jueves, 12 de marzo de 2026

NEXUS de Yuval Noah Harari

«Los populistas de hoy adolecen de la misma incoherencia que lastró a los movimientos antisistema radicales de las generaciones previas. ¿Qué implicaciones tiene para los propios populistas que el poder sea la única realidad y la información solo un arma? ¿También ellos tienen el poder como único interés?, ¿y también nos mienten para alcanzarlo?»

Yuval Noah Harari es un historiador y ensayista israelí que, en poco más de una década, pasó de ser un académico de manual a convertirse en una de las voces más influyentes —y también más discutidas— del pensamiento contemporáneo. Formado en la Universidad Hebrea de Jerusalén y doctorado en Oxford, se especializó en historia medieval y militar, pero su nombre adquirió verdadera proyección internacional con Sapiens, al que luego seguirían Homo Deus, 21 lecciones para el siglo XXI y, más recientemente, Nexus, libros con los que ha intentado pensar, en una escala amplísima, la evolución humana, el poder de los relatos, la tecnología, la libertad y el futuro de nuestra civilización. Sus obras han vendido millones de ejemplares y se han traducido a decenas de idiomas, algo poco frecuente para un autor que, en el fondo, no deja de escribir ensayos de historia, filosofía y prospectiva. Ha conseguido varios reconocimientos importantes, entre ellos el Polonsky Prize for Creativity and Originality, el Moncado Award de la Society for Military History, su incorporación a la Young Israeli Academy of Sciences, un doctorado honoris causa de la Vrije Universiteit Brussel y diversos premios internacionales a su labor como autor. Harari despierta admiración y escepticismo a partes casi iguales, pero ya resulta difícil negar que se ha convertido en un referente central para repensar el presente.

Hace unos diez años, mientras almorzaba en un bistró, vi a una persona leyendo Sapiens. Días después vi a otra, también con Sapiens entre las manos. No fue una escena que se repitiera hasta volverse costumbre, pero sí lo suficiente como para dejarme una pequeña inquietud, esa clase de curiosidad que no nace del marketing sino del azar, que a veces es más persuasivo que cualquier campaña editorial. Cuando por fin encontré el libro en una librería, no pude resistir la tentación de hojearlo, y bastó un solo párrafo del prólogo para convencerme de que debía leerlo. Ya conocía otros libros de divulgación que intentaban recorrer la historia de la humanidad desde la biología, la antropología o la economía; pero en Harari encontré algo ligeramente distinto y, a mi juicio, más ambicioso: la idea de que la historia humana no se entiende sólo por la fuerza, la inteligencia o la adaptación, sino por la capacidad de los sapiens de crear relatos compartidos —mitos, religiones, naciones, dinero, leyes— que permiten la cooperación masiva entre desconocidos, y de que nuestra trayectoria puede leerse, además, a través de tres grandes revoluciones, la cognitiva, la agrícola y la científica. Ese primer contacto con Yuval Noah Harari me convenció de varias cosas. La primera, que estaba ante una persona docta, con un dominio vasto y profundamente articulado de los temas que aborda. La segunda, que posee una habilidad narrativa muy poco común entre académicos, porque logra ser entretenido e informativo por igual sin banalizar lo que explica. La tercera, que sus libros no se leen de manera pasiva: tienen algo de conversación sostenida entre autor y lector, una conversación que obliga a detenerse, a disentir, a repensar. Y si hubiera una cuarta —como en esa cadencia sapiencial de Proverbios 30, donde se dice «tres cosas... y aun cuatro» para rematar una idea—, diría que Harari no escribe desde la petulancia, ni desde esa suficiencia tan frecuente en ciertos autores de éxito, sino desde una claridad expositiva que transmite, si no humildad en sentido estricto, sí una sobriedad intelectual bastante rara. Por eso leer Nexus me resultó casi inevitable; y quizá «inevitable» sea una palabra más justa que «obligación», porque nadie está obligado a leer a Harari, aunque para cualquier lector interesado en comprender su tiempo, leerlo siga siendo, en buena medida, un privilegio. Pero antes de continuar con la reseña, he aquí la sinopsis:

«En Nexus, Harari contempla a la humanidad desde la amplia perspectiva de la historia para analizar cómo las redes de información han hecho y deshecho nuestro mundo. Durante los últimos cien mil años, los sapiens hemos acumulado un enorme poder. Pero, a pesar de todos los descubrimientos, inventos y conquistas, ahora nos enfrentamos a una crisis existencial: el mundo está al borde del colapso ecológico, abunda la desinformación y nos precipitamos hacia la era de la I.A. Con todo el camino andando, ¿por qué somos una especie autodestructiva? A partir de una fascinante variedad de ejemplos históricos, desde la Edad de Piedra, pasando por la Biblia, la caza de brujas de principios de la Edad Moderna, el estalinismo y el nazismo, hasta el resurgimiento del populismo en nuestros días, Harari nos ofrece un marco revelador para indagar en las complejas relaciones que existen entre información y verdad, burocracia y mitología, y sabiduría y poder. Examina cómo diferentes sociedades y sistemas políticos han utilizado la información para lograr sus objetivos e imponer el orden, para bien y para mal. Y plantea las opciones urgentes a las que nos enfrentamos hoy en día, cuando la inteligencia no humana amenaza nuestra propia existencia. La información no es el principio activo de la verdad; tampoco una simple arma. El libro explora el esperanzador término medio entre estos extremos.»

