fatalidad literaria de un guion defectuoso. Ésa fue una impresión constante: la de estar viendo una película y advertir que algo no funciona en el guion. Los decorados pueden ser hermosos, los actores pueden esforzarse y la música puede señalar el momento exacto en que deberíamos emocionarnos; si las motivaciones no son convincentes, la escena no cala. Ónega mueve a sus personajes hacia puntos dramáticos reconocibles, pero no siempre construye los puentes interiores que justificarían el desplazamiento. Llegan donde deben llegar, aunque no sepamos del todo por qué llegaron de esa manera. Los diálogos contribuyen a esa debilidad. No son tan paupérrimos ni producen la vergüenza ajena de Vera, una historia de amor, pero con frecuencia resultan funcionales y demasiado explícitos. Los personajes dicen aquello que la escena necesita comunicar, intercambian información y expresan sus sentimientos sin una verdadera tensión entre lo dicho y lo oculto. Un diálogo literario no tiene que reproducir exactamente el habla cotidiana; debe estilizarla, condensarla y permitir que las palabras signifiquen algo distinto para cada interlocutor. Aquí, en cambio, muchas conversaciones parecen limitadas a trasladar la trama.
La prosa narrativa es mejor. Sonsoles Ónega escribe con claridad, mantiene una sintaxis comprensible y sabe describir ambientes, propiedades y procesos económicos sin volverlos completamente tediosos. Hay frases trabajadas y una voluntad de elevar el lenguaje por encima de la simple narración televisiva. El fragmento inicial con el que abro esta reseña, por ejemplo, contiene una imagen eficaz: los pensamientos de Gustavo no se limitan a recordar a Renata, sino que sus formas «serpentean» en ellos, un verbo que reúne deseo, culpa y peligro. Tampoco es una prosa extraordinaria, pero demuestra que la autora posee recursos y que se ha esforzado por construir una voz. Allí está la diferencia más evidente con Juan del Val. Las hijas de la criada puede ser una novela mediocre, pero no parece escrita con absoluta indiferencia hacia la literatura. Existe documentación, una estructura amplia, interés por la historia económica de Galicia y un intento de construir personajes a lo largo de varias décadas. La ambición supera a la ejecución, pero al menos hay ambición. Vera parecía satisfecha con reproducir los clichés de una telenovela y convertir frases triviales en aforismos; Ónega intenta levantar una saga, aunque los materiales y su capacidad para organizarlos no alcancen el edificio imaginado. No estamos, por tanto, ante una novelilla rosa. El amor ocupa un lugar importante y el melodrama resulta constante, pero la obra también aborda maternidad, filiación, clase social, trabajo femenino, herencia y poder económico. Tampoco es literatura juvenil ni una narración diseñada únicamente alrededor del romance. Su fracaso es más interesante precisamente porque pretendía algo mayor. No se puede acusar a la autora de no haber intentado construir una obra de amplio alcance; se le puede reprochar que sus recursos narrativos no basten para sostenerla.
El final evita algunas de las soluciones más previsibles y consigue cerrar los principales hilos sin caer por completo en una reconciliación azucarada. Esto debe reconocerse. La novela no termina exactamente como uno imagina en la mitad del camino y algunas decisiones muestran una voluntad de escapar del desenlace más cómodo. Pero un final menos obvio no corrige más de cuatrocientas páginas de personajes poco profundos ni transforma retrospectivamente en necesarios los recursos que antes parecieron gratuitos. La sorpresa final puede mejorar la última impresión; no puede reescribir por completo la experiencia. Y entonces volvemos al Premio Planeta. La edición de 2023 recibió 1,129 originales, una cifra récord, en parte favorecida porque por primera vez se permitió la presentación electrónica de los manuscritos. Después de diferentes lecturas y filtros, diez obras llegaron a la fase final. El jurado incluía a José Manuel Blecua, Pere Gimferrer, Juan Eslava Galán, Carmen Posadas y Rosa Regàs, nombres que no pertenecen precisamente a personas ajenas a la literatura. Uno puede estar en desacuerdo con sus gustos, pero resulta difícil pensar que no reconocieran las limitaciones de la novela. Eso es lo que me desconcierta. No se trata de exigir que el Premio Planeta elija cada año una obra experimental, filosófica o destinada a transformar la lengua española. El galardón posee una orientación comercial evidente y busca novelas capaces de llegar a un público amplio. Nada hay de ilegítimo en ello. La accesibilidad no es enemiga de la calidad, y algunos de los mejores narradores han sido también autores populares. El problema comienza cuando lo comercial parece convertirse no en uno de los criterios, sino en el criterio capaz de relegar todos los demás.
