«En el retrovisor ve a un coche patrulla de la Policía del Estado acercarse deprisa, y lo asalta un recuerdo de aquella noche en que vio una luz azul en su retrovisor. Lo asalta el mismo sentimiento de fatalismo, tan reconfortante como una manta en una noche fría. Toca el calibre 22 en su bolsillo, aminora la marcha, se detiene. Matará al policía, dejará un nombre en su mano y después –quizá sí, quizá no– se pegará un tiro. El coche de policía lo adelanta, dirigiéndose a toda velocidad por la carretera 121 hacia Rosscomb.»
Stephen King es un escritor estadounidense, el hijo predilecto de Maine, ampliamente reconocido como el maestro contemporáneo del terror, aunque su obra abarca también la fantasía, el thriller, el suspense psicológico y la narrativa literarias más exigente. Publicó su primera novela, Carrie, en 1974, y desde entonces ha construido una de las trayectorias literarias más prolíficas y populares del mundo, con títulos emblemáticos como El resplandor, It, Misery, Cementerio de animales y La torre oscura, saga que combina western, fantasía y mitología personal. Su estilo, directo y ameno, destaca por la capacidad de convertir lo cotidiano en inquietante, explorar el horror desde lo humano y crear personajes memorables que evolucionan bajo situaciones extremas.
Holly Gibney nació como un personaje secundario en Mr. Mercedes, publicada en 2014 y la primera novela de la trilogía de Bill Hodges, pero muy pronto dejó de ser un simple apoyo excéntrico para convertirse en una presencia central en el universo de Stephen King. El propio autor ha reconocido en varias ocasiones que es uno de sus personajes predilectos, casi una compañera imaginaria a la que quisiera conocer en la vida real. No nos sorprende, entonces, que tras la trilogía —Mr. Mercedes, Quien pierde paga y Fin de guardia— Holly haya ganado peso hasta alcanzar un verdadero protagonismo: reaparece en El visitante, publicada en 2018, se adueña del relato que da título a la colección La sangre manda de 2020, hasta la novela de 2023 tiene de título su nombre, Holly, y, en 2025, regresa una vez más con No tengas miedo, novela que motiva esta reseña. Si King mantiene este ritmo y su cariño al personaje, no sería descabellado pensar que en la próxima década Holly Gibney termine como uno de sus personajes más recurrentes. No obstante, antes de continuar, he aquí la sinopsis:
«Cuando el Departamento de Policía de Buckeye City recibe una carta de alguien que pretende “matar a trece inocentes y a un culpable” para expiar una muerte innecesaria, la detective Izzy Jaynes no sabe qué pensar. ¿Están a punto de asesinar a catorce personas por venganza? Preocupada, decide acudir a Holly Gibney para que la ayude. Mientras tanto, la activista por los derechos de la mujer Kate McKay se embarca en una gira de conferencias, atrayendo a tantos seguidores como detractores. Alguien que se opone vehementemente a su mensaje ataca sus eventos y, aunque al principio nadie resulta herido, el acosador se vuelve cada vez más atrevido, y contactan a Holly Gibney para proteger a Kate. Con un fascinante elenco de personajes conocidos y nuevos, estos dos hilos narrativos se unen en un tapiz escalofriante y espectacular.»
No me sorprende, a estas alturas, la desacertada traducción de ciertos títulos. En este caso, Never Flinch, título original, habría admitido sin dificultad una versión mucho más fiel, algo como Nunca te acobardes. Pero tratándose de Stephen King, el rey del terror, parece imponerse la tentación comercial de buscar un título que rime más con la fama del autor que con el contenido de la novela, y así terminamos con No tengas miedo. Lo paradójico es que ni el original ni la traducción encajan del todo con lo que el libro propone. Si a esto sumamos la portada —mucho más cercana al imaginario de un thriller legal al estilo John Grisham o Michael Connelly que al universo de Holly Gibney— la disonancia se acentúa. No tengas miedo no es una novela negra, policial o thriller legal y, si la calificamos como thriller, lo hacemos más por conveniencia que por convicción. Que, además, se presente como «una novela de Holly Gibney» remite a lo que ya ocurrió con Quien pierde paga: los personajes que deberían sostener el relato acaban orbitando en la periferia de una trama que no les pertenece; más que motores de la historia, solo tropiezan con ella. Y esto me lleva a una afirmación dura, y que me hubiera gustado eludir: es, hasta ahora, la peor novela en la que aparece Holly Gibney. Incluso dentro de los altibajos de la obra de King, queda muy lejos de resultar verdaderamente rescatable.