Nexus es un gran libro, aunque debo admitir que no alcanza la altura de Sapiens ni, quizá, la potencia especulativa de Homo Deus. Ahora bien, también sospecho que, si Nexus hubiera sido el primer libro que leyera de Harari, mi entusiasmo habría sido todavía mayor. El problema —si es que puede llamarse problema— es que Sapiens dejó la vara demasiado alta y, desde entonces, cualquier nueva obra del autor queda inevitablemente medida contra ese primer gran éxito. A mi parecer, Nexus funciona en buena medida como una expansión, una profundización y también una actualización de algunas tesis ya presentes en Sapiens. Si en aquel libro Harari explicaba que la fuerza singular del ser humano reside en su capacidad para cooperar masivamente a través de relatos compartidos —mitos, religiones, naciones, dinero, leyes—, en Nexus lleva esa intuición a un terreno más inquietante: ya no se trata sólo de cómo los relatos construyeron civilizaciones, sino de cómo las redes de información que esos relatos generan pueden, al mismo tiempo, sostener la verdad, deformarla o ponerla al servicio de nuevas formas de poder. Sapiens era, por decirlo de algún modo, la gran genealogía de la cooperación humana; Nexus es la anatomía de las infraestructuras que hoy administran esa cooperación y que podrían terminar por desbordarla.

Y mientras leía Nexus no pude evitar pensar en 1984 de Orwell, no porque Harari escriba una distopía, sino porque ambos libros comparten una preocupación esencial: la lucha por el control de la realidad a través del control de la información. En la novela de Orwell, la consigna es clara y terrible: quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado. Esa intuición, que en 1984 adopta la forma brutal de la censura, la vigilancia y la reescritura de los hechos, reaparece en Nexus bajo formas más sofisticadas y contemporáneas. Harari viene a decirnos que el peligro ya no consiste únicamente en que un régimen falsifique archivos o imponga una versión oficial de los acontecimientos, sino en que las propias redes informativas, amplificadas por algoritmos, máquinas y agentes no humanos, adquieran la capacidad de modelar la conversación pública, de jerarquizar lo visible, de enterrar lo incómodo y, finalmente, de decidir qué merece ser recordado y qué debe desaparecer entre el ruido. Y eso vuelve la disyuntiva particularmente inquietante, porque si en los viejos totalitarismos el enemigo era visible, ahora podría presentarse bajo la apariencia de eficiencia, de personalización, de asistencia tecnológica o incluso de comodidad. En otras palabras: la amenaza no es sólo que nos mientan, sino que acabemos delegando en sistemas cada vez más opacos la tarea misma de ordenar el mundo por nosotros.

La primera parte de Nexus es, en el fondo, un intento de desmontar una superstición moderna: la idea de que la información, por el simple hecho de circular en mayor cantidad, nos vuelve más libres, más racionales o más próximos a la verdad. Harari, que en esto es más historiador de las estructuras mentales que cronista de hechos aislados, insiste en que la información nunca ha sido un espejo limpio de la realidad, sino una red de vínculos, relatos, documentos, errores y mecanismos de decisión que permiten a millones de personas cooperar sin conocerse, obedecer sin verse y creer en cosas que muchas veces sólo existen porque colectivamente se las acepta. Allí está, a mi juicio, uno de los méritos más serios del libro: no reducir la información a dato, ni la verdad a acumulación de documentos, sino recordar que las sociedades se sostienen tanto por archivos y registros como por ficciones compartidas, por relatos que cohesionan, legitiman y ordenan. El problema, claro, es que esa misma capacidad para conectar también multiplica el error, y Harari desmonta con bastante solidez esa fantasía contemporánea de la infalibilidad, como si bastara con más procesamiento, más velocidad o más acceso para corregir la fragilidad humana. No, de ninguna manera. Las redes informativas pueden producir democracia, deliberación y autocrítica, pero también pueden producir obediencia masiva, delirio ideológico y totalitarismo; de hecho, en su lectura, democracia y totalitarismo no son sólo sistemas políticos, sino formas distintas de procesar errores, de distribuir autoridad y de decidir quién corrige a quién. Ahí el libro se vuelve particularmente incisivo, porque obliga a pensar que el problema de una civilización no es cuánta información posee, sino qué hace con ella, qué instituciones tiene para filtrarla, qué espacio concede a la duda y cuánto castiga a quien contradice el relato dominante. Y por eso Nexus resulta más profundo de lo que algunos de sus detractores quieren admitir: porque no habla únicamente de tecnología, sino de la vieja tensión entre verdad, poder y cooperación humana, ahora trasladada al siglo XXI.