No tengo elementos para afirmar que el premio estuviera decidido de antemano ni que la relación de Sonsoles Ónega con Antena 3, perteneciente al mismo grupo empresarial, demuestre alguna irregularidad. Sería irresponsable convertir una sospecha en acusación. Pero las instituciones deben cuidar no sólo su imparcialidad, sino la apariencia de imparcialidad, especialmente cuando conceden la mayor dotación económica de la literatura en español a una figura televisiva vinculada con su propio conglomerado. Y cuando la obra elegida no posee una calidad capaz de disipar la duda, la decisión termina perjudicando tanto al premio como a la propia autora. He leído críticas que hablan de la autoinmolación del Premio Planeta. No sé si iría tan lejos. El certamen ha sobrevivido a ganadores excelentes, mediocres y olvidables, y probablemente continuará haciéndolo porque su poder comercial excede cualquier reseña. Pero entiendo la indignación. No es sólo que una novela poco destacable reciba un millón de euros; es que detrás de ella quedan más de mil manuscritos, la gran mayoría seguramente peores, pero otros habrá sobresalientes, quizá escritos durante años por autores desconocidos que nunca tendrán la oportunidad de ser leídos por el gran público.
Eso me deprime más que el libro. Una novela mediocre puede abandonarse, olvidarse o encontrar al lector para quien fue escrita. Un premio de esta magnitud, en cambio, crea prestigio, dirige ventas y establece una jerarquía pública. Cuando la decisión parece responder principalmente a la visibilidad, la adaptabilidad audiovisual y el potencial comercial, el lector comienza a desconfiar de la propia etiqueta. Ganar el Planeta deja de significar que una novela fue considerada extraordinaria y pasa a significar que recibió el lanzamiento editorial más poderoso del mercado español. Al mismo tiempo, conviene no confundir el juicio sobre el premio con el derecho de la novela a encontrar lectores. Las hijas de la criada fue un enorme éxito comercial y muchas personas regresaron a la lectura o disfrutaron de sus secretos, amores y conflictos familiares. Esa experiencia es legítima. Un lector no tiene que justificar por qué una historia lo entretuvo, ni necesita la aprobación de la crítica para emocionarse. El problema surge cuando la defensa comercial pretende transformar el disfrute individual en prueba de excelencia literaria. Vender mucho demuestra que un libro encontró público; no demuestra que estuviera bien escrito.
¿Recomiendo la novela? Depende enteramente del lector. Quien busque una obra ambiciosa, psicológicamente profunda, formalmente exigente o capaz de plantear cuestiones morales difíciles encontrará poco aquí. Los personajes no poseen la complejidad necesaria, los acontecimientos históricos funcionan más como marco que como fuerza transformadora y la trama recurre con demasiada frecuencia a coincidencias, silencios convenientes y artificios melodramáticos. Tampoco la recomendaría a quien espere una saga de la categoría de La casa de los espíritus o una exploración rigurosa de la identidad y la clase social. Pero puede funcionar para quien quiera una lectura extensa sin demasiadas exigencias. La historia se sigue con facilidad, el árbol familiar no resulta inabarcable, la prosa es clara y los secretos proporcionan suficiente curiosidad para continuar. No obliga a detenerse ante largas reflexiones filosóficas, no somete al lector a experimentos formales y ofrece una combinación reconocible de drama familiar, romance, historia y superación. Es una novela concebida para ser leída sin demasiada resistencia y, dentro de esos límites, cumple parte de su propósito.
Quizá dentro de algunos años recuerde sólo a dos niñas intercambiadas, una fábrica de conservas y un incesto narrado con menos verosimilitud de la que merecía. No es poco para una lectura cualquiera, pero resulta muy poco para la ganadora del Premio Planeta entre más de mil manuscritos. El millón de euros pertenece ya a la autora; el juicio sobre la novela pertenece a los lectores. El mío es bastante claro: no es un desastre absoluto, no es una novelilla rosa y desde luego no es la veta más comercial posible. Pero tampoco es una gran novela, ni siquiera una particularmente buena. Es una obra mediana elevada por un premio gigantesco, y esa desproporción termina siendo más interesante que la propia historia. Para finalizar, dejo la única línea que anoté durante la lectura, quizá porque resume sin pretenderlo tanto la novela como el género al que pertenece:
«La historia del hombre es la historia de sus amores.»

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