No estoy del todo seguro de que lo que acabo de leer haya comenzado como una historia pensada para Holly Gibney; todo apunta a lo contrario. Nada termina de encajar. ¿Por qué Holly aceptaría convertirse en guardaespaldas de una influencer feminista? ¿Por qué Barbara Robinson se prestaría a formar parte de la coreografía de una cantante, aunque se trate de su ídolo? La novela articula tres hilos narrativos bastante claros: el del antagonista, un asesino en serie que se hace llamar Trig movido tanto por una venganza personal como por enviar un mensaje más grande que él; el de la feminista empoderada y envalentonada que va de gira como conferencista, pese a tener un acosador fundamentalista que teme la mala influencia que esta genera para la juventud cristiana; y el de Barbara y su… digamos, sueño adolescente. El más interesante, con diferencia, es el primero: Trig. Cada vez que leemos sobre él —lo que piensa, cómo actúa, sus porqués, sus cómos, sus qués— la novela cobra una leve intensidad que invita a seguir; él es, en realidad, el eje que sostiene todo el andamiaje. No menciono a Holly porque su participación parece más fruto de la casualidad que de un diseño narrativo sólido: se entera de que hay un asesino suelto porque la detective Izzy Jaynes —ya conocida por el lector desde Holly— se lo cuenta; se convierte en guardaespaldas de la influencer porque la asistente de esta la llama; está con Barbara porque es su amiga, pese a la diferencia de edad, y porque es la hermana de Jerome, su colaborador habitual. Todo lo que justifica y sostiene estos vínculos está en las novelas anteriores; aquí se da por sobreentendido. El problema grave es que, pese a esa entrada tan lateral, Holly termina resolviéndolo todo al mejor estilo Mary Sue, entre clichés y conveniencias argumentales que restan verosimilitud y debilitan aún más su lugar como supuesto centro de la historia.
Me resulta incómodo afirmar que Stephen King ha publicado una mala novela, pero en este caso no encuentro una alternativa honesta. Los agujeros de la historia son tan amplios que ni las casualidades ni las conveniencias de la trama alcanzan a disimularlos. No es un secreto que, en los últimos años, King ha estado muy activo en X (antes Twitter) y que su postura política se ha vuelto abiertamente progresista, en sintonía con muchas celebridades que se han subido al carro de lo «woke», casi siempre desde el discurso y la señalización pública, más que desde acciones concretas. El problema es que esa sensibilidad, cuando se traslada de forma acrítica a la ficción, produce artefactos narrativos torpes, y No tengas miedo parece concebida bajo una corrección política plomiza, propia del Hollywood más reciente: los villanos, los antagonistas, son hombres blancos, heterosexuales, de corte conservador, representantes casi caricaturescos de ese «patriarcado opresor» que se ha convertido en blanco fácil de este tipo de relatos. El término «woke» ha terminado, además, por transformarse en una etiqueta estigmatizante: ya no describe una sensibilidad genuinamente preocupada por la justicia social, sino un paquete ideológico que suele ir de la mano de la simplificación, de la consigna y de una cierta radicalización de izquierdas que rara vez se detiene a argumentar con rigor estadístico, científico o histórico. Más que una tradición intelectual, una ideología, parece, en muchos casos, un subproducto menor del socialismo, reducido a gestos y eslóganes, una moda. Cuando esa lógica entra en la literatura, las historias se resienten: los personajes dejan de ser individuos para convertirse en emblemas; las tramas se organizan en torno a culpables y víctimas preasignados; la ambigüedad moral, que es el terreno natural de la buena narrativa, se aplana en favor de un mensaje. No creo que eso sea lo que busca un lector serio y, paradójicamente, tampoco estoy convencido de que quienes se identifican con estas banderas ideológicas sean, en su mayoría, lectores de King: es fácil imaginar que muchos descartarían su obra de entrada por el mero hecho de que se trata de un hombre blanco, heterosexual y exitoso. Esa contradicción se filtra en la novela y la empobrece: el marco ideológico pesa más que la historia que pretende contar.
No hay mucho que pueda rescatarse de esta novela. Es, sin duda, un bestseller desde antes de su publicación por el simple hecho de llevar la firma de Stephen King; si se tratara de la obra de un autor novel, sospecho que incluso su salida al mercado habría sido difícil y, en el mejor de los casos, no habría pasado de una primera edición discreta. En el vasto catálogo de King, No tengas miedo está destinada a pasar con más pena que gloria. No la recomendaría. Quien quiera encontrarse con la mejor versión de Holly Gibney hará bien en buscarla en El visitante o en el relato que da título a La sangre manda.

No hay comentarios:
Publicar un comentario