La segunda parte, centrada ya en la red orgánica y en la irrupción de los ordenadores como nuevos miembros de esa arquitectura informativa, me parece aún más inquietante, porque el libro deja de moverse en la historia larga y empieza a rozar una zona casi filosófica, por momentos incluso civilizatoria: qué ocurre cuando las redes dejan de ser herramientas humanas para convertirse en sistemas que operan sin pausa, que aprenden, se equivocan, deciden y reaccionan a una escala imposible para la mente biológica. Harari insiste en que los ordenadores no son una imprenta más sofisticada, porque no se limitan a almacenar o difundir ideas humanas, sino que empiezan a participar activamente en la producción de decisiones, recomendaciones, relaciones y jerarquías; dicho de otro modo, ya no estamos simplemente usando máquinas, sino incorporando agentes no humanos a la conversación que organiza el mundo. Allí aparecen sus preguntas más perturbadoras: si la red siempre está activa, si procesa más de lo que comprendemos, si además se equivoca y, sin embargo, cada vez le delegamos más funciones, ¿cómo se sostiene una democracia que depende justamente de la conversación, del desacuerdo y del tiempo humano para pensar? Harari no cae del todo en el catastrofismo fácil, pero sí deja clara una inquietud central: el totalitarismo del futuro podría no necesitar un dictador omnisciente, porque le bastaría con algoritmos suficientemente opacos y eficaces como para administrar sociedades enteras mejor de lo que ellas mismas se comprenden. Y cuando introduce esa imagen del «telón de silicio», lo que hace es reformular, en lenguaje tecnológico, una vieja fractura geopolítica: no ya la del hierro ni la del muro, sino la de un mundo dividido entre redes incompatibles, imperios algorítmicos, modelos de vigilancia diferenciados y una humanidad cada vez más subordinada a infraestructuras que no controla. En ese sentido, el libro acierta al sugerir que la disputa no es sólo entre democracia y totalitarismo, ni entre Estados Unidos y China, sino entre dos posibilidades más radicales: una tecnología que amplíe la autonomía humana o una tecnología que, bajo la promesa de eficiencia, termine por volver superflua la libertad.

Para finalizar, Nexus me parece un libro valioso y, sobre todo, necesario, no porque ofrezca respuestas definitivas —Harari rara vez trabaja así—, sino porque formula con claridad, con amplitud histórica y con una densidad poco común algunas de las preguntas más urgentes de nuestro tiempo. No es un libro ligero ni complaciente; exige atención, cierta paciencia y una disposición real a pensar más allá de la noticia, del titular o de la alarma pasajera. Pero justamente allí reside buena parte de su mérito. Harari no se limita a hablar de inteligencia artificial, algoritmos o redes como si fueran meros avances técnicos, sino que los inserta en una reflexión mucho más profunda sobre el poder, la verdad, la cooperación humana y la fragilidad de las instituciones que creíamos más o menos estables. Y eso hace que Nexus sea más que un ensayo de coyuntura: lo convierte en una advertencia seria sobre el tipo de civilización que podríamos estar construyendo sin terminar de comprenderla. Uno podrá discutir algunos énfasis, alguna analogía o incluso cierta tendencia del autor a formular grandes marcos interpretativos, pero difícilmente podrá negar que el libro obliga a pensar. Y en un tiempo como éste, saturado de información, pero cada vez más pobre en juicio, eso ya es una virtud considerable. Por eso personalmente lo recomiendo: porque no sólo informa, sino que inquieta, ordena y empuja al lector a mirar con más desconfianza y más lucidez el entramado tecnológico en el que ya vivimos todos. 

Dejo para el cierre algunas líneas que particularmente brillaron mientras iba leyendo Nexus y considero tan oportuno como obligatorio de mi parte compartirlas para leerlas y releerlas:

«Burocracia y mitología son esenciales para mantener el orden, y ambas están dispuestas a sacrificar la verdad en pro del orden.» 

«Una institución puede denominarse como quiera, pero si carece de unos mecanismos de autocorrección sólidos y nunca será una institución científica.»

«El populismo consigue que la búsqueda totalitaria del poder ilimitado derive de un principio democrático aparentemente impecable.»

«Ningún grupo, ni siquiera el de la mayoría, tiene derecho a impedir que otros formen parte del pueblo. Esto es lo que hace que la democracia sea una conversación.» 

«La información no es la verdad y las revoluciones de la información no descubren la verdad.»

«¿Es la muerte la causa principal de nuestra desgracia, o más bien nuestra desgracia nace de nuestros intentos de negar la muerte?»

«Los crímenes de este mundo pueden excusarse con demasiada facilidad por las promesas de una salvación futura.» 